Coordenadas

Sentados a la mesa en el TMEC, que no es poca cosa

Cerca del 85% de las exportaciones mexicanas está integrado a procesos productivos estadounidenses y contiene, en promedio, 40% de valor agregado de Estados Unidos.

Esta semana ocurrió algo que conviene no dar por descontado: México y Estados Unidos se sentaron, ahora sí formalmente, a negociar la revisión del T-MEC. La Secretaría de Economía y la USTR (Oficina Comercial del Gobierno de Estados Unidos) concluyeron el viernes la primera ronda formal, celebrada del 28 al 29 de mayo en la Ciudad de México, con un saldo que ambas delegaciones calificaron de “positivo”.

El primer dato relevante es que estamos dentro y no fuera.

La regla que el TMEC fija es que si hay consenso, el acuerdo puede extenderse 16 años, hasta 2042; si no lo hay, se entra en un ciclo de revisiones anuales que puede prolongarse hasta 2036, cuando el tratado expiraría.

Hoy, no hay consenso, pero la falta de él, ha dejado de ser un instrumento de negociación de Trump.

En cualquier momento de las revisiones futuras, los integrantes del Tratado pueden decidir su extensión por 16 años más. Si no se logra un acuerdo ahora, no se condena a una secuencia de 10 revisiones anuales antes del fin del TMEC.

Y aquí hay un segundo punto que vale la pena subrayar. La delegación estadounidense que llegó a la Ciudad de México no vino para cumplir un mero trámite. La encabezó el representante comercial adjunto, Jeffrey Goettman (ante la ausencia obligada de Jamieson Greer) e incluyó a una representación bipartidista de congresistas del Comité de Medios y Arbitrios —pieza clave del comercio exterior en la Cámara— además de un grupo de empresarios de distintos sectores. La propia USTR puso sobre la mesa cuatro temas: seguridad económica, reglas de origen para productos industriales clave, agricultura y condiciones de competencia equitativa. Es una agenda de fondo, no de forma.

¿Por qué importa tanto que estemos sentados? Por lo que está en juego. Cerca del 85% de las exportaciones mexicanas está integrado a procesos productivos estadounidenses y contiene, en promedio, 40% de valor agregado de Estados Unidos, frente al 4% que incluyen los productos provenientes de China. No competimos contra la economía estadounidense; estamos cosidos a ella.

Hasta aquí las buenas noticias. Ahora, las dificultades, que ya se dibujan con nitidez.

La más sonora la reportaron The Wall Street Journal y Reuters: Washington propuso elevar el contenido regional de los autos de 75% a 82%, y que de ese total al menos 50% provenga específicamente de Estados Unidos, algo que hoy no existe, pues las reglas vigentes exigen contenido regional sin imponer una cuota por país. Es un cambio de naturaleza, no de grado: convierte una regla norteamericana en una regla estadounidense. La respuesta de Marcelo Ebrard fue categórica: “el tema del 50% nos parece que es insostenible”, dijo, y defendió un enfoque de contenido regional en lugar de requisitos por país.

El argumento mexicano es, a mi juicio, el más fuerte que tenemos, y conviene repetirlo: el de la coherencia. Ebrard sostiene que no tiene sentido imponer requisitos más altos solo a quienes producen dentro de América del Norte mientras competidores externos venden al mercado estadounidense bajo reglas menos exigentes. Endurecer las reglas de origen únicamente a la región sería castigar precisamente a quienes integraron sus cadenas como el tratado pidió.

A eso se suma un frente abierto que no es menor. Ebrard calificó el arancel de 50% al acero y al aluminio de “insostenible” y “sin justificación”, e insistió en un enfoque sistémico de las tarifas y las reglas de origen. Y hay una pieza ausente que pesa: Canadá. Avanzamos por una vía rápida, sí, pero sobre un tablero que sigue siendo de tres.

¿Qué sigue? El calendario es apretado. La segunda ronda será en Washington el 16 y 17 de junio, y la tercera —considerada la instancia clave para definir si hay acuerdo en 2026 o se deriva al ciclo de revisiones anuales— ocurrirá en la Ciudad de México la semana del 20 de julio. Entre una y otra se cruza el arranque formal del 1 de julio.

Mi impresión es esta: el solo hecho de estar negociando, con interlocutores de peso y una agenda de fondo, es un resultado en sí mismo, y no deberíamos minimizarlo en medio del ruido arancelario. Pero la primera ronda dejó claro que el terreno donde se decidirá el desenlace —reglas de origen automotrices, acero, aluminio— es exactamente el más espinoso. Sentarse era la condición necesaria. Lo difícil, lo que valen las decenas de miles de millones de dólares, empieza ahora.

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