Antes de que ruede el balón en la Ciudad de México el próximo 11 de junio, pareciera moverse algo más sensible: el calendario escolar.
Aunque después del anuncio del cambio de calendario, la SEP tuvo que reconsiderar y dejar pendiente la decisión, el tema ya provocó una gran polémica.
Aún antes de que comience el Mundial 2026 México ya enfrenta la pregunta que debería acompañar a toda fiesta financiada y gestionada, directa o indirectamente, por el país: ¿podemos organizar el espectáculo deportivo más grande del planeta sin suspender la vida normal?
La pregunta importa porque el Mundial no es, como suele presentarse en la propaganda extrema, ni un milagro económico ni una amenaza. Es una prueba de estrés. Medirá si México puede convertir una vitrina global en beneficios duraderos o si, para que funcione la fiesta, el Estado tiene que alterar escuelas, saturar ciudades, redirigir recursos y maquillar urgencias.
La economía exige proporciones, no confeti. Deloitte calcula que el torneo aportará 2 mil 730 millones de dólares en valor agregado, equivalente a 0.14% del PIB nacional, y generará 112,200 empleos temporales. Es un dato relevante para hoteles, restaurantes, transporte, comercio y entretenimiento, pero no es una palanca capaz de cambiar la trayectoria de una economía de casi 1.9 billones de dólares.
Banorte, más optimista, estima entre 42 y 62 puntos base adicionales al PIB de 2026, concentrados en junio y julio, en tres ciudades sede y en sectores específicos. El Mundial puede mejorar una temporada; no va a resolver una década.
La derrama existirá, pero no caerá pareja. Ganarán quienes ya están listos para capturarla: cadenas hoteleras, aerolíneas, restaurantes, plataformas, patrocinadores. Para el turista, los precios altos son parte del viaje; para el residente, pueden sentirse como una inflación importada por la fiesta. Una ciudad puede vender experiencia mundialista y, al mismo tiempo, encarecerle la vida a quienes la sostienen todos los días. Por eso el verdadero debate no es si el Mundial deja dinero. Sí deja. La pregunta es quién lo cobra, quién lo financia y qué permanece cuando se apagan las luces.
En infraestructura, México parte de una posición menos riesgosa que otros anfitriones. No estamos levantando estadios destinados a ser elefantes blancos: la apuesta fue remodelar el Azteca-Banorte, el Akron y el BBVA, rebautizados por la FIFA como estadios de Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey. Eso reduce el peligro de heredar cemento inútil, pero no garantiza legado público.
El verdadero rastro del Mundial no estará en el estadio renovado, sino en la ciudad que lo rodea: accesos, transporte, seguridad, capacidad institucional para coordinarse sin tratar la vida cotidiana como obstáculo. La marca país no se construye con ceremonias impecables, sino con instituciones que no se desordenan bajo presión.
El episodio más revelador de la semana lo confirma. El miércoles, la SEP anunció que el ciclo escolar terminaría el 5 de junio y no el 15 de julio por la ola de calor y por el Mundial. Menos de 48 horas después, tras la reacción de la Unión Nacional de Padres de Familia, México Evalúa, Mexicanos Primero y exfuncionarios del propio sector, la presidenta Claudia Sheinbaum tomó distancia: dijo que no hay todavía calendario definido y reclasificó la decisión como una mera propuesta de los estados. Lo que se anunció como acuerdo nacional se convirtió, de la noche a la mañana, en proyecto.
La marcha atrás habla bien de la capacidad de la sociedad civil para propiciar la corrección de un error, y mal de la solidez con la que se tomó. La idea quedó en suspenso, pero el ensayo administrativo ya ocurrió: alguien, en algún despacho, pensó que podía recortar cinco semanas de clases para acomodar la logística de trece partidos, o para inhibir las movilizaciones de la CNTE, y lo anunció como hecho consumado. Ese reflejo es el problema, lo confirmen o lo retiren después.
México no está en condiciones de tratar las clases como variable de ajuste. PISA 2022 dejó una señal dura: solo 34% de los estudiantes mexicanos alcanzó el nivel básico en matemáticas; en lectura fue 53%, y en ciencia, 49%. Cada día de escuela importa en un país donde el rezago no es abstracción sino desventaja acumulada que se hereda.
Si la respuesta oficial al Mundial pasa por la movilidad, la seguridad o el calor, entonces el torneo no creó el problema: lo iluminó. Recordó que nuestras ciudades tienen dificultades para absorber eventos grandes sin sacrificar servicios básicos, y que el Estado suele resolver la tensión por la vía más fácil: mover al ciudadano antes que mejorar la operación.
No se trata de regatear entusiasmo. El futbol forma parte de la cultura popular y un Mundial en casa será, desde luego, una celebración. El punto es otro: una celebración nacional no debería pedir como condición que la escuela se haga a un lado, ni siquiera como propuesta a explorar.
La iniciativa privada también debe asumir su parte. Si el argumento es que el Mundial será una oportunidad de negocios, esos negocios deben contribuir a ordenar la fiesta: logística, empleo formal, transparencia en precios y beneficios verificables para las comunidades sede. No basta con capturar la derrama y dejar la factura urbana al erario.
El gobierno, por su lado, debería abandonar el lenguaje de la euforia y hablar en términos de rendición de cuentas. ¿Cuánto se gastará en seguridad, movilidad y servicios? ¿Qué obras seguirán sirviendo después del 19 de julio? ¿Qué sectores captaron realmente la derrama? ¿Hubo presiones inflacionarias locales? ¿Cuántos empleos dejaron capacidades nuevas y cuántos fueron mero relleno temporal? Y, sobre todo: ¿qué pasará con el calendario escolar si la propuesta vuelve a la mesa cuando el ruido baje?
El éxito del Mundial no se medirá solo en ocupación hotelera, fotografías de turistas o goles de la selección. Se medirá en si México pudo organizar la fiesta sin suspenderse a sí mismo. Si después del torneo quedan mejores accesos, ciudades más coordinadas y una economía local fortalecida, habrá sido inversión. Si deja sobreprecios, calendarios manoseados y discursos satisfechos, habrá sido distracción.
El Mundial no es el problema. El problema es que se quiere desordenar lo esencial para que el Mundial luzca ordenado.
Cuando el 19 de julio se apague la última luz del torneo, la pregunta no debería ser únicamente quién levantó la Copa. También habrá que preguntar quién pagó la fiesta, quién cobró la derrama y qué país quedó cuando los visitantes se fueron.