Durante dos enfebrecidas semanas, en Roma, hace 68 años, el poeta Jorge Hernández Campos escribió ‘El presidente’, un extenso y descarnado poema. La llama que se encendió en aquellos días, noches y sobre todo madrugadas no se ha podido apagar. Uno de los poemas más intensos en la historia de la poesía mexicana.
Su tema es el poder. Más específicamente, el poder del presidente. La enfermiza relación que tenemos los mexicanos con la figura del presidente. Hernández Campos trabajaba como traductor cuando una comitiva encabezada por el presidente Alemán llegó a Roma a cabildear el Premio Nobel de la Paz por hazañas que el mundo ya olvidó. Una noche, de juerga con los amigos, el presidente Alemán, en la cúspide del poder priista, soltó: “no hay nadie, que yo se lo pida, que no me venga a besar los huevos”.
Una de las cosas que más llama la atención de los poemas de Hernández Campos (La experiencia, FCE, 1986) es el empleo (el eco) de la poesía clásica griega y latina (y bíblica, y del Siglo de Oro, entre otras). Al llegar a Roma en 1952, último año de la presidencia de Alemán, comenzó el poeta a interesarse en la historia romana. Leyendo a Julio César, in situ, se le reveló. Estudió a fondo el ascenso de Augusto. Todo esto mientras releía a Shakespeare (Macbeth), a T.S. Eliot (Coriolano) y veía pasar la comitiva del poderoso presidente mexicano (“no hay nadie, que yo se lo pida”).
“El poder siempre me ha producido deslumbramiento”, dijo Hernández Campos a propósito de su poema (M.A. Campos, El poeta en un poema, UNAM, 1986). “Pese a saber que el todopoderoso del país era un hijo de la tiznada”, seguía deslumbrándolo. El mito presidencial en su cénit. Ya en tiempos de Cárdenas se decía que a los pueblos adonde él llegaba, hacía llover. El poder presidencial rebasa a la persona que lo encarna.
El poeta escucha en Roma esa anécdota sobre Alemán. Una anécdota repugnante que no deja de fascinarlo. Quiere escribir el poema como quien se purga. “Quería deshacerme de esa sombra.” La relación de los mexicanos con el poder presidencial es denigrante. “Nos ha erosionado como pueblo y ha mortificado nuestra inteligencia.”
La relación del mexicano con el poder es comparable, según Hernández Campos, a “aquellos borrachos que se arrastran por el suelo.” A los presidentes mexicanos se les ha identificado como tlatoanis. Frente a ellos los mexicas tenían que tirarse al suelo y no levantar la vista.
El personaje del poema es Alemán, pero puede ser, dice Hernández Campos, “la representación de cualquier caudillo”. El presidente como figura mítica, benévola y terrible, “representa la sombra de nuestro padre”. En Roma se encontró el poeta con el poderoso. Estudiaba historia romana sin dejar de advertir el gran parecido con México. “Cuando redacté el poema quedaban huellas y vibraciones de los caudillos” (“que no me venga a besar…”).
El lector puede encontrar muy fácilmente ‘El presidente’. Lo antologaron Paz, Chumacero, Pacheco y Aridjis en Poesía en movimiento y Gabriel Zaid en Ómnibus de poesía mexicana. Se puede encontrar en internet en pocos minutos.
El presidente al que se refiere Hernández Campos es Miguel Alemán (1946-1952). Lo recibió Daniel Cosío Villegas con un ensayo demoledor: La crisis de México (1946); a la mitad del sexenio alemanista Octavio Paz publicó El laberinto de la soledad y Luis Buñuel exhibió la pobreza en México en Los olvidados (1950). Poco después de que Alemán dejó el poder, Jorge Hernández publicó ‘El presidente’ (1954). Un poema sobre el poder. Sobre el poderoso como el gran padre, ogro filantrópico. El lenguaje de Hernández Campos es encarnizado. Es un poema extenso y virulento, con una fuerte conciencia de la culpa. Un poema moral. El presidente es Alemán pero en realidad es el poder que encarna el caudillo en turno. Hernández Campos “habla desde la altura de la inspiración, del vértigo verbal, de la claridad moral, de la visión inapelable” (A. Asiain, Paréntesis, núm. 11).
El poema es el monólogo de una pieza teatral que no existe. Es el Macbeth mexicano que duda luego de haber traicionado al caudillo y haberse quedado con el poder. Es Alemán pero es cualquier presidente. Es un hombre que despierta sudando en la madrugada, preso de su conciencia espantosa. Le habla a su amigo (hermano) muerto, al que asesinó. El poema cambia constantemente de ritmo, intercala letras de corridos, onomatopeyas, citas de clásicos. Cras, cras, cras, cras, jala el gatillo. Cras, como graznido de cuervo. La atormentada mitología mexicana sobre el padre poderoso.
Yo soy el Excelentísimo Señor Presidente
de la República General y Licenciado don Fulano de Tal.
Y cuando la tierra trepida
y la muchedumbre muge
agolpada en el Zócalo
Y grito ¡Viva México!
por gritar ¡Viva yo!
Y pongo la mano
sobre mis testículos
siento que un torrente beodo
de vida
inunda montañas y selvas y bocas
rugen los cañones
en el horizonte
y hasta la misma muerte
sube al cielo y estalla
como un sol de cañas
sobre el vientre pasivo
y rencoroso
de la patria.