Supongamos que el presidente se sale con la suya. Supongamos que por medio de amenazas, chantajes o promesas obtiene lo que quiere: apropiarse del Instituto Nacional Electoral (INE). Nadie a estas alturas es tan ingenuo para creer que su reforma electoral es un servicio a la democracia. Partidarios y opositores saben que se trata de regresar a los tiempos en los que uno solo decidía por todos.
Supongamos que lo consigue, que logra torcer la voluntad de los priistas necesarios para conseguir los votos en el Congreso que le permitan manipular el voto ciudadano. No importa que el mundo condene la medida. Ya alguna vez elogió el aislamiento cubano comparándolo con Numancia. No importa que la oposición se desgañite, puede acallar sus reclamos con mentiras en la mañanera. Repetir mil veces que el INE era corrupto y por eso lo desapareció. El recurso le sirvió para cancelar el aeropuerto de Texcoco y satanizar a las farmacéuticas que vendían las medicinas al gobierno. Puede repetir –con el apoyo incondicional de las televisoras– mil veces la misma mentira hasta convertirla en verdad.
Supongamos que el presidente vuelve a ser El Gran Elector. No era suficiente el apoyo del Ejército y del crimen organizado: la fuerza y las armas no otorgan legitimidad, los votos sí. Por eso había que tomar el Instituto Electoral. No le bastaba contar con la sumisión del Poder Legislativo y con el servilismo de algunos ministros de la Suprema Corte. Sus decisiones debía bendecirlas el pueblo a través de los votos. Había que asaltar al INE. No los pudo doblegar con sus calumnias y amenazas, pero sí con el caballo de Troya de la reforma electoral. No más consultas en donde sólo obtiene el 7 o el 17 por ciento. Ahora él contará los votos.
Supongamos que logra doblegar al INE. El camino de la sucesión está asegurado. En ese escenario las que salen sobrando son sus “corcholatas”, los supuestos aspirantes a sucederlo. Es cierto que le juran fidelidad a su proyecto, pero ya con el poder nunca se sabe. La única manera de estar seguro de que el legado de Morena puede estar a salvo es con él en el poder. Excusas hay muchas: los dos años perdidos por la pandemia, la guerra de Ucrania, la eterna crisis internacional. Al comienzo de su gobierno, tan fuerte era la tentación de perpetuarse, que tuvo que firmar ante notario que no se reelegiría. Hoy nadie encuentra el papel que firmó. Si a través de los instrumentos de transparencia alguien lo pide en Palacio aseguran que no lo encuentran.
Supongamos que, no porque él quiera sino porque el pueblo se lo pide, decide seguir de presidente. No buscaría la reelección porque eso sería traicionar la memoria de Madero, lo que haría sería prolongar su mandato, que no es lo mismo. ¿Qué esto es ilegal? No hay problema. Organiza una consulta a través de su nuevo órgano electoral y resulta que, como en Cuba, que tanto admira, obtiene el 99 por ciento de los votos. En el Congreso su horda fanática validaría la decisión popular. ¿Cuántos años más? Los que el cuerpo aguante. Hugo Chávez no dejó el poder obligado por la oposición sino por el cáncer. ¿Y las “corcholatas”? Harían lo que mejor saben hacer: bajar la cabeza y obedecer.
Supongamos, una vez que ha conseguido hacerse del control de los votos, que prolonga su periodo. Lo primero que haría sería acallar las voces que tanto lo incomodan. No pudo suprimirlas con sus calumnias, no consiguió su silencio con sus amenazas ni cerrándoles el flujo de dinero. El recurso de su gran modelo, Luis Echeverría, podría servirle de referente. El golpe a Excélsior podría replicarse. Un Congreso a modo podría prohibir que se hablara mal del presidente, ganas no les faltan. ¿Que estas cosas no pueden pasar en México? Si han mostrado su indiferencia y desprecio frente a los niños con cáncer, ¿qué le puede importar el destino de los periodistas a los que se ha pasado denigrando?
Un hoyo negro es una zona del espacio cuyo interior posee una concentración de masa lo suficientemente grande para atraer hacia sí todo tipo de materia, incluso la luz. Un hoyo negro concentra en sí todo lo que se encuentra a su alrededor. El poder en algunos individuos es ese hoyo negro. Su único fin es la concentración de poder. Enarbolan banderas como la lucha contra la pobreza y la corrupción, meras máscaras para esconder su verdadera pretensión: que todo gravite en torno suyo, que todos se supediten a su voluntad de poder. Algunos analistas han señalado que la trágica muerte de su hermano en la adolescencia es el centro oscuro que le reclama al presidente la aceptación universal. Es un centro que no puede saciarse, que lo obliga a desear que todos lo obedezcan. El hoyo negro del poder.
Supongamos que retornamos al pasado. Que el gobierno vuelve a contar los votos. Que regresamos al fraude sistemático, a la farsa electoral, a los tiempos de la democracia imperial. Una pesadilla de la que todavía estamos a tiempo de despertar. Vamos todos a la marcha del próximo domingo. Defendamos la posibilidad de votar libremente y de que nuestros votos cuenten. Está en nuestras manos.