Leer es poder

La apuesta de Pascal

Los cambios que hizo López Obrador en la Constitución dicen que la ciudadanía puede decidir mediante una consulta si se le perdió la confianza al presidente. Una amplia porción se la hemos perdido.

¿Qué sentido tiene exhibir a los candidatos punteros a la mitad del sexenio? Ninguno para 2024, es exponerlos a la crítica permanente durante dos años. Tiene sentido para la elección de marzo de 2022, para tener control sobre la selección de su sucesor por si ocurre que López Obrador pierde la consulta de revocación de mandato.

No puede perderla. Es una trampa. Un show. Eso dicen. Pero sí puede perderla. En las elecciones de junio el 52.5 por ciento del electorado en conjunto no votó por el partido o los aliados de López Obrador, contra 47.5 por ciento que sí lo hizo. En la consulta de los expresidentes votó por su propuesta el 7 por ciento. El 93 por ciento no lo acompañó en esa aventura. ¿Puede perder en 2022? No con una ciudadanía apática derrotada de antemano. López Obrador tan cree que puede perder que saca a sus candidatos ahora, no en 2023.

Si vota 40 por ciento de la lista nominal (36 millones de personas) y 50 por ciento más uno de esas personas se inclina por el Sí –sí le he perdido la confianza al presidente–, comienza el juego sucesorio en el Poder Legislativo. Primero, al día siguiente de que el TEPJF valide el cómputo del INE, se designa como presidente interino al presidente de la Cámara de Diputados por 30 días. Durante ese periodo, el Congreso (diputados más senadores convertidos en Colegio Electoral) tiene que elegir al presidente sustituto, que terminará su periodo en septiembre de 2024. La decisión recaerá en el Poder Legislativo, pero sin duda participarán en las negociaciones los otros poderes, los poderes fácticos y las Fuerzas Armadas, que tanto protagonismo han tenido en este gobierno. No está descartado que Morena se fracture. Que Monreal y Ebrard, y sus apoyos dentro de las cámaras, al considerar los dados cargados a favor de Sheinbaum, decidan juntos o por separado, aliarse con los partidos opositores para tener mayoría.

López Obrador tendrá poder sobre los legisladores de su partido hasta que sea él el gran dispensador de puestos, presupuesto y oportunidades; en el momento en que su cargo esté en vilo, los legisladores se inclinarán hacia uno u otro candidato. La lealtad de los legisladores morenistas no será (más que de dientes para afuera) con López Obrador, sino con los candidatos punteros. En ese contexto, sacar ahora a sus candidatos y dejarlos sueltos tiene sentido, sobre todo para evitar que Ricardo Monreal sea el que el Congreso designe como presidente sustituto. La ley regulatoria que se aprobará en el Congreso será, por cierto, la de Ricardo Monreal.

Alegan que no puede haber retroactividad. Que elegimos al presidente por seis años y aunque los tres primeros han sido desastrosos hay que dejarlo otros tres para que siga destruyendo. Llevamos más de 600 mil muertos por Covid, ¿no es una muestra significativa de lo que puede hacer? Si pierde el proceso de revocación, ¿quién alegará la retroactividad? López Obrador ha sido muy claro: el pueblo manda, si dice que se vaya, se irá. Una de las pocas certidumbres que ofrece López Obrador es que lo que anuncia, lo cumple.

Dicen que todo es un plan para perpetuarse en el poder. La primera vez que López Obrador dijo lo de la revocación fue en 2005. ¿De verdad trazó en 2005 un plan que se va a aplicar en 2022? Vaya capacidad de planeación. Ponen los ejemplos de Chávez y de Evo. Se les olvida el ejemplo mayor. En 1988 Pinochet se sometió a un plebiscito. El pueblo lo sacó del poder. Hubo en ese momento quien dijo que era una trampa, que jamás dejaría el poder. El tirano perdió la consulta y tuvo que dejar la presidencia de Chile.

En gobiernos parlamentarios basta con perder la mayoría en el Congreso para que pierda el poder el primer ministro. En Estados Unidos existe el procedimiento del impeachment, que es equivalente. El Congreso allá es el que puede remover a un presidente. En México es distinto. Los cambios que hizo López Obrador en la Constitución (y que fueron aprobados el 20 de diciembre de 2019) dicen que la ciudadanía puede decidir mediante una consulta si se le perdió la confianza al presidente. Me parece claro que una amplia porción de mexicanos le hemos perdido la confianza a un presidente que aún hoy sigue obstinado en no usar cubrebocas.

Recordemos la apuesta de Pascal sobre la existencia o no de Dios. Decía el filósofo: “Tomemos en consideración estos dos casos: si gana, lo gana todo; si pierde, no pierde nada. Apueste a que existe sin dudar”. Así con la consulta. Desde el 20 de diciembre de 2019 está establecido en la Constitución que se puede revocar el mandato del presidente en funciones por pérdida de confianza. Si votamos porque se vaya, y pierde nuestra opción, no pasa nada. Pero sí votamos por el Sí, existe la posibilidad de contribuir a que deje el poder alguien que notoriamente ha demostrado no ser apto para detentarlo. Podemos hacerlo. Como lo hicieron los chilenos con Pinochet en 1988.

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