Debemos cuidar las palabras. Si las usamos con imprecisión las desvirtuamos. ‘Golpe de Estado’ es una expresión muy fuerte. Es la negación de la democracia, que básicamente consiste en transmitir pacíficamente el poder. El presidente López Obrador confunde a propósito a opositores con golpistas. El opositor es un actor esencial en la democracia; el golpista, su negación. No hay confusión posible. El presidente, sin embargo, ha insistido en esa homologación que convierte a los que razonablemente se oponen a un proyecto político en partidarios de la fuerza sin razón.
Dos muertes han marcado la carrera política de López Obrador: la de Francisco I. Madero en 1913 y la de Salvador Allende en 1973. López Obrador en ese tiempo era un estudiante poco asiduo de la carrera de Ciencias Políticas. Estaba deprimido. Pasaba mucho tiempo acostado, sin asistir a clases. Sin proyecto, estaba paralizado. La noticia de la muerte de Salvador Allende lo conmovió profundamente, lo sacó de su marasmo. La protesta contra esa muerte le dio sentido a su vida. Más tarde se pondría a estudiar a Francisco I. Madero. Ambos presidentes murieron a causa de golpes de Estado militares. Victoriano Huerta en México y Augusto Pinochet en Chile. Madero confiaba en Huerta y Allende en Pinochet.
Esas dos muertes gravitan en el ánimo de López Obrador. Por eso ve ‘golpistas’ por todos lados. Lo es, a su juicio, Claudio X. González. Lo son los integrantes del consejo de Mexicanos contra la Corrupción. Según el presidente, en caso de que el INE le hubiera ordenado bajar alguna de sus conferencias de su portal, esto habría sido “un golpe de Estado técnico”. En noviembre de 2019, pocos meses después de que el presidente ordenara la liberación de Ovidio Guzmán en Culiacán, varios generales en retiro (los activos no pueden hablar de política públicamente) manifestaron su descontento con esa acción y con el gobierno de López Obrador. Fue en ese contexto que López Obrador afirmó que “en México no había condiciones para un golpe de Estado”. ¿Un golpe de Estado? El presidente aclararía luego que su declaración la hizo a propósito del discurso del general Gaytán Ochoa, que frente al secretario de Defensa y 500 generales criticó duramente su gestión.
En Culiacán, el presidente ordenó la liberación de Ovidio Guzmán, pero sólo después de que los narcos llegaran hasta la zona de viviendas de los militares, donde estaban sus familias. Otro militar de alto rango, en las páginas editoriales de El Universal, escribió que al hijo del Chapo lo liberaron luego de que los narcos amenazaron con revelar los nombres de los hijos del candidato al cual le habían dado millones. Los militares externaron su disgusto de forma muy pública, en largos artículos en La Jornada y El Universal. López Obrador envió a su vez otro mensaje público: “no hay condiciones para un golpe de Estado”. Poco después vino la detención del general Cienfuegos, la activa defensa del gobierno mexicano a su favor, la devolución del general y su exoneración. Esto al parecer apaciguó a los generales, hasta los que veían con mayores reservas a López Obrador.
Con el Ejército no se ha aplicado la política de austeridad. En poco más de dos años de gobierno de López Obrador, el presupuesto del Ejército ha aumentado en 39 por ciento. No sólo se convirtieron en los constructores de Santa Lucía, sino que se les concedió la explotación comercial del aeropuerto. Se les cedió el control y el manejo del presupuesto de la Guardia Nacional. A pesar de estos extraordinarios beneficios, la violencia en México continúa imparable. El narcotráfico florece. Un tercio del territorio nacional está en manos de los narcotraficantes. El hijo del Chapo sigue libre. Desde varios lugares se le advierte al presidente: el manejo de un vasto presupuesto por parte del Ejército provocará una enorme corrupción. Esto en el marco del más alto grado de militarismo en México en tiempos recientes.
Los opositores no son golpistas. Llama López Obrador ‘fifís’ a los periodistas críticos a su gobierno, porque con ese nombre fueron conocidos los periodistas que apoyaron el golpe contra Madero. López Obrador ve un golpe latente. Se ha asegurado, mediante becas y apoyos, de consolidar una fuerte base social, vigilada por los Siervos de la Nación. Con esa base de apoyo fiel, la única forma de disputarle el poder, debe considerar el presidente, es por la fuerza, como a Madero, como a Allende. El último golpe de Estado en México ocurrió hace un siglo, en mayo de 1920, en Tlaxcalantongo cuando asesinaron a Venustiano Carranza.
La obligación de la oposición es criticar al gobierno, plantear políticas públicas alternativas. Es su papel. Los que acabaron con Madero y Allende fueron otros, portaban uniforme. Hace años López Obrador en una entrevista en La Jornada dijo: “si por mi fuera, desaparecería el Ejército”. Esas palabras no se olvidan.
Si todo es golpismo, nada lo es.