Esta tarde, unas filas arriba del césped del MetLife Stadium, se sentarán juntos, o al menos cercanos, Donald Trump, Claudia Sheinbaum y Mark Carney.
La presidenta de México confirmó el viernes que asistirá a la final del Mundial por invitación directa de su homólogo estadounidense; el primer ministro canadiense recibió la misma invitación. Será apenas la segunda vez que un evento de la FIFA reúne a los tres jefes de gobierno de América del Norte: la primera fue en el sorteo del torneo, en Washington, en diciembre pasado.
En cualquier otro momento, la escena sería solo una nota de color. Hoy es un hecho político de primer orden.
Los tres países coanfitriones llegan a esta final en plena revisión del T-MEC, con negociaciones en curso y una agenda cargada, sobre todo en la relación entre México y Estados Unidos: aranceles, migración, seguridad.
Además, hay un detalle que subraya el peso del gesto: ninguno de los tres asistió a los partidos inaugurales de sus propios países. Eligieron la final —el escenario de máxima audiencia global— para la primera foto conjunta desde que arrancó el torneo.
No hay que hacerse ilusiones: noventa minutos en un palco no destraban una negociación comercial. Pero la diplomacia también se hace de señales, y esta es inequívoca. Trump pudo no invitar; Sheinbaum pudo no asistir. Que la invitación haya existido y haya sido aceptada dice más sobre el estado real de la relación que muchos comunicados oficiales. El futbol, una vez más, como territorio neutral donde se ensayan acercamientos que en otras mesas cuestan meses.
La ironía es que el partido que verán juntos hablará español: España contra Argentina. Hay que remontarse a la primera final de todas, Uruguay contra Argentina en 1930, para encontrar otra definición de Copa del Mundo disputada entre selecciones hispanohablantes.
Noventa y seis años después, el círculo se cierra a veinte minutos de Manhattan, ante tribunas que rugirán mayoritariamente en castellano, en un país cuyo gobierno ha hecho del control migratorio su bandera. El anfitrión sentará este domingo a la diáspora latina en el palco principal de su propia casa... y él mismo estará en primera fila para escucharla.
El guion deportivo tampoco tiene desperdicio. Argentina defiende la corona ganada en Qatar y busca algo que nadie consigue desde el Brasil de 1962: repetir título. Lionel Messi, que cumplió 39 años durante el torneo, juega probablemente su última final mundialista. Enfrente, España va por su segunda estrella tras la de Sudáfrica 2010, después de borrar de la cancha a Francia con un 2-0 que no admitió discusión.
Hay otro partido que ya se jugó y ya tiene ganador: el del negocio. Este Mundial pasará a la historia como el de la “superbowlización” definitiva del futbol. Por primera vez en 96 años, una final tendrá espectáculo de medio tiempo, encabezado por Madonna, Shakira y BTS. La FIFA copió sin disimulo el manual de la NFL: entretenimiento de superestrellas, hospitalidad premium y precios dinámicos que ajustan cada boleto en tiempo real, como si fueran acciones en un mercado bursátil.
Los números marean. Un boleto de fase de grupos podía conseguirse desde 60 dólares. Para la final de hoy, el precio oficial llegó a rondar los 6 mil 730 dólares, y en la reventa las entradas oscilaban esta semana entre 7 mil y 39 mil dólares. Los paquetes de hospitalidad alcanzaron los 57 mil. Y ahí aparece la segunda ironía: la fiesta es latina, pero la caja registradora habla inglés.
Los precios expulsaron del estadio justamente a las comunidades que le dan alma a esta final: el albañil argentino de Queens, la enfermera española de Newark, el mesero mexicano de Union City verán el partido donde siempre: en la televisión, en el bar, en la banqueta. Adentro estarán los patrocinadores, el turismo corporativo... y los tres presidentes.
La comparación con el modelo que la FIFA envidia y copia deja clara la escala del fenómeno: el Super Bowl, la joya de la televisión estadounidense, ronda los 120 millones de espectadores. La final de Qatar 2022 fue vista, según la FIFA, por cerca de mil 500 millones de personas, y todo indica que la de hoy superará esa marca. Es decir: el producto que la NFL perfeccionó durante décadas, el futbol lo multiplica por diez con solo salir a la cancha. Por eso Gianni Infantino la ha llamado, con su modestia habitual, “el partido más importante de la historia del futbol”. Tiene razón en un sentido que quizá no pretendía: nunca un partido había demostrado con tanta claridad que el futbol dejó de venderse como deporte y se vende como contenido.
Para México, que abrió este Mundial en el Estadio Azteca y lo despide por televisión, la final deja una lección y una pregunta. La lección: el futbol convertido en industria del espectáculo genera ingresos que hace una década parecían imposibles, y buena parte de esa maquinaria operó también en nuestras sedes.
La pregunta: si la vitrina global que rentamos durante un mes se traducirá en algo más permanente que una buena temporada para algunos hoteles. Aunque quizá el mejor rendimiento de esta Copa para nuestro país no se mida en derrama turística sino en capital diplomático: si el palco de esta tarde contribuye, así sea marginalmente, a que la revisión del T-MEC llegue a buen puerto, habrá sido la inversión más rentable del Mundial.
Esta tarde, cuando ruede el balón en Nueva Jersey, buena parte del planeta estará viendo lo mismo al mismo tiempo, un acto de comunión global que ninguna otra actividad humana consigue. Gane la Roja o gane la Albiceleste, ganará el español, ese idioma que en Estados Unidos algunos quisieran invisible y que hoy ocupará el escenario más visible del planeta, con el presidente de ese país como testigo de honor.
El resto —el marcador, los penales si los hay, las lágrimas de Messi o las de Lamine Yamal, y lo que se hayan dicho los tres vecinos entre gol y gol— se los cuento el martes. Hoy, como hace 96 años, el futbol habla español. Que lo escuchen bien.