Sesenta días. Es la suma del total de minutos que el presidente lleva hablando en sus conferencias matutinas. Dirán, no siempre habla él. Reviro, los que están ahí hablan por él, para decir lo que él quiere oír. No es un diálogo circular por lo asimétrico. Un periodista lo critica y él contesta a través de todos los medios públicos y privados a su alcance, que es enorme. No es un diálogo democrático sino una imposición autoritaria.
El recurso de la conferencia a primera hora lo utiliza desde que fue Jefe de Gobierno de la Ciudad de México. El principio es simple: estar la mayor cantidad de tiempo frente al micrófono. Es muy probable que copiara el modelo de Hugo Chávez, que tenía un largo programa los sábados en el que hablaba, gobernaba, se hacía el gracioso, cantaba, daba órdenes a sus subordinados, sermoneaba, repetía una y otra vez sus interpretaciones históricas. Algo muy parecido a lo que hace López Obrador, que mejoró el performance chavista: mejor de lunes a viernes que sólo los sábados. Cada mañana, dos horas y media, frente a una prensa normalmente dócil: sesenta días con sus noches, hable y hable.
Se comenta mucho acerca del carisma de López Obrador. Olvidamos que se trata de una construcción mediática. No era ni carismático ni particularmente popular cuando fue electo como Jefe de Gobierno, ganó la elección a Santiago Creel por pocos votos, luego de haber hecho trampa en la inscripción de su candidatura. El resto lo hizo la televisión. Todas las mañanas. Un surtidor diario de noticias es una bendición para un medio. Televisa acostumbraba mandar al payaso Brozo para que luciera más López Obrador. Miles de horas de conferencias matutinas. Con el consentimiento de las televisoras, construyeron un personaje. Ningún otro político mexicano ha tenido esa exposición. Ahí desarrolló todas sus mañas. Contestar sólo lo que le conviene. Utilizar “periodistas” a modo para que hagan las preguntas necesarias. Evadir, sermonear, mentir, utilizar la máxima tribuna como una “santa inquisición”.
Lo que es pura propaganda los medios la repiten, serviles al poder, como si fuera información. Si al presidente se le obligara a distinguir entre información y opinión, tal y como lo propone una iniciativa de ley enviada por el Ejecutivo mismo para que se aplique en los medios, el 20% sería de información y el 80% de puro rollo presidencial.
El problema principal del país es la concentración de poder en una persona. El órgano para ejecutar ese poder es la conferencia matutina. Los intentos que se han hecho para contrarrestarla desde la oposición han sido ridículos. Los medios podrían enviar a sus conductores estrella para cuestionar al presidente, no lo hacen seguramente a cambio de que siga fluyendo la publicidad a sus medios. Cierto que esa participación se redujo, pero sigue siendo importante, sustantiva. Es la única forma de explicar que los medios no envíen a sus periodistas estelares para cuestionar diariamente al presidente.
El discurso presidencial matutino tiene dos ejes. Hacer propaganda de su gobierno y deslegitimar a aquellos intelectuales, periodistas o medios que lo critican. Su estrategia es básica: enlodarlos para deslegitimarlos. Nadie tiene derecho a hablar salvo el presidente porque es el único honesto, el que no ha recibido dinero porque no le interesa, porque está más allá de eso, por sus principios. Pero lo que hemos podido ver a través de videos que no dejan lugar a dudas es que López Obrador no recibe dinero, para eso tiene a los operadores que lo reciben por él (sus hermanos), a su gente más cercana (el Profesor Bejarano). Nadie verá un video de él recibiendo fajos. Durante años ha vivido recibiendo donativos no auditados. Desde la lógica presidencial, si los donativos han sido para apoyar el “proyecto de transformación”, son buenos y no es corrupción. Si es por la causa el dinero sucio se santifica.
Si la gran fuerza argumentativa del gobierno viene de esa fuente, de las conferencias matutinas, la oposición debería centrar ahí sus baterías. Política, legal, mediáticamente. Mostrar cómo funciona el mecanismo de la mentira repetida sin descanso desde el poder. Mostrar el mecanismo de la calumnia. Mostrar los números de las mentiras. Mostrar las mentiras en tiempo real en la red. Seguir la mañanera con una barra de comentaristas en simultáneo. Hay muchas posibilidades para hacer periodismo en la red. Se puede desarticular la mentira del poder, confrontarlo.
El gobernante erige una torre y coloca en lo alto enormes megáfonos para difundir todos los días “su verdad”. Para qué ésta se distinga más y su mensaje sea más claro, lo primero es calumniar a todos para quitarles cualquier legitimidad. Si me critican es porque perdieron sus privilegios. Todas las mañanas se activa desde lo alto de la torre el sonido estridente de la voz del presidente. Nadie tiene derecho a hablar porque, desde sus propios códigos, él es el único honesto. Sólo él tiene derecho a vociferar cada mañana. Los demás lo hacen ilegítimamente, persiguiendo intereses. Sólo él lo hace por principios. Aunque hasta ahora sólo se le conoce uno: con el pretexto de los pobres, acumular más poder.
Las conferencias desde lo alto del poder presidencial cada mañana pueden ser cuestionadas desde diversos ángulos. La torre con los altavoces tiene la virtud y el defecto de estar expuesta. Abierta al examen, a la crítica y a la transparencia.