El escritor contestará que su más reciente novela se titula “Vivir del libro” y explicará que es la historia de un escritor frustrado por los embates injustos del mercado editorial. —
Pablo Berthely Araiza es escritor. Su novela más reciente es El silencio que nos une (Tusquets).
Cuando en alguna reunión o fiesta un escritor conoce a otra persona y se presenta como tal, la reacción suele ser un asombro curioso.
Después de un comentario gentil que suele subrayar lo divertido del oficio de escribir, invariablemente la persona le preguntará al escritor: “¿Qué escribes?”. “Novelas”, contestará el escritor con algo de falsa modestia, y el interlocutor reforzará el halago: “¡Qué increíble!”.
El escritor se sentirá importante y, por un segundo, se olvidará de sus problemas financieros; intentará a toda costa, sin quitarse la máscara de la humildad, claro, que la persona siga preguntando con el objetivo de afianzar la venta de algún ejemplar.
Pasados algunos minutos, si el escritor tiene suerte y habilidad, la persona preguntará: “¿Cómo se llama tu libro?” y sacará su celular para apuntar el título en una nota que quizá no vuelva a abrir en su vida.
El escritor contestará que su más reciente novela se titula “Vivir del libro” y explicará que es la historia de un escritor frustrado por los embates injustos del mercado editorial.
Si la persona no huye a tiempo, el escritor continuará con una arenga en la que detonará críticas a su oficio y a la industria que lo circunvala.
“Pero tú, ¿vives de tus libros?”, preguntará la persona. El escritor bajará la mirada y doblará la boca en una sonrisa inversa: “No, ojalá, pero no”, dirá el escritor y explicará que tiene un trabajo alimenticio, que las regalías de sus libros no le servirían ni para sobrevivir un par de meses.
Agregará que únicamente recibe el 10 por ciento del precio de cada libro vendido. “¿Cuántos has vendido?”, preguntará la persona, convirtiendo lo que minutos antes fue admiración en algo parecido a la lástima.
Súbitamente, el escritor recordará que se acerca el corte de su tarjeta de crédito, intentará que la preocupación no se apodere de su cara y mentirá con la cifra cuestionada: “Con este último libro no me ha ido mal, se han vendido, creo, 3 mil ejemplares”.
En realidad, el libro no ha vendido ni 500 copias. El escritor no lo sabe con exactitud porque su editorial —un sello transnacional— le envía semestralmente reportes confusos que nunca ha sabido entender del todo.
Lo que sí sabe con certeza es un dato referencial que recientemente leyó en el periódico sobre el mercado del libro en España: el 95 por ciento de los libros que llegan a los anaqueles de las librerías venden menos de 100 ejemplares.
El caso mexicano, pensará el escritor, debe ser peor. Conoce los datos estimados del promedio de lectura de novelas en México: media novela al año por cada mexicano.
Sabe que, desde hace dos décadas, cada año cierran 22 librerías en el país y que las editoriales chicas y medianas agonizan con los costos de producción y distribución, sin poder salir a flote frente al aglutinamiento del mercado de venta por Amazon.
“Entonces, ¿de qué vive un escritor en México?”, cuestionará con genuino interés la persona.
El escritor suspirará, se frotará ambas manos y le contará que los más afortunados viven de las becas, que México tiene un sistema de becas literarias que cualquier país de la región desearía tener, y que los menos suertudos, la gran mayoría, viven de cualquier otro trabajo y escriben como oficio secundario.
Entre la tristeza y la desilusión de aquel escritor, finalmente la persona se abrirá paso para hacer un comentario que habrá querido pronunciar durante toda la charla: “Yo creo que, si escribieras la historia de mi vida, venderías muchos libros. Te la voy a contar…”.