El de López Obrador ha sido un gobierno mediocre, con menos del uno por ciento de crecimiento económico en cuatro años. Suele mencionar el presidente que en un año tendremos un sistema de salud como el de Dinamarca para ocultar que en el breve periodo de su presidencia han muerto mexicanos como no lo habíamos visto desde la Revolución. Cientos de miles por una pandemia mal atendida. Por otro lado, el programa para abatir la violencia criminal ha sido un fracaso rotundo: no sólo la violencia sigue desatada sino que se le entregaron, tolerándolas, grandes zonas del país al crimen organizado al que ya se le permite participar en tareas electorales, que se agravarán con un INE debilitado.
Sin embargo su popularidad no ha descendido, sigue tan alta como la que gozaron Zedillo y Fox en el mismo periodo. En gran parte se lo debemos a la labor de propaganda que realiza el presidente por medio de su conferencia matutina. Un espacio sin ley. Foro de más de noventa mil mentiras y/o imprecisiones (según la agencia Spin). Teatro en el que el presidente ríe, sermonea, regaña, calumnia, pone canciones, brinda cursos de la historia de bronce. Sus subordinados ponen la información mientras que el presidente construye su narrativa histórica de tono pedagógico. De vez en cuando algún periodista lo confronta utilizando datos del propio gobierno. El presidente suele en esos casos valerse del recurso conocido como “los otros datos”. Expone información y encuestas que sólo él conoce. Aceptó que Denis Dresser fuera a su conferencia, la periodista se mostró medrosa y no pasó a mayores. A Héctor Aguilar Camín no le concedió el derecho de réplica que solicitó el historiador a través de su columna en Milenio, simplemente lo ignoró. A Xóchitl Gálvez la despreció igualmente. En estos cuatro años las mejores intervenciones en ese espacio controlado han sido las dos participaciones de Jorge Ramos. El periodista lo confrontó, lo exhibió con sus propios datos, le dijo en su cara que su gobierno “iba a pasar a la historia como el más sangriento” de cuantos ha habido. Para salir del paso López Obrador utilizó su recurso favorito: mintió. Recurrió a los “otros datos”.
Dos intervenciones críticas en medio de mil conferencias no son nada. Es un espacio totalmente controlado, que utilizan paleros que han reconocido que venden espacios publicitarios a su gobierno (por ejemplo, al secretario de Marina). Lo que reina en la mañanera es la prostitución del ejercicio periodístico. El presidente consiente a sus paleros. Han llegado a insultar a las periodistas que van a ese espacio para hacer preguntas reales. Ellos acaparan el espacio de las mañaneras para hacerle preguntas a modo al presidente.
No estamos frente a una conferencia de prensa. Nos encontramos frente a un espacio autoritario de propaganda. Autoritario: no concede derecho de réplica, un espacio impune donde el presidente puede mentir y calumniar.
Ha dicho el presidente que sin la mañanera no hubiera podido gobernar. La mañanera es parte del gobierno, aunque no está regulado, es un espacio oficial. Y como tal debe de tratarse. No conozco que nadie haya demandado a las mañaneras por abuso del poder, que lo es.
El presidente habla de siete a diez de la mañana —a veces más— como ha ocurrido en las últimas semanas. Ha dicho que quisiera extender las conferencias los fines de semana. Su modelo, como en tantas otras cosas, es el programa que Hugo Chávez sostenía los sábados en Venezuela.
La oposición en cuatro años no ha podido contrarrestar el impacto propagandístico de la conferencia matutina. Al principio del gobierno se trató de hacer una contramañanera, pero nadie le aguantó el paso. El trabajo que hace la diputada panista Kenia López tiene poca difusión y fuerza. Kenia López es una política seria de oposición, López Obrador bromea, mete canciones, poemas, divaga, es decir, realiza un espectáculo atractivo para muchos.
Si la oposición no ha podido crear una alternativa noticiosa, les queda la opción jurídica. Considerar las mañaneras un ejercicio de gobierno, sujeto a leyes y obligaciones. Sujeto a denuncias y a exigencias de derecho de réplica y de transparencia. La mañanera es el más efectivo de los instrumentos de propaganda del gobierno, la oposición debe concentrarse jurídicamente en ese espacio. Hay videos y transcripciones oficiales que muestran al presidente violando la ley, en vivo. Todo lo relacionado con el manejo de la explosión de Tlalhuelilpan, con la estrategia contra el Covid (los detentes del presidente por ejemplo) y la liberación de Ovidio Guzmán, debe ser sujeto de estudio de responsabilidad jurídica.
La creación de una atmósfera de odio desatada en la mañanera ha dejado una secuela que nos ha llevado a ser el país más peligroso del mundo para ejercer el periodismo, que condujo al atentado contra Ciro Gómez Leyva. Esta responsabilidad también debe ser analizada jurídicamente.
El espacio de la mañanera es un espacio público en el que el público —en este caso de oposición— debe participar activamente. No es posible que nos conformemos con tolerar centenares de conferencias impunes más.