Coordenadas

La guerra no termina y la economía padece

El problema económico de una negociación prolongada no es solo el precio del barril; es la incertidumbre persistente que contamina decisiones de inversión, comercio y financiamiento.

Hay guerras que el sistema económico mundial ha aprendido a procesar: las contiene, ajusta precios y sigue operando.

Pero, hay una situación que le cuesta más trabajo digerir, y es justamente la que se está configurando en Medio Oriente: ni guerra abierta ni paz verdadera.

Tras 40 días de ataques estadounidenses e israelíes contra Irán, una tregua frágil mediada por Pakistán entró en vigor el 8 de abril. Esta semana fue extendida por Trump, pero Vance canceló su viaje a Islamabad, Teherán dice que no enviará delegación y el Estrecho de Ormuz sigue operando a apenas 5% de su tráfico previo.

No hay incentivos claros para una nueva escalada inmediata, pero tampoco aparecen los puentes diplomáticos para un arreglo permanente. Esa zona gris, que algunos celebran como alivio, puede ser uno de los escenarios más dañinos para la economía global.

Los mercados ya reflejan la fragilidad. El Brent cotizaba ayer por la tarde arriba de 101 dólares por barril, alrededor de 50% más que hace un año, y se mueve con violencia ante cada titular: ayer subió más de 3% tras conocerse que Vance no viajaría a Islamabad.

Las estimaciones de destrucción por la disrupción en Ormuz rondan los cinco millones de barriles diarios, cerca del 5% de la oferta global, con Asia como la región más golpeada.

Hay un contraargumento honesto: precisamente porque el conflicto sigue en el limbo y no estalla, el crudo no se ha disparado a 150 dólares ni se ha cerrado por completo el comercio marítimo del Golfo. Es cierto. Pero confundir ese techo con normalidad sería un error.

El problema económico de una negociación prolongada no es solo el precio del barril; es la incertidumbre persistente que contamina decisiones de inversión, comercio y financiamiento.

Cuando las empresas no saben si el conflicto se reactiva o se muere en una semana o en un trimestre, posponen planes, elevan inventarios, pagan seguros marítimos más caros y exigen mayores márgenes para operar. Esa incertidumbre vale dinero. Y a veces cuesta más, en términos acumulados, que el shock inicial.

Una tregua larga pero frágil basta para mantener elevados los costos logísticos, encarecer las coberturas de riesgo y filtrarse, como humedad estructural, en transporte, petroquímica, fertilizantes, aviación y, finalmente, en los precios al consumidor.

Es justamente el escenario que más complica a los bancos centrales. Si la presión energética se sostiene, regresan tensiones inflacionarias; si al mismo tiempo se debilita la actividad y se erosiona la confianza, se refuerza el riesgo de desaceleración. Estanflación moderada, con menos margen para relajar la política monetaria. La Fed pospondría recortes; Banxico vería estrechado su espacio justo cuando la economía local más lo necesita.

México llega a este episodio en condición delicada. La actividad ha mostrado debilidad en varios indicadores y no hay holgura para absorber un shock externo prolongado. El reflejo de pensar que, por ser productor de crudo, el país saldría beneficiado se topa con la realidad: México importa alrededor del 75% del gas natural que consume desde Estados Unidos, lo que vuelve cualquier alteración energética un golpe directo a la generación eléctrica y a múltiples ramas industriales. Y si el ambiente global termina enfriando a la economía estadounidense, el daño llegaría por el flanco más sensible: las exportaciones manufactureras, la inversión y el empleo formal vinculado al sector externo. El tipo de cambio, además, suele ser la primera variable en absorber el nerviosismo global.

Hay, sin embargo, una ventana. En entornos inciertos, el capital premia la certidumbre institucional, las reglas claras y la capacidad de respuesta.

México podría capitalizar su integración con Estados Unidos —y la próxima revisión del T-MEC— para consolidar el nearshoring que las disrupciones globales están acelerando. Pero eso no ocurrirá en automático. Si el mundo entra en una etapa prolongada de cautela, la competencia por atraer capital se intensificará y los errores de política interna costarán más caros.

Ese es el riesgo central de una negociación sin desenlace: no una explosión súbita, sino un desgaste continuo. No un colapso inmediato, sino una erosión lenta de la confianza global. Para una economía como la mexicana, que depende de la estabilidad externa para crecer, sería una mala noticia.

Por eso conviene mirar el conflicto en Medio Oriente no como un asunto geopolítico distante, sino como una variable económica de primer orden. A veces, lo más costoso no es la guerra. Es la imposibilidad de terminarla.

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