Coordenadas

Las empresas de la era de la IA: ¿colpaso o boom?

La capitalización conjunta de Apple, Microsoft, Alphabet, Amazon, Nvidia, Meta y Tesla ronda los 23 billones (trillions) de dólares y equivale a cerca de un tercio del valor del índice S&P 500.

Pocas veces en la historia financiera reciente un puñado de empresas ha concentrado tanto poder de mercado —y tanta controversia— como las llamadas “siete magníficas”: Apple, Microsoft, Alphabet, Amazon, Nvidia, Meta y Tesla.

Su capitalización conjunta ronda los 23 billones (trillions) de dólares y equivale a cerca de un tercio del valor del índice S&P 500. La pregunta inevitable es si ese liderazgo refleja una burbuja a punto de reventar, como ocurrió con muchas puntocom hace un cuarto de siglo, o el inicio de una transformación productiva cuya magnitud todavía no terminamos de asimilar.

El punto de partida obliga a la prudencia: las valuaciones son exigentes. El múltiplo precio/valor en libros del S&P 500 se ubica alrededor de 5.8 veces, frente a una mediana histórica cercana a 2.9.

En el grupo de las grandes tecnológicas, algunas cifras lucen aún más tensas: Apple cotiza a múltiplos muy altos sobre valor en libros y Tesla sigue siendo difícil de justificar con métricas tradicionales de utilidades. No conviene confundir empresas extraordinarias con precios atractivos.

¿Estamos en una situación como la del año 2000 cuando se desplomaron las acciones del llamado boom de la “puntocom”?

Según datos de FactSet, a finales de 2025 las siete mayores acciones por capitalización cotizaban en torno a 28 veces utilidades esperadas, menos de la mitad de las 66 veces observadas en las siete líderes del auge puntocom.

Más importante todavía: hoy no hablamos, en su mayoría, de empresas que viven de promesas, sino de compañías con utilidades masivas, márgenes altos, plataformas globales y capacidad real para financiar inversión.

Ese matiz es fundamental. La gran prueba de los próximos años no será si estas compañías pueden gastar en inteligencia artificial, sino si podrán convertir ese gasto en retornos suficientes sobre el capital invertido.

Los grandes grupos tecnológicos proyectan desembolsos superiores a 700 mil millones de dólares este año en infraestructura de IA.

Parte importante de esa inversión se apoya en flujos operativos muy robustos, pero ya no conviene decir que todo ocurre sin deuda: Alphabet y Amazon han acudido a mercados internacionales de bonos para financiar la expansión. La solidez existe; la presión sobre el flujo de caja libre también.

Y aquí aparece el argumento que impide despachar el fenómeno como simple euforia: la inteligencia artificial apenas está entrando en su fase de adopción amplia.

IDC estima que el gasto mundial en IA —aplicaciones, infraestructura y servicios— se duplicará con creces para alcanzar 632 mil millones de dólares en 2028.

La UNCTAD, con otra métrica, proyecta que el mercado global de IA podría llegar a 4.8 billones de dólares hacia 2033. Son proyecciones, no garantías, pero muestran que la frontera económica de la tecnología sigue abierta.

La adopción empresarial confirma esa lectura. McKinsey reporta que 88% de las organizaciones ya usa IA con regularidad en al menos una función, pero sólo alrededor de un tercio ha empezado a escalar sus programas. En IA agéntica, apenas 23% escala algún sistema en la empresa, y en ninguna función individual la proporción supera 10%. Otra encuesta, de Camunda, encontró que aunque 71% de las organizaciones dice usar agentes de IA, sólo 11% de los casos de uso llegó a producción durante el último año. Hay entusiasmo, pero también fricción operativa y proyectos inmaduros.

La monetización del consumidor tampoco ha llegado a su techo. Un reporte de The Information señaló que hacia julio de 2025 sólo alrededor de 5% de la base semanal activa de ChatGPT pagaba planes Plus o Pro. Si esa cifra es correcta, incluso en el producto más visible de la revolución de IA el modelo comercial masivo todavía está en construcción.

Nada de esto elimina los riesgos. La concentración de mercado es real y puede amplificar las caídas cuando unas cuantas acciones decepcionan. Además, el gasto en centros de datos, chips y energía puede crecer más rápido que los ingresos asociados.

Microsoft, por ejemplo, reportó que Azure y otros servicios de nube crecieron 40% anual en su tercer trimestre fiscal de 2026, pero el mercado seguirá exigiendo evidencia de que ese crecimiento compense la inversión en infraestructura.

En esta etapa, el indicador clave no será sólo el crecimiento de ventas, sino la calidad del flujo de caja libre.

Por eso la conclusión no debería ser “burbuja” ni “compra ciega”. Debería ser discriminación. Algunas de estas empresas combinan escala, utilidades y exposición directa a una tecnología todavía temprana; otras cotizan a precios que dejan poco margen de error.

La analogía con el 2000 resulta útil como advertencia, pero engañosa: entonces el mercado pagaba muchas más promesas; hoy paga utilidades reales, aunque caras.

Para el inversionista que sepa distinguir señal de ruido, ese desfase entre precios elevados y adopción todavía incipiente puede seguir siendo una oportunidad estructural.

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