Las uvas de la ira es uno de los mejores libros de economía que he leído. Esta novela de John Steinbeck muestra las penurias por las que atraviesa una familia norteamericana por causas fundamentalmente económicas. El libro invita constantemente a la reflexión. Uno de los pasajes lleva a reflexionar seriamente acerca de la responsabilidad social que tienen las mujeres y los hombres de negocios.
La novela narra cómo los bancos se quedan con las tierras de varias familias que no pueden pagar sus deudas como consecuencia de malas cosechas. Los bancos envían tractores para preparar las tierras para producir algodón y uno de los desposeídos amenaza al operario de un tractor con un rifle. En este fragmento se da un diálogo que muestra de forma magistral el problema de la (falta de) responsabilidad empresarial.
Cuando el operario dice que sólo está buscando algo de dinero por el trabajo que le mandan a hacer, el campesino que ha perdido sus tierras le pregunta por quien lo envío, para matarlo. Pero el operario le dice que quien lo envió recibió las órdenes del banco y que la persona del banco las recibió de una instancia superior en el Este. El hombre del campo, desesperado, pregunta: “Pero, ¿dónde acaba?, ¿a quién le puedo disparar? No planeo morir de hambre sin matar al hombre que me está matando de hambre”.
El campesino busca a un responsable de su profundo sufrimiento y del de muchos otros, pero no lo encuentra. El conductor del tractor le dice que “tal vez no hay nadie a quien dispararle. Tal vez la cosa ni siquiera es un hombre”. Podemos encontrar múltiples consecuencias negativas del actuar de las empresas, pero no hay quien se haga responsable. Así es como funcionan las cosas, así es el sistema. Y parece que no hay quien sea culpable ni quien pueda resolverlo.
Steinbeck, en la voz del desdichado campesino, muestra la falta de sentido de esta situación: “Tengo que entender, dijo el inquilino, todos tenemos que entender. Hay una forma de detener esto. No es como un rayo o un terremoto. Tenemos algo malo hecho por hombres, y por Dios, eso es algo que podemos cambiar”.
Detrás de cualquier situación económica hay personas que han contribuido en mayor o menor medida a ese resultado. Los sistemas empresariales y económicos son complejos y difícilmente pueden mejorar como consecuencia de la acción de una persona. Sin embargo, eso no es razón para deslindarse de toda responsabilidad.
En este sentido, yo propondría un par de preguntas que deberían hacerse todas las personas con capacidad de decisión en las organizaciones. Primero, ¿qué consecuencias tendrá esta decisión en su sentido más amplio? Muchas consecuencias moralmente negativas de las decisiones son consecuencia de la llamada ceguera ética: quien toma la decisión no sabe algunas de sus consecuencias, o no conoce su gravedad o sus implicaciones morales. En segundo lugar, preguntarse, ¿he hecho todo lo que podía hacer por mejorar la situación? En muchas ocasiones no podremos arreglar la situación, pero vale la pena evaluar si hemos hecho lo que podemos y si hemos enfrentado nuestra responsabilidad individual.
Hoy se habla de responsabilidad social corporativa y es bueno poner atención a lo que la empresa puede hacer frente a la sociedad. Sin embargo, finalmente, la responsabilidad es siempre personal. Son las personas que forman parte de las organizaciones las que tienen que hacer frente a las consecuencias de sus decisiones. Es momento de complementar la responsabilidad social corporativa con la responsabilidad de la persona de empresa.
El autor es director de la licenciatura en Economía en la Escuela de Gobierno y Economía de la Universidad Panamericana.
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