Leer es poder

Cuando ya no esté

En democracia los cambios son graduales. Saltarse etapas suele conducir al desastre. ¿Qué México quedará cuando se haya ido López Obrador?

En muchas ocasiones López Obrador ha dicho que, al terminar su periodo presidencial, dejará la política y se retirará a La Chingada, su rancho en Chiapas. Pero también dijo que la gasolina costaría diez pesos, que regresaría a los militares a sus cuarteles, que tendríamos un sistema de salud semejante al de Dinamarca y que no habría escasez de medicinas en los hospitales públicos. Es decir, no tenemos por qué creerle a un hombre acostumbrado a mentir.

Sin embargo, para cumplir los fines del presente artículo, consideraré la hipótesis de que, en efecto, López Obrador se retira, por hartazgo, enfermedad o muerte. Si lo sucede uno de los suyos, incluso uno de los más cercanos (Claudia, Adán), es muy probable que intente gobernar tras bambalinas, pero la política es muy cruel: Echeverría quiso seguir mandando luego de haber impuesto a su gran amigo, su “hermano”, en la Presidencia, pero López Portillo terminó por enviarlo al fin del mundo, literalmente: a las Islas Fidji. Supongamos, entonces, que –por sus contradicciones internas, por una crisis económica de fin de sexenio, por una masacre intolerable o por mera racionalidad– la oposición regresa al poder luego del paréntesis populista.

¿Qué pasará cuando ya no esté? ¿Qué sucederá con las mañaneras, con los programas sociales, con las obras emblemáticas, con los militares empoderados, con la salud, la educación y la seguridad? ¿En verdad transformó a México y sus ocurrencias son ya inamovibles? ¿Cuánto costará al país rehacer lo que dejó deshecho, levantar las ruinas, distender la polarización? ¿Volverán los antiguos privilegios, la misma corrupción de antes, todo aquello que condujo a López Obrador al poder? ¿Habremos aprendido algo?

La democracia es un sistema de prueba y error. Las sociedades aprenden experimentando. Un aprendizaje sin duda doloroso y lento. En democracia los cambios son graduales. Saltarse etapas suele conducir al desastre. ¿Qué México quedará cuando se haya ido?

No sobrevivirá la conferencia mañanera, formidable vehículo de comunicación, porque se necesitaría otro histrión en Presidencia, capaz de mentir e insultar con cinismo y caradura, y no hay muchos así. Tampoco se puede volver a la costumbre del presidente inaccesible. Podrían efectuarse conferencias semanales, con periodistas serios (sin paleros a modo), donde se dieran cifras reales (y no “los otros datos”).

Hay programas sociales que deben conservarse (porque ya están en la Constitución), como el apoyo a los adultos mayores, pero con ajustes. Debe eliminarse su carácter electorero y restringirlo a quien en verdad lo necesite, de otro modo acabará estrangulando a las finanzas públicas (como lo analiza Macario Schettino en México en el precipicio.) Otros programas (como el de los Jóvenes construyendo el futuro y Sembrando vida) deben revisarse a fondo: se pusieron en marcha improvisadamente, sin controles eficientes y en total opacidad. Se debe regresar al programa Progresa-Oportunidades-Prospera, que estaba dando muy buenos resultados antes de que la cuatro té lo desapareciera para sustituirlo con el reparto en efectivo. Se debe regresar también a programas como el de las estancias infantiles, así como el de las escuelas de tiempo completo, cuya eliminación tanto perjudicó la capacidad laboral de las mujeres. En suma, debe suprimirse el uso electoral de los programas sociales, deben volverse totalmente transparentes y auditables.

Será tarea de Hércules regresar a los militares a sus cuarteles. Será muy difícil, pero necesario, separarlos de las aduanas y los puertos, de no hacerse la institución terminará sumida en un mar de corrupción. Se debe restringir a los militares el protagonismo político que López Obrador ha tolerado, es preciso obligarlos a ceñirse a sus funciones esenciales: deben proteger a la sociedad y no a los criminales, a los que deben hacer frente sin miramientos, en cumplimiento de la ley.

Nunca más un ministro como Arturo Zaldívar, que olvidó su necesario papel independiente y se convirtió en comparsa del Ejecutivo. Nunca más un funcionario irresponsable y despótico como López-Gatell, al que debe enjuiciarse por su responsabilidad en la muerte de cientos de miles de personas. Nunca más una secretaria de Educación ignorante y facciosa (como la actual), ni una delincuente electoral como Delfina. Nunca más directores de empresas estratégicas ignorantes del área que manejan (Romero Oropeza es ingeniero agrónomo; Bartlett, agente inmobiliario). Nunca más un Palacio Nacional blindado ante las feministas. Nunca más un presidente que se reúne con delincuentes y no es capaz de recibir a los padres de niños enfermos de cáncer privados de sus medicamentos.

Un gobierno destructor. Un gobierno que ha sembrado odio y alentado la división social. Un gobierno que prometió luchar contra la pobreza y la corrupción y ha dejado un país más pobre y más corrupto. El daño ha sido inmenso, y todavía falta. Nunca más el poder concentrado en una sola persona. Nunca más un político metido a redentor. Nunca más un presidente sin controles ni contrapesos. Nunca más.

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