Leer es poder

Dos más dos igual a cinco

Al parecer la verdad nos ha dejado de importar. Entre más miente el presidente, más popular se vuelve. Entre más engaña, la gente más le aplaude.

La verdad importa, todavía. Cada vez menos, pero importa. El presidente miente cotidianamente sin que eso afecte su popularidad. La mentira está instalada en el centro de nuestra vida pública.

Abundan los ejemplos. Ninguno tan grave como el relacionado con la pandemia, que no ha terminado y que viene de regreso. Somos uno de los países que mejor atendió la pandemia, ha dicho López Obrador. Con más de 700 mil muertes vinculadas al COVID se esperaría de un líder responsable la admisión del desastre y propuestas urgentes para corregirlo, si no es que la renuncia a su cargo. López Obrador en cambio aparece en público y miente con cinismo. “A nadie le faltó atención”. “Atendimos el problema desde el principio”. Las cifras que ofrece su propio gobierno lo desmienten. Hay cada vez un abismo más grande entre sus palabras y la realidad.

Todos fuimos testigos de las horribles escenas de personas frente a los hospitales, de parientes buscando desesperados de hospital en hospital una atención que nunca llegó. El mayor número de decesos por COVID ocurrió en los propios domicilios. “No los lleven a los hospitales”, decía López-Gatell. “Salgan a la calle, no es peligroso”, decía el presidente. “La honestidad es el mejor escudo contra el COVID”, sostenía el presidente antes de contagiarse en dos ocasiones. Los dos López afirmaban orondos que no era necesario usar cubrebocas. Más de 700 mil muertos. No conozco familia que no haya sido afectada. Pasamos noches de terror escuchando las sirenas de las ambulancias. “Uno de los países que mejor atendió la pandemia”. Una mentira insultante que el presidente repite una y otra vez. Porque una mentira repetida mil veces…

Una mentira cruel. El escenario más catastrófico sería de 60 mil muertos. La cifra real fue diez veces mayor. No solamente el presidente no despidió y pidió una investigación sobre López-Gatell, sino que hace poco lo mencionó como un posible candidato a la presidencia. La mentira como bofetada en el rostro crédulo de los mexicanos. El presidente de los amuletos contra la pandemia. Una tragedia humana de vastas proporciones que se cebó sobre todo contra los más pobres. La verdad, con cifras oficiales, es que fuimos uno de los cinco países que peor atendió la pandemia. Al parecer la verdad nos ha dejado de importar. Entre más miente el presidente, más popular se vuelve. Entre más engaña, la gente más le aplaude. Entre más se burla de los muertos, la gente ríe más.

A los mentirosos en política se les conoce desde la Grecia clásica como “demagogos”, se les considera desde entonces como el mayor peligro de las democracias. En el siglo XVIII, Jonathan Swift escribió en El arte de la mentira política: “No existe ningún derecho a la verdad, el pueblo no tiene derecho alguno a pretender ser informado de la verdad”. Por su puesto, hablaba satíricamente. Rodolfo Usigli se refirió al gesticulador como el hombre que es devorado por sus propias mentiras.

En 1984, la célebre novela de George Orwell, el protagonista, Winston Smith, vive en un mundo totalitario. La mentira es el eje del sistema. Se habla de paz cuando se padecen guerras continuas. Se habla de bienestar cuando se sufren carestías. Se habla de amor cuando es un régimen basado en el odio. Pero Winston Smith anota en su diario que esas mentiras se estrellarán contra la realidad. Que no todo está perdido si se sabe que existe una realidad superior a las mentiras: “La libertad es poder decir libremente que dos más dos son cuatro. Si se concede esto, lo demás vendrá por sí solo”. La verdad que nos muestra la realidad palpable debe ser superior a la mentira oficial. Si esto es cierto, la libertad es posible.

Años antes de escribir 1984, cuando trabajaba para la BBC, Orwell había seguido con atención el método nazi de manipulación de la verdad: “Si el líder dice que tal o cual acontecimiento ‘nunca ocurrió’, bueno, eso nunca sucedió. Si dice que dos y dos son cinco, bueno, dos y dos son cinco. Esta perspectiva me asusta mucho más que las bombas” (“Mirando hacia atrás a la guerra civil española”, 1942).

En 1984 Winston Smith es traicionado, aprehendido, salvajemente torturado y reeducado. Su torturador, O’Brien, cuando Smith le dice que dos más dos es igual a cuatro, le responde: “Algunas veces sí, pero otras veces son cinco. Y otras, tres. Y en ocasiones son cuatro, cinco y tres a la vez”. Como el lector recuerda, Winston Smith es finalmente doblegado. Cuando le preguntan cuántos son dos más dos responde cinco. De modo análogo, cuando nos dicen que no hubo nunca 700 mil muertos por COVID, cuando nos repiten en televisión y radio una y otra vez que fuimos de los mejores países en atender la pandemia, y la gente responde que sí, que sí son cinco, que el presidente tiene razón, que por eso la gente lo quiere, que no hubo muertos en la pandemia, o no tantos, que dos más dos son cinco, y el que lo ponga en duda es un cretino, desinformado e hipócrita. Cuando esto ocurra sabremos fatalmente que habremos perdido lo más valioso: la libertad, la verdad.

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