Leer es poder

La postración de los poderes

Los poderes, que deben ser autónomos, que deben presionar y vigilar al presidente, están postrados, se muestran sumisos, obsecuentes, serviles.

La división de poderes tiene como fin evitar que uno de ellos se imponga sobre el resto y sobre la sociedad. Su propósito es evitar el autoritarismo. En México estamos viviendo una clara supeditación de los poderes frente al Ejecutivo. No se trata de una imposición forzosa, aunque tiene detrás al Ejército, sino de una postración voluntaria. Los que tenían que hacer presión, ceden, concentrando más el poder en una sola persona.

Hace algunos años, en televisión, vi una entrevista con Octavio Paz. Decía: “Cuando el presidente López Portillo expropió la banca privada, me sorprendió que fueran a felicitarlo miembros del Poder Judicial. Me pareció escandaloso, un acto antidemocrático por naturaleza. Fue una imagen de lo que es México y del poder excesivo del Ejecutivo entre nosotros”. ¿Qué decir ahora cuando vemos al ministro Zaldívar, presidente de la Suprema Corte de Justicia, formar parte de la comitiva del presidente en la inauguración de una pista del futuro aeropuerto de Santa Lucía? El ministro en papel de acarreado. Lo hemos visto también publicar mensajes en Twitter en apoyo al presidente y sus políticas populistas. ¿Y la independencia del Poder Judicial? Por los suelos. El año pasado, en una de las páginas más indignas del Poder Judicial, pudimos ver las maromas jurídicas que hicieron varios ministros para justificar un posible juicio a los expresidentes con el sólo fin de obsequiarle al Ejecutivo un pretexto más, así sea como simple propaganda, para participar y alterar los resultados en las elecciones de junio próximo. Se justificó lo injustificable, la Suprema Corte se plegó a los caprichos presidenciales. Más tarde vimos al ministro Zaldívar escribirle una carta al presidente para decirle que investigaría a un juez que concedió un amparo. El ministro supeditado al presidente. Un escándalo. Un acto antidemocrático.

Se ha escrito mucho sobre la forma tramposa en la que Morena, el partido del presidente, logró una sobrerrepresentación en la Cámara de Diputados. Torció la ley impresa en la Constitución. Instauró el Estado de chueco, como lo nombró hace décadas Gabriel Zaid. Era tal la euforia del cambio que entonces nadie elevó la voz. Gracias a esa maniobra inconstitucional ha logrado Morena modificar varias veces la Constitución, a su antojo. Con cinismo, los más conspicuos legisladores morenistas –Martí Batres, Pablo Gómez– hablan de la independencia del Poder Legislativo. Sin rubor, el presidente miente al mencionar la independencia de los diputados de Morena. Pero al principio de la Legislatura se encerró con ellos y los regañó por no hacer exactamente lo que les pedía. Los amenazó con abandonar el partido y dejarlos a su suerte, mascotas sin dueño. Ahora les envía iniciativas de ley, pésimamente redactadas, y les ordena “no cambiarle ni una coma”. Y los diputados –ferozmente independientes– obedecen y no tocan ni una coma. Resultado: apenas ve la luz la nueva ley y le caen encima treinta amparos que la inutilizan. Una ley mal fundamentada, endeble, pero eso sí: con todas las comas en su lugar. Como antaño, el papel de los legisladores –Ricardo Monreal a la cabeza– es decir que sí, levantar el dedo y aprobar, servirle de cojín al presidente. ¿Alguien pensó que los tiempos habían cambiado? ¿Que ya no volveríamos a ver a los diputados como soldados del presidente? Nada cambió. El priista Monreal que le aprobaba todo a Salinas ahora es el morenista Monreal que le aprueba todo a López Obrador. La única diferencia es que ahora, con gran dignidad, cada mes acude Monreal a Palacio para recibir órdenes y dejarse fotografiar junto al presidente frente a un plato de lentejas. Y tamales.

Está también el cuarto poder. La agencia de noticias del Estado convertida, por obra de Sanjuana Martínez, en órgano para golpear periodistas desde la impunidad del gobierno. ¿Se terminó la discrecionalidad del gasto público en medios? Al contrario, vemos cómo el periódico que más recibe dinero del gobierno es el que más primeras planas le dedica al presidente. Espectáculos bochornosos. Fabrizio Mejía, en el escalón más bajo de la condición de periodista, para expiar sus plagios pide que se juzgue como traidor a la patria a un intelectual disidente. Álvaro Delgado, compañero en la miseria periodística de Fabrizio Mejía, acude a la conferencia del presidente para acusar a Loret de Mola de recibir patrocinios legales. Actúan como lo que en verdad anhelan ser: comisarios “de la verdad ideológica”. Quieren juzgar, delatar, sentar en el banquillo a los que piensan diferente. Este es el periodismo de la cuatro té.

Los poderes, que deben ser autónomos, que deben presionar y vigilar al presidente, están postrados, se muestran sumisos, obsecuentes, serviles. Todo para favorecer la voluntad de poder de un solo hombre que los domina y quiere extender su dominio a la sociedad entera. Por medios legales o ilegales. Va a costar mucho trabajo volver a levantar los poderes postrados. Pero tendrá que hacerse.

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