Leer es poder

El cristal con que se mira

Lo ideal es que se construya un piso común, una serie de reglas que, independientemente del signo ideológico de los nuevos gobiernos, no se alteren, para dar seguridad.

Hace algunos años, cuando se llevaban a cabo las llamadas reformas estructurales, millones de mexicanos pensaron que se estaba destruyendo el país, que se estaba entregando al extranjero, y que esto lo hacía un gobierno incapaz y corrupto. Del mismo modo que hoy millones de mexicanos creen que el gobierno actual está destruyendo el país, pauperizándolo, y que esta labor la lleva a cabo un gobierno falaz y corrupto.

En el pasado fuimos incapaces de voltear a ver a esos mexicanos desgarrados por lo que creían estar viendo (la privatización de Pemex, por ejemplo). Del mismo modo que hoy los partidarios del gobierno desdeñan a los millones de mexicanos que se sienten desgarrados por lo que creen estar viendo (la militarización del país, por ejemplo).

Los que entonces apoyamos las reformas estructurales no fuimos empáticos con los que se oponían al cambio. Nos parecía que teníamos la razón, que México necesitaba modernizarse y que los cambios eran legales, obra de la alianza legislativa conocida como Pacto por México. Hoy reclamamos falta de empatía de quienes creen tener la razón, de quienes piensan que México necesita con urgencia aliviar la pobreza y que los cambios que están emprendiendo son legales, fruto de la mayoría legislativa que consiguieron en las urnas.

No hay empatía alguna entre los diversos sectores sociales. Tenemos claro que, en lugar de buscar algún acercamiento, el gobierno actual se dedica a polarizar a la sociedad. Pero, ¿se hizo algún intento, durante los gobiernos de la transición, de conciliar clases sociales? Cada quien ve lo que quiere ver según el cristal con el que se mira. Cada sector cree que a sus razones las ampara la razón y la justicia.

Tomemos el caso de la seguridad. “No más sangre”, exigían los críticos de Calderón cuando se rebasó la cifra de más de cien mil muertos. La política de los “abrazos, no balazos” ha sido incapaz de detener la violencia, que hoy ya rebasa también los cien mil fallecimientos. Ni la guerra de Calderón frenó el derramamiento de sangre ni ha podido hacerlo la política de atender las causas promovida por López Obrador. Se trata de dos modelos fallidos. Quizá un proyecto de seguridad que combinara elementos de ambas estrategias resultaría efectivo. Pero somos incapaces de asomarnos a esa solución porque estamos empeñados en seguir divididos, en negar de raíz la validez del proyecto de los opositores a nuestras ideas.

Ni los liberales quisimos destruir al país ni entregarlo al extranjero, ni los populistas quieren destruir las instituciones e instaurar una dictadura militar. Pero nos cuesta mucho aceptarlo. Ser conciliador es ser un tibio, al que ambos bandos consideran sospechoso. No nos damos cuenta que esa polarización terminará por destrozarnos.

Tal vez en el futuro veamos este periodo populista como parte de nuestro aprendizaje democrático. En democracia es común que se alternen proyectos de distinta ideología. Llega un gobierno, emprende acciones, acierta en unas y se equivoca en otras. El siguiente gobierno, de signo opuesto, hará lo propio. De este modo la sociedad va aprendiendo, de sus errores y de sus logros. Lo ideal es que se construya un piso común, una serie de reglas que, independientemente del signo ideológico de los nuevos gobiernos, no se alteren, para dar seguridad. Eso es lo que está haciendo (y no nos gusta admitirlo) el gobierno de López Obrador en materia económica. La política macroeconómica no se ha alterado en lo fundamental. La moneda se ha mantenido relativamente estable, no se ha adquirido nueva deuda con ligereza. La inflación en estos momentos va al alza, como está ocurriendo a nivel global por la cantidad de dinero que los gobiernos pusieron a circular para reactivar la economía tras el freno causado por el Covid.

No podemos seguir con un corazón dividido. Nos hace falta generosidad y amplitud de miras. Los otros no son nuestros enemigos. Hay y habrá políticas de este gobierno que no nos gusten. ¿Hemos hecho el intento serio de comprender su lógica? Descalificamos por método. Nos parece que quieren destruir al país. Del mismo modo que cuando ellos estaban en la oposición promovieron la idea de que queríamos destruir a México.

A estas alturas sabemos que la Cuarta Transformación no era el fin de la historia sino un eslogan electoral. El actual gobierno cree que está refundando al país pero esto se debe a que no conocían la experiencia de gobierno. Gobernar desgasta. Ya se dieron cuenta que no es lo mismo prometer que ejecutar. Vendrá otro gobierno (en tres o nueve años) y tendrá otro signo. Algo habremos aprendido. Ojalá que hayamos comprendido lo esencial: que unos y otros, liberales y populistas, queremos lo mismo: el bien de los mexicanos.

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