López Obrador y el movimiento que lo secunda, llamado Morena, pretenden reformar la ley electoral faltando menos de dos años para elegir nuevo presidente. Conviene hacer un repaso de sus actitudes frente a la democracia.
En la democracia hay que saber ganar y perder. López Obrador no sabe reconocer sus derrotas. Compitió dos veces para cargos en su Tabasco local, perdió ambos y en los dos reclamó fraude. Compitió en 2006 y 2012 por la presidencia, perdió las dos veces y reclamó fraude. En 2000 ganó la jefatura de gobierno de la Ciudad de México haciendo trampa: no cumplía con el requisito de residencia. Si tienen dudas de esto pregúntenle a Pablo Gómez, que fue su principal impugnador.
En 2006 perdió frente a Calderón. Alegó un fraude que nunca ha podido probar. Habló el día de la elección de 3 millones de votos “perdidos”, pero hay suficiente constancia de que su equipo sabía perfectamente dónde estaban esos votos, que nunca “se perdieron”. Alegó fraude cibernético, pero el registro electrónico es un instrumento del PREP, para contar con resultados inmediatos. El verdadero registro está en las actas, firmadas a pie de casilla por todos los partidos. Para demostrar “el fraude” Sheinbaum y Fernández Noroña mostraron cientos de cajas con “las pruebas”; cuando los confrontaron tuvieron que reconocer que las cajas estaban vacías. En 2006 López Obrador intentó dar un golpe de Estado blando, que no le resultó. En 2019 trabajaban para él Germán Martínez y Manuel Espino, el abogado que litigó la defensa de la victoria de Calderón ante el IFE y el presidente del PAN, respectivamente. Pudo haber organizado desde el poder una Comisión de la verdad. No lo hizo porque la verdad le es adversa. La verdad hubiera demostrado que López Obrador mintió.
En los pasados cuatro años Morena ha ganado más de veinte gubernaturas, cientos de alcaldías y decenas de congresos locales. En ninguna de las cientos de elecciones que se han celebrado en el país Morena ha reclamado fraude, en ningún caso se ha generado alguna denuncia contra la neutralidad del árbitro electoral. A pesar de ello, López Obrador intenta cambiar las reglas del juego electoral al cuarto para las doce.
¿Cuál es el talante democrático de su movimiento? En estos cuatro años hemos podido ver que Morena elige a sus candidatos a través de encuestas, para evitarse conflictos internos, esto es, Morena ha mostrado su incapacidad para organizar elecciones confiables ni siquiera dentro de su propio partido. Asimismo, cuando Morena se ha arriesgado a realizar elecciones internas el espectáculo ha sido bochornoso: sillas volando, golpes, urnas quemadas, acusaciones de fraude.
Lo más grave no ha sido eso. Lo verdaderamente alarmante es lo que ocurrió en las elecciones de junio de 2021 que se celebraron en Michoacán, Colima, Nayarit, Sinaloa, Sonora y Baja California. En estos seis estados hubo intervención directa del crimen organizado para favorecer a los candidatos de Morena. Se secuestraron operadores electorales y hasta candidatos de los partidos de oposición. Los fueron a sacar de sus casas y los tuvieron secuestrados hasta que concluyó la jornada electoral. Al día de hoy en esos estados gobiernan autoridades que dependen del crimen organizado. Ellos los pusieron y ellos mandan. Todo esto ocurrió a los ojos del Ejército mexicano, que no hizo nada para impedirlo. López Obrador al día siguiente de las elecciones felicitó al crimen organizado porque “se portaron bien”. Este nivel de cinismo y de fraude electoral no lo habíamos visto nunca en México. Las autoridades que consienten esta situación son las que ahora pretenden cambiar el marco electoral.
El organismo con el que pretende sustituir al INE se encargaría de realizar las consultas populares. Todos sabemos cómo organiza Morena sus consultas, lo vimos en el tema del aeropuerto y en la consulta en la que se decidió emprender el Tren Maya y la refinería de Dos Bocas. Votaba quién quisiera, sin control. Se podía votar —y así lo hicieron— varias veces. Los votos no se cuidaban, se resguardaban en los domicilios de los organizadores. Encuestas hechizas. Así decidieron emprender los elefantes blancos emblemáticos de este gobierno.
¿Y la propuesta de que las autoridades sean electas por el voto? La proponen porque saben que ahora tienen mayoría. Pero pongamos un ejemplo hipotético: supongamos que un líder carismático del PAN arrasa en las elecciones del 2024, un candidato que miente sin rubor, que afirma que “primero los pobres” aunque luego aumente la pobreza, que prometa que no se endeudará aunque en los hechos sí lo haga, un candidato que organice conferencias diarias en las que mienta con cinismo e insulte por costumbre. Un presidente que para cuidar su investidura se fotografíe en chanclas y camiseta. Que deje a los niños con cáncer sin sus medicinas pero que construya estadios para jugar basquetbol, porque alguien lo engañó diciéndole que en eso sí era bueno. En fin, un presidente populachero y autoritario, ignorante y burdo. Que convenza a sus seguidores a votar no por su partido sino por un movimiento que lo siga con fidelidad perruna. Un presidente mentiroso e ineficaz pero muy popular. Que arrastre a sus seguidores a votar por los consejeros del instituto electoral. Consejeros que, inspirados por su líder, sólo reconozcan las victorias de su movimiento. Ese instituto electoral acabaría con la democracia. Eso es lo que está hoy en juego.
Para que una democracia funcione es necesario que haya demócratas, y definitivamente López Obrador no lo es.