Nadie sabe en qué época vive. Las personas que vivieron en la Edad Media no sabían que habitaban la Edad Media, ni los ‘antiguos’ en la Antigüedad. Ignoramos cuál será el hecho más notable de nuestro tiempo, el que nos represente. El gobierno quiere hacernos creer que esta época será recordada como ‘la cuarta transformación’; es difícil que ello ocurra porque la etiqueta sólo está sustentada en demagogia y en propaganda: “ya se domó la pandemia, se acabó la corrupción, se abatió la inseguridad, las remesas son lo mejor de este gobierno.”
El gran hecho de nuestro tiempo, por el que será recordado, infaustamente, es la pandemia de Covid. Su marca: el incuantificable y profundísimo daño que provocará en el país la ausencia de centenares de miles de personas a causa de una pandemia mal atendida.
El conteo de muertos aún no termina. La verdad es que nadie sabe cómo ni cuándo van a cesar las sucesivas olas de este virus. Con las cifras que tenemos a la mano podemos ver que se trata de la mayor desgracia humana desde la Revolución, hace más de cien años, pero en ese conteo deben incluirse también no sólo los cientos de miles de muertos sino los millones de personas que sufrieron la enfermedad, sobrevivieron y, de ahora adelante, tendrán graves secuelas, así como nuevas enfermedades crónicas que presionarán aún más a un sistema de salud ineficiente; y no sólo a ellos, debe incluir también a los cientos de miles de huérfanos que ha dejado la enfermedad, ya que también en este renglón ocupamos un desgraciado primer lugar.
Un millón de muertos provocó la Revolución; cuatro quintas partes de esas muertes se debieron a otra pandemia, de influenza ‘española’. En ese tiempo, en el torbellino revolucionario, fue una labor titánica contener el contagio. Un siglo después nos ha tocado la mala fortuna de tener que enfrentar el virus bajo el mandato del peor gobierno posible. Un gobierno mediocre conducido por un hombre soberbio que, luego de medio millón de muertes, se niega a usar un cubrebocas. “Porque así me lo recomendó el doctor López-Gatell”. Y en vez de sentirse avergonzado (porque esa recomendación podría costar miles de vidas), Hugo López-Gatell alza la cabeza y sonríe orgulloso.
En 2008 la insolvencia hipotecaria en Estados Unidos llevó al mundo a una terrible crisis. Se auguró, una vez más, la muerte del capitalismo. Aunque muchas de las causas de aquella gran crisis eran añejas, ésta llevó a la aparición del neopopulismo (para diferenciarlo del populismo de Perón y Echeverría.) Decenas de países, en Europa y en América, encontraron en los nuevos gobiernos populistas iliberales, representados siempre por un caudillo, la fórmula para enfrentar esa nueva edición de la rebelión de las masas.
La siguiente gran crisis mundial no provino del capitalismo sino de la China autoritaria, causada por un virus de origen incierto. El desajuste provocado por la pandemia está tambaleando a los gobiernos populistas (Trump fue el primero en caer), podemos ver sus estragos en las elecciones recientes. No es remoto pensar que será el tema central de las elecciones por venir.
La pésima conducción de la pandemia tiene un responsable, Andrés Manuel López Obrador. López-Gatell es sólo el títere que se ha prestado a poner la ciencia al servicio del capricho del poder. Recordemos sus palabras: “el presidente no es una fuente de contagio sino una fuerza moral.”
El gobierno ha podido, hasta ahora, sortear la tempestad gracias a su aparato de propaganda, a la miopía de los medios al amplificar sus discursos diarios, al ejército digital que utiliza el ruido y el denuesto como nueva forma de censura, a la complicidad de algunos medios y al abierto servilismo de periódicos como La Jornada, que debería ser ya considerado una empresa paraestatal.
Tras la tragedia viene el shock, la inmovilidad del duelo, el miedo. Cada uno de los centenares de miles de muertos del Covid dejará un inmenso hueco. Lo que había hecho, lo que hacía, lo que dejara de hacer cada persona. Cada muerto significa un sinfín de proyectos truncados. Un fragmento importante del futuro de México nos fue hurtado debido a la irresponsabilidad de un mal gobierno.
El presidente llama a sus críticos “zopilotes” porque llevan la cuenta de los muertos. Según él, no deberían contarse. Antes, en campaña, Epigmenio Ibarra nombraba cada noche a los 43 normalistas desaparecidos. Ahora es de mal gusto hablar de más de medio millón de mexicanos muertos. El presidente ha reprochado que los medios lo consignen en sus primeras planas. Los muertos deben ir donde es debido, bajo la alfombra presidencial. Cuatro páginas le dedicó a la pandemia en un libro de más de 300 páginas. Y en esas pocas páginas adoptó la cínica estrategia de mentir.
Sin duda fue una desgracia que la pandemia truncara las grandes ambiciones sociales del presente gobierno. A otros presidentes les tocó lidiar con terremotos y devaluaciones. No la cuarta transformación, vivimos el tiempo de la gran pandemia. A López Obrador lo derrotó, como en La guerra de los mundos, un microscópico virus.