Leer es poder

Nueve disparos

Nueve disparos directos contra el periodista. Pero antes: una atmósfera de odio, un clima de descalificación permanente, asesinatos impunes de periodistas.

El atentado contra Ciro Gómez Leyva tuvo un objetivo y tres destinatarios. Quisieron acallar al conductor de radio y televisión, afortunadamente no pudieron; lo más seguro es que Ciro siga con sus programas, aunque escoltado.

Quisieron acallar los ataques, calumnias y amenazas veladas del presidente en contra de los periodistas, sabedores que muchos voltearían hacia el Palacio Nacional señalándolo como responsable (indirecto) del atentado; lo más seguro es que López Obrador siga con sus agresiones a la prensa. De joven le decían “piedra”, no por su fortaleza sino por su obcecación y necedad. En su conferencia, unas horas después del atentado, dejó entrever que él creía que Gómez Leyva se lo tenía merecido.

Por último, el atentado quiso enviar un mensaje a todos los comunicadores que no cuentan con un carro blindado ni algún tipo de seguridad. Si atentaron contra Ciro pueden atentar contra todos aquellos que el presidente señala como enemigos, que son legión. Este es el eslabón más débil de la cadena. El mensaje fue muy claro: se atienen a las consecuencias si siguen criticando al presidente.

Esto parece una exageración. No lo es. Si se mira en retrospectiva, la escalada en contra de los periodistas ha sido sostenida y gradual. El primer paso fue deslegitimarlos: son unos corruptos, chayoteros, vendidos. Arrasó parejo. Expulsó de su gracia hasta a Carmen Aristegui, que siempre fue su fiel aplaudidora. Llamó a cuentas fiscales, por unos recibos menores de años atrás, al director de Reforma. Desde entonces, metódicamente, se ha dedicado a agredir a ese diario al que acostumbra llamar “prensa inmunda”. No sólo crítica a Reforma, desde luego, lanza graves acusaciones contra todos los medios, menos contra La Jornada y Tabasco hoy, los dos medios más beneficiados por este gobierno.

El fin de la conferencia mañanera no es informar sino descalificar desde la máxima tribuna de comunicación pública. La descalificación de la prensa, de sus directivos y escritores, ha sido continua. López Obrador falazmente se ufana de no haber ejercido la censura en la prensa. A pesar de los 40 periodistas asesinados bajo su gobierno y que esto nos haya colocado como el país más peligroso para ejercer el periodismo en el mundo.

López Obrador arroja sus dichos y calumnias y sabe muy bien que éstas en las redes se multiplicarán por cien, se transformarán en dardos agresivos a través de una horda de seguidores, voluntarios y pagados. Insultos y amenazas llenan las redes de quien critica al presidente. López Obrador sabía, porque se lo han hecho ver en público en repetidas ocasiones (con llamamientos europeos, norteamericanos y mexicanos) que sus mensajes de odio traerían consecuencias. Esas consecuencias se materializaron el viernes en los nueve disparos a matar en contra del periodista Gómez Leyva.

Si no se puede decir que López Obrador haya sido el autor intelectual del atentado contra el periodista, sí está cerca de algo así. El presidente se ha dedicado a crear una atmósfera de confrontación con los periodistas, no de debate. Una atmósfera enrarecida de odio, de apodos, de exhibición de listas, de publicación de direcciones privadas de los periodistas señalados, de insultos. López Obrador no mandó jalar el gatillo, sólo creó el entorno para que eso ocurriera; sólo procuró la atmósfera y el tono. Dispararon al periodista un par de días después de que el presidente afirmara que escuchar a Ciro Gómez Leyva provocaba tumores cerebrales.

La conferencia matutina desde el comienzo ha sido un espacio de impunidad declarativa. El presidente puede decir ahí –irresponsablemente– lo que se le antoje. Nada de lo que afirme en ese espacio tendrá consecuencia alguna. Ha violado frente a todos diversas leyes librando toda sanción. Es falso su diálogo circular, es un diálogo vertical, asimétrico, plagado de mentiras y medias verdades, con cínicos porristas que le sirven al presidente para montar un espectáculo. El espectáculo de la verdad alternativa, que es otro modo de llamar a la franca imposición de mentiras. El reino de los otros datos. No se puede confrontar al presidente con los datos que ofrece su gobierno, porque el presidente tiene “otros datos” que sólo él conoce, filtro que transforma las críticas puntuales en triunfos retóricos. Nunca ha sido capaz el presidente de asumir ni siquiera la información emanada de su propio gobierno, no se diga de la crítica que viene de fuera. La mañanera transmite propaganda en el mensaje que da el presidente, e información a cargo de sus secretarios y subsecretarios. Esa mezcla de propaganda e información, comprimida en cápsulas, es la que los noticieros de radio y televisión se encargan de difundir cada hora a lo largo del día.

Nueve disparos directos contra el periodista. Pero antes: una atmósfera de odio, un clima de descalificación permanente, asesinatos impunes de periodistas. Nueve disparos directos. Lo que sigue: un presidente que no se va a detener, que va a incrementar sus ataques, que va a redoblar su hostilidad, después de todo ¿por qué no iba a hacerlo si goza de total impunidad? Nueve disparos.

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