Me despierto, como acostumbro, a las seis treinta. Picoteo un poco de noticias, un poco de redes y un sorbo de café antes de salir. No sé cuánto llevará esto. Estuvo lloviznando en la madrugada. En Inglaterra, si llueve el día de elecciones, pierde el partido en el gobierno, le atribuyen la humedad y las molestias. Quince minutos antes de las ocho salgo de casa. Dejó de chispear. Brinco unos charcos. Llego en cinco minutos a donde está instalada mi casilla. Encuentro a unas cuarenta personas formadas. Un conjunto variopinto de vecinos. Jóvenes y viejos. La gente murmura, sin enojo, sobre el retraso en la apertura. Quince minutos después de las ocho y nada, no hay movimiento.
La calle, una avenida grande, está poco transitada. Si vuelve a llover será un lío, la gente no trae paraguas. Muchos de los que están en la cola (que ya creció con una treintena de personas más) ven sus teléfonos celulares. Uno solo lee un libro. Pasan cinco minutos más. La cola inmóvil. La gente encuentra la forma de sentarse o apoyarse en cualquier lado. Todos en silencio. Pasa una patrulla, da un pitido y sigue su marcha. Un supervisor del INE deja su carro en un lugar prohibido y entra a ver qué pasa. Nadie sabe lo que pasa. Llega una camioneta con policías y una patrulla. Nadie sabe qué hacen aquí. Se va la camioneta con policías, se queda la patrulla. Minutos después, se va la patrulla.
Son las ocho y media. La cola mide ya una cuadra. La gente volvió a platicar. Sale un representante y nos pide paciencia. Pide que la gente lleve la credencial en sus manos. Cinco minutos, nos dicen. Poco después sale otra persona y nos dice que serán diez minutos. Hablan en la fila de la desorganización, sin enojo. (Ocho y cuarenta y no se registra ningún movimiento. Mis vecinos comparan este servicio con la puntualidad de los bancos, desfavorablemente.) La cola ya da la vuelta a la cuadra. La gente comienza a inquietarse. Ocho cuarenta y cinco y la fila, por fin, comienza a moverse.
Son las nueve, llegué hace más de una hora. La cola ha avanzado un poco. Es enorme la fila y la espera. Me acerco lentamente a la casilla. Un poco de caos. Los que organizan y cuentan, los que estarán aquí todo el día, son mis vecinos. Un poco tardado todo, pero les agradezco su esfuerzo. Me conmueve su esfuerzo. Conforme nos acercamos, la gente hace más preguntas a los vecinos organizadores. Muchos casos. Muchas excepciones. Para todos tienen solución. La gente está tranquila y contenta.
Por fin es mi turno. Todo muy rápido y muy eficiente. Como las vacunas. Voy con cubrebocas y bufanda. El proceso es muy rápido. Dos minutos después ya estoy afuera. Mostré mi credencial. Me entregaron mis boletas. Crucé mis boletas con el crayón del INE. Entintaron mi dedo. Todo el proceso me da una enorme confianza. Creo plenamente que mi voto será respetado.
Voté en contra del partido del gobierno. Desgraciadamente creo que han desaprovechado la oportunidad que les dio la ciudadanía. Creo también que un contrapeso en el Congreso los obligaría a razonar y negociar. Seguirán haciendo sus políticas sociales (porque la oposición no presentó alternativas viables), pero consideré que lo harían mejor con un Congreso opositor con el que tuvieran que pactar los presupuestos. Ya no más las ocurrencias del presidente y un Congreso servil. Contra eso voté.
Hasta donde alcanzo a ver, en mi alcaldía y en mi distrito, el resultado de la elección es incierto. Esa incertidumbre habla de salud democrática. Mis vecinos contarán los votos. Eso es democracia. (Un largo camino para llegar hasta aquí.) Los candidatos de mi alcaldía de todos los partidos no me decepcionaron: no propusieron nada. En ningún caso consiguieron sus candidaturas –ninguno de ellos– por elecciones internas ni debates. Todos fueron electos por la cúpula de su partido. Yo no conozco a ninguno. No espero que ninguno actúe a favor de la ciudadanía. Esto también es la democracia: sentir que la representatividad es una farsa. Que los partidos no representan a los ciudadanos. Que los mecanismos de ingreso a los partidos son viciados o inexistentes.
Veo mi dedo con tinta. Una persona, un voto. Sin duda el mayor obstáculo al voto en estas elecciones fue el abierto intervencionismo del presidente. Utilizó todos los mecanismos a su alcance, legales y no tanto, para favorecer a su partido. Repetidas veces fue amonestado por el Instituto Electoral, inútilmente. Cuando él así lo considera, el presidente puede estar por encima de la ley. Para que no hubiera dudas: el presidente, el líder del Senado y el presidente del partido amenazaron con modificar de raíz el INE. El pretexto es ahorrar, pero gastan cientos de millones promoviendo el béisbol, el deporte oficial.
Voté responsablemente contra el partido oficial porque no puedo olvidar los 621 mil muertos a causa del Covid. Por los niños sin medicamentos. Por los 137 muertos de Tlahuelilpan y los 26 de la Línea 12. Por ellos.