“¿Y por qué no la autocrítica del presidente?”, se preguntó López Obrador en su conferencia del 22 de febrero pasado. Para facilitarle la tarea a Jesús Ramírez, en caso de que en verdad el presidente se decidiera por hacer una autocrítica honesta de su gestión, me permito respetuosamente sugerir algunas ideas. Aclaro que puede usarlas sin problema, no se me ocurriría acusarlo de plagio.
“En el caso del aeropuerto de Texcoco, pido perdón al pueblo de México por haber impuesto mi capricho. Quise demostrarles quién mandaba aquí, me ganó la soberbia, el peor de los pecados. El costo de haberlo cancelado fue excesivo, casi 400 mil millones de pesos, que los mexicanos pagarán por décadas. En lugar de un aeropuerto de primer mundo les dejaré un aeropuerto militar rehabilitado que casi nadie quiere usar a pesar de mis presiones”.
“Si de algo me arrepiento es de haber mentido en el caso del desabasto de gasolina, que provoqué yo al prohibir las importaciones de combustible. Para cubrir mi error inventé una guerra contra el huachicol, que ahora está peor que nunca. Mandé cerrar los ductos, dejé al pueblo sin combustible ni para lo más básico. Alguien en Tlahuelilpan pinchó un ducto y provocó una explosión tremenda. Murieron quemadas 135 personas, ancianos, mujeres y niños. Por las noches, en mis sueños, escucho sus gritos. No sé si pueda obtener perdón por esto”.
“Pido perdón a los mexicanos, sobre todo a los más necesitados, por haber provocado el desabasto de medicinas. Más de 24 millones de medicinas se han dejado de surtir. Los más de mil 600 niños con cáncer que se han muerto por falta de medicamentos pesan en mi conciencia. Creí que armar una red de distribución era tan fácil como repartir refrescos. Me equivoqué y los mexicanos pagaron con su salud y su dolor. Les pido perdón”.
“Desde muy joven tuve la ambición de pasar a la historia. Nunca pensé que pasaría a la historia como el presidente de la pandemia. Para vengarme de Calderón, que lo había despedido por incompetente, puse a Hugo López-Gatell al frente del control de la pandemia. Resultó ser una vedette frívola y sin escrúpulos. Recomendé a la gente que salieran a la calle; no quise —me ganó el orgullo— ponerme el cubrebocas para dar el ejemplo; les dije que usaran amuletos; no permití que la gente que pudiera comprar sus vacunas… ¡Cómo me duelen los 700 mil muertos! Merezco castigo, ¿pero qué más castigo que el tormento de mi conciencia?”.
“Qué gran error fue lo de los abrazos, no balazos. Soy responsable de la desaparición de 200 mil mexicanos y de la muerte violenta de más de 140 mil. Me duele hasta los huesos el destino de los huérfanos, ¿qué vida van a llevar sin sus padres? No quise escuchar los consejos de nadie, impuse mis ideas y resultaron desastrosas. ¿Podrán algún día perdonarme los mexicanos por haberles dejado este país ensangrentado?”.
“Confieso que me consume el deseo de venganza. Para distinguirme de Calderón, que dio un palo a lo tonto al avispero del narco, abracé a lo tonto ese avispero. Pero el perjudicado no fui yo sino los mexicanos. El narco está presente en todos los estados de la República y ahora hasta controlan elecciones. Dejé crecer a los cárteles al no combatirlos, por lo que tienen al país sometido con sus armas. Asesinan, extorsionan, trafican con personas, humillan al Ejército, hacen lo que les da la gana, por mi culpa…”.
“Para disimular mi debilidad, permití que los militares controlaran todo: los puertos, las carreteras, los aeropuertos. ¡Tanto que critiqué a Calderón por vestirse de verde y ahora yo mismo soy rehén de los militares! Al abrirles las puertas de la construcción y las aduanas les abrí la puerta de la corrupción. Va a ser muy difícil que alguien pueda meterlos de nuevo a sus cuarteles. De esto me arrepiento”.
“Si algo me da vergüenza es haber sembrado el odio en el corazón de los mexicanos. Traspasé todas mis inseguridades, mis miedos y mis rencores al pueblo de México. Dividí familias y separé a los amigos, todo para acumular más poder en mi persona. Esa semilla de odio crecerá en el corazón de mi país, no tengo perdón por ello, se me retuercen las tripas cuando lo pienso”.
“Me costó mucho trabajo llegar a presidente. Mientras todos los políticos dormían yo me dediqué a recorrer todos los pueblos de México. Pude ver de cerca la pobreza, acercarme a la gente. Ellos depositaron en mí su esperanza. Y les fallé. Utilicé políticamente a los pobres, a los ancianos, a los jóvenes para hacer más grande mi poder. El poder es el veneno más poderoso que conoce el hombre, y ese veneno corre por mis venas. He intentado destazar la democracia para conservar el poder. Ojalá que me lo impidan”.
“Por todo esto pido perdón. Por mis mentiras. Por mi orgullo, pero sobre todo por la soberbia que no deja ver, que me nubla el juicio. No sé si puedan perdonarme. Hago esta autocrítica con el corazón en la mano. Pido perdón a los mexicanos, perdón, perdón, perdón…”.