Muere niño de tres años en balacera en una iglesia en Zacatecas (29 mayo 2022). “¿Le sirvo café o té, señor?”, le pregunta el chef que tiene para su servicio exclusivo. Muere niño de once años en balacera en Tijuana (17 marzo 2022). “¿Va a querer sus chiles verdes o rojos?” Muere niño herido durante balacera frente a primaria en Oaxaca (23 junio 2019). “¿Le sirvo ya sus frijolitos, señor?” Muere niño de cinco años en ataque armado en Monterrey (7 noviembre 2019.) “¿Le traigo ya sus queques, señor?” Niño muere por bala perdida tras tiroteo en tianguis en León (25 agosto 2022). El presidente remoja su pan dulce en el café. “¿Estuvo bueno su desayuno, señor?” Muere bebé de siete meses durante balacera en Salvatierra (14 junio 2022). El presidente se limpia la boca. Balean a niño al sur de la Ciudad de México (16 agosto 2022). Qué bien se desayuna en Palacio. Nunca un presidente se había levantado tan temprano para recibir los informes de seguridad. 98 por ciento de los homicidios quedan impunes. El presidente, satisfecho, camina hacia el salón donde da su conferencia matutina. “Hoy estamos bien y de buenas”, informa.
Hemos perdido nuestra capacidad de asombro. Se suceden las masacres sin que alteren nuestra vida cotidiana. ¿Cuándo fue la última? Apenas este sábado en la madrugada: doce muertos en Irapuato. Pudieron ser veintiuno o treinta y uno. Lo mismo da. No detendrán a los culpables. Hay más muertos en México que en la guerra en Ucrania. El de la muerte se ha convertido en el negocio más rentable.
Mientras no afecten los pronósticos de una elección, no importa el número de personas que muera en el último tiroteo. El presidente madruga para escuchar los reportes de sangre. Por los resultados, ninguna labor tan inútil como esa.
¿Qué tiene que pasar para que la sociedad se conmueva? Antes de tomar posesión como presidente, López Obrador se equivocó trágicamente al dar la orden de suspender la importación de combustible. La medida provocó escasez en los primeros meses de 2019. Filas interminables de automóviles en las gasolinerías. Para enfrentar el enojo ciudadano, el presidente echó mano de su recurso favorito: la mentira. Inventó una guerra contra el huachicol. En Tlahuelilpan, Hidalgo, llevaban semanas sin combustible para los tractores y para los calentadores en las casas. Alguien pinchó un ducto. El pueblo, desesperado, corrió con sus cubetas. Una chispa bastó para provocar la explosión. 135 calcinados. Como el presidente estaba en luna de miel con el electorado, se le perdonaron la mentira y los muertos. No se abrió ni siquiera una carpeta de investigación. Murieron ancianos, mujeres y niños.
Como cualquier político vulgar, el presidente tuerce y maquilla las cifras para ocultar lo evidente: el gobierno de López Obrador es el más violento en la historia moderna de México.
El presidente se siente orgulloso, así lo ha dicho, de que la mayor parte de sus seguidores cuente con un bajo nivel escolar. Personas que sólo cuentan con las mañaneras para “informarse”. Pero hay otro grupo de seguidores del presidente que sabe lo que ocurre. Que conoce las cifras reales de muertos y mira para otro lado. Cínicos que prefieren responsabilizar a los gobiernos de hace décadas en vez de rozar con el pétalo de una crítica al gobierno actual. Cómplices de los muertos sin castigo. El tiempo les cobrará esa complicidad tarde o temprano.
Cada semana una nueva masacre. La gente apenas si levanta una ceja. Niños que mueren por quedar en medio de una balacera. La sociedad bosteza. Niños que mueren de cáncer porque el gobierno fue incapaz de brindarles sus medicinas. La gente goza con los conciertos en el Zócalo. El cuarto país con la peor gestión frente al Covid: más de setecientos mil muertos. El presidente reina en las encuestas de popularidad.
Asesinan a dos sacerdotes jesuitas en Chihuahua. La sociedad se sacude. Su indignación dura tres días. Nuevas masacres hacen que nos olvidemos de la anterior. En Tijuana hace pocos meses los delincuentes tirotearon a la población civil en un claro ejemplo de acción terrorista. Hoy esos crímenes parecen lejanos, sepultados por las más recientes balaceras.
A la sociedad parece no importarle la muerte de niños en tiroteos o por falta de medicamentos. Pueden morir diez, cientos o cientos de miles, el partido del presidente sigue ganando elecciones. Los documentos filtrados por Guacamaya han puesto al descubierto que el Ejército falsea la cifra de los muertos.
La desgracia cubre con su manto oscuro la República de los muertos. La muerte se enseñorea sobre el territorio mexicano. Gobierno y delincuencia van de la mano. A los criminales se les protege y se les abraza. A las familias de las víctimas se les arrojan con desdén unos cuantos billetes. Se aproxima el Día de Muertos. Todos los días en México son días de muertos. El águila y la serpiente han sido sustituidas por una calavera. Nada nos indigna. La indiferencia ante la muerte es síntoma de una sociedad enferma. La muerte en México tiene permiso.