Contra lo que pudiera parecer, la decisión estadounidense del 1 de julio —de no renovar el T-MEC por 16 años y dejarlo con vigencia hasta 2036, sujeto a revisiones anuales— despejó más dudas de las que abrió.
Se acabó la especulación sobre si el tratado moriría o si habría una extensión limpia: hay tratado vigente, hay calendario y hay mesas de trabajo... y hay revisiones anuales.
La incertidumbre que ese día quedó formalizada no era nueva. Estaba abierta desde hace meses y los actores económicos la tenían asumida. La mejor prueba fue la reacción de los mercados: prácticamente nula.
El propio Marcelo Ebrard lo hizo notar: los indicadores financieros ya habían descontado el escenario de revisiones anuales antes de la reunión trilateral. Y la mayoría de los analistas venían anticipando que no habría extensión limpia: los escenarios base contemplaban revisiones anuales bajo la lógica de que el estilo transaccional de Trump no entrega certidumbre sin cobrar algo a cambio.
Con las reglas del juego definidas, las tareas de la negociación que sigue pudieron dirigirse con claridad a un solo objetivo: acotar gradualmente esa incertidumbre, a sabiendas de que no va a desaparecer.
Eliminarla no está en manos de México: depende de un presidente que ha hecho de la imprevisibilidad su método. Lo que sí está en manos de México es reducirla por capas: cerrar capítulos uno a uno, quitarle filo a la revisión anual y blindar los sectores más expuestos.
La siguiente capa se juega esta semana. Mañana martes arranca en la Ciudad de México la tercera ronda formal de negociación bilateral, con Jamieson Greer, en principio, presente de miércoles a viernes. La agenda incluye aluminio y sus derivados, automóviles, seguridad económica, agricultura y temas laborales. El nudo más duro —la exigencia de que al menos 50 por ciento del valor de cada vehículo provenga específicamente de Estados Unidos, lo que elevaría el umbral de contenido regional hasta 82 por ciento— seguirá probablemente sin resolverse: es la ficha más cara y suele reservarse para el final.
Pero la estrategia no se juega solo en la mesa. México ha cultivado aliados del otro lado: legisladores estadounidenses que han pedido por escrito a Greer mejorar el tratado sin socavar su marco, lo mismo han hecho empresas de aquel país con cadenas de producción integradas en México. Cada capítulo que se cierra suma intereses concretos que encarecen políticamente cualquier ruptura.
El frente interno también está alineado: Ebrard se reunió el jueves pasado con la cúpula del Consejo Coordinador Empresarial para afinar la postura común rumbo a la ronda, en una versión moderna de aquel “cuarto de junto” que acompañó las negociaciones del tratado original.
Hay señales de que la estrategia funciona. Greer reconoció la semana pasada que las conversaciones con México “van bien” y describió al gobierno mexicano como pragmático, en contraste con Canadá, donde admitió que no ha obtenido las concesiones que busca la Casa Blanca.
El comunicado con el que la USTR anunció el viaje tuvo un tono inusualmente cálido: agradeció a Ebrard la colaboración de varios meses y habló de “muchos éxitos” recientes. El carril mexicano es, hoy por hoy, el que funciona.
A las señales de la mesa se sumó ayer una del más alto nivel simbólico: la presidenta Claudia Sheinbaum asistió a la final del Mundial en el MetLife Stadium por invitación directa de Donald Trump, acompañada también por el primer ministro canadiense Mark Carney.
Fue apenas el segundo encuentro cara a cara entre ambos mandatarios, y ocurrió en la víspera exacta de la ronda. Que los tres líderes de Norteamérica compartieran la fiesta del torneo que organizaron juntos es un gesto de buen entendimiento que no conviene leer como casualidad: en diplomacia, los palcos también negocian.
¿Qué esperar entonces de esta ronda? No una foto final, que no habrá. La vara para medirla será otra: si se cierra formalmente algún capítulo, si se acuerda una metodología que le quite dramatismo a la revisión anual, y el tono con el que ambas delegaciones describan el viernes lo avanzado.
¿Por qué importa tanto que se acote la incertidumbre? Porque la disputa de fondo no es la vigencia del tratado, que a nadie —incluido Trump, que lo presume como obra suya— le conviene dinamitar, sino la dimensión de la incertidumbre.
Para las decisiones de inversión que México necesita atraer, con horizontes de décadas, la diferencia entre reglas estables, pese a la formalidad de las revisiones anuales y un incierto regateo anual vale miles de millones de dólares.
La incertidumbre va a persistir: es consustancial al método de Trump y al esquema de revisión que él mismo impuso. Pero acotarla, capa por capa, con capítulos cerrados y aliados que buscan la continuidad y estabilidad de las reglas, es hoy la única estrategia disponible para México.