Coordenadas

Aranceles y misiles: la doble tormenta global

La semana que terminó dejó dos hechos que van a definir el segundo semestre: la reconstrucción del muro arancelario de Estados Unidos y la extensión de la guerra del Golfo Pérsico hacia el Mar Rojo.

Pocas veces la economía mundial había enfrentado, al mismo tiempo, un choque comercial y un choque energético como el que hoy vivimos.

La semana que terminó dejó dos hechos que van a definir el segundo semestre: la reconstrucción del muro arancelario de Estados Unidos y la extensión de la guerra del Golfo Pérsico hacia el Mar Rojo.

El viernes entraron en vigor los aranceles de 10 y 12.5 por ciento que el gobierno de Estados Unidos impuso a 60 economías —que concentran 99.4 por ciento de las importaciones estadounidenses— al amparo de la Sección 301, con el argumento del trabajo forzoso. Sustituyen al arancel temporal de la Sección 122 y consolidan, ahora por una vía jurídicamente más sólida, el proteccionismo que la Suprema Corte había tumbado en febrero.

Pero el expediente no está cerrado. Sigue pendiente la otra investigación 301, la de “exceso de capacidad”, abierta en marzo, que abarca acero, aluminio, automóviles, baterías, semiconductores, químicos y electrónica, entre otros sectores. Capital Economics, por ejemplo, anticipa que las tasas arancelarias subirán nuevamente antes del término de este año. Dicho de otro modo: el arancel de julio no es el techo, es el piso.

El otro frente es militar. Tras trece noches consecutivas de bombardeos de Estados Unidos sobre Irán, el fin de semana trajo una pausa: el Comando Central no anunció nuevos ataques y Trump aseguró que las conversaciones con Teherán se vuelven “más serias”, aunque un alto funcionario iraní le respondió que esta es una guerra “que no tendrá fin”.

Mientras tanto, el tránsito por Ormuz —14.6 millones de barriles diarios en el primer trimestre, según la EIA— ha llegado a paralizarse casi por completo, y las exportaciones del Golfo cayeron por debajo de la mitad de su nivel previo a la guerra.

A eso se sumó algo inédito: los hutíes atacaron el miércoles dos buques petroleros sauditas en el Mar Rojo —el Encelia y el Layla— y declararon un bloqueo a los puertos de Arabia Saudita, justo la ruta alternativa que Riad usaba para esquivar Ormuz. El sábado, tras las represalias aéreas sauditas, volvieron a lanzar misiles contra Jizan y Yanbu. Por el estrecho de Bab el-Mandeb circulan otros 5.4 millones de barriles diarios.

Nunca en la historia reciente los dos cuellos de botella del petróleo de Medio Oriente habían estado amenazados simultáneamente.

Los mercados lo entendieron: el Brent superó el jueves pasado los 100 dólares por primera vez en dos meses y, aunque el viernes cedió a 97 dólares, acumula un alza cercana a 30 por ciento en un mes. Goldman Sachs advierte que podría rebasar los 120 dólares en el cuarto trimestre si la disrupción de Ormuz se prolonga hacia 2027.

Lo que hace peligrosa esta coyuntura es la suma. Aranceles que encarecen prácticamente todas las importaciones de la mayor economía del mundo; petróleo coqueteando con los tres dígitos; buques que rodean el Cabo de Buena Esperanza, añadiendo de 10 a 14 días de travesía y primas de riesgo a cada flete.

Es la receta de un choque estanflacionario: más inflación con menos crecimiento, que ya reabrió en el mercado la discusión sobre si la Fed de Kevin Warsh tendrá que subir tasas, con lo que el dinero se encarecería para todo el mundo emergente.

¿Y México?

Aquí conviene la cabeza fría. En lo comercial, la libramos por ahora: los bienes que cumplen las reglas de origen del T-MEC —85 por ciento de nuestras exportaciones, según la Secretaría de Economía— quedaron exentos, y el 10 por ciento aplica solo al resto. Pero la investigación de exceso de capacidad toca acero, autos y semiconductores —el corazón de nuestra oferta exportadora— y la exención depende justamente del capítulo que Washington quiere endurecer en la revisión del tratado.

En lo energético, la aritmética es menos favorable de lo que parece. México importa refinados por un valor mayor al que exporta en crudo, así que el petróleo caro nos deja en una posición neta ligeramente negativa. La mezcla por encima de lo presupuestado da un respiro a Hacienda, pero el estímulo al IEPS para contener el precio de la gasolina se lo come.

Y está el peso, que ha resistido notablemente: cerró el viernes en 17.48 unidades, incluso con una ligera ganancia semanal, apoyado en el alivio de que México conservó su trato arancelario. Aun así, diversos analistas ya advierten del riesgo de verlo entre 17.80 y 18.00 si la escalada continúa.

La moraleja es simple: en un mundo donde chocan aranceles y misiles, la estabilidad no está garantizada para nadie. Tampoco para nosotros.

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