Hace apenas dos años, la Selección parecía ir al garete. Había quedado fuera en la fase de grupos de Qatar y de la Copa América, sin rumbo ni proyecto. Pocos apostaban por algo distinto en el Mundial de casa.
Y sin embargo, el Tri nos devolvió la ilusión: cuatro partidos sin recibir gol, el primer triunfo en eliminación directa en cuatro décadas y un Azteca convertido otra vez en fortaleza inexpugnable.
El domingo por la noche nos dieron una dosis de realidad. Inglaterra, cuarto del ranking mundial, ganó 3-2 en el Azteca un partido en el que México le compitió de tú a tú, pero que se decidió en cinco minutos de errores defensivos que Bellingham convirtió en dos goles. Ni la expulsión inglesa ni la garra del equipo alcanzaron para el empate.
La derrota duele, pero deja saldo positivo: hay materia prima —Gilberto Mora, a sus 17 años, es la mejor prueba— y un proceso que Rafael Márquez hereda con bases sólidas. El realismo obliga a admitir la distancia que aún nos separa de la élite; la ilusión, en cambio, ya no es ingenua: por primera vez en mucho tiempo tiene fundamento de cara a 2030. Esperemos no echarlo por la borda.