En mi artículo de la semana pasada propuse que Claudia Sheinbaum convocara a 25 de las mejores mentes del mundo para pensar el México de 2075. La propuesta provocó mensajes entusiastas de académicos, empresarios y lectores; algunos incluso expresaron interés en organizar sesiones del consejo. De modo que, si a las autoridades gubernamentales no les interesa la propuesta, habrá que investigar si alguna universidad mexicana o extranjera estaría dispuesta a concretarla.
Lo importante no es quién convoque, sino que pueda construirse un espacio para pensar a México con un horizonte de 50 años, lejos de griteríos coyunturales, guerras de lodo electorales y grillas burocráticas y partidistas.
Habría, por cierto, un cambio en la integración del consejo propuesto. Amartya Sen permanecería como consejero honorario y su lugar entre los participantes activos sería ocupado por Martha Nussbaum, la legendaria filósofa de la Universidad de Chicago. Sen fue el pionero del enfoque de las capacidades y Nussbaum contribuyó decisivamente a desarrollarlo; ambos colaboraron durante años.
En mi artículo anterior prometí enunciar las preguntas que plantearía a cada integrante. Cometí un error: 50 preguntas (dos por integrante) no caben en esta columna. Pero sí es necesario que explique cuál sería su lógica y ofrezca algunos ejemplos.
A cada consejero se le harían dos preguntas. La primera: ¿qué no estamos entendiendo? Buscaríamos descubrir nuestros puntos ciegos: relaciones causales inadvertidas, diagnósticos equivocados o paradojas mexicanas insuficientemente analizadas. La segunda: ¿qué necesita aprender a hacer México? Buscaríamos identificar las capacidades, instituciones y reglas que debemos construir durante las próximas décadas.
A Mariana Mazzucato, por ejemplo, se le preguntaría: “México posee enormes ventajas económicas y un Estado con importantes recursos e instrumentos de política pública. ¿Qué no estamos entendiendo sobre las razones por las que no hemos logrado convertir esas capacidades en crecimiento sostenido?”. A Daron Acemoglu: “México sabe, desde hace décadas, cuáles son las instituciones que necesita para prosperar. ¿Qué no estamos entendiendo sobre por qué esas instituciones no se construyen, no perduran o terminan siendo capturadas?”.
Steven Levitsky recibiría una pregunta diferente: “Un partido puede ganar tanto poder como los ciudadanos quieran darle. ¿Qué no estamos entendiendo sobre cómo impedir que ese mismo poder termine debilitando las condiciones que permitirían que algún día pueda perderlo?”. Y David Kennedy tendría que responder otra pregunta incómoda: “México dedica enormes recursos a combatir el crimen organizado. ¿Qué no estamos entendiendo sobre por qué combatir a más grupos criminales no necesariamente implica reducir sus capacidades o disminuir la violencia?”. Pero probablemente lo más fascinante no serían estas preguntas, sino las preguntas que los consejerosse harían entre sí.
El trabajo se organizaría en cinco mesas: prosperidad compartida y transformación productiva; productividad, conocimiento y oportunidades; construcción de un Estado más capaz sin hacerlo omnipotente; consolidación democrática, y paz y recuperación territorial.
Mucha de la riqueza del grupo la encontraríamos justamente en la discusión de sus desacuerdos. ¿Qué le objetaría Acemoglu a Mazzucato sobre los riesgos de fortalecer al Estado? ¿Qué preguntaría Levitsky a Fukuyama sobre el aparente conflicto entre elevar las capacidades del Estado y, al mismo tiempo,limitar su poder? ¿Qué le diría Vanda Felbab-Brown a Kennedy sobre las comunidades que dependen de las economías ilícitas controladas por las organizaciones que buscamos combatir?
Una vez publicada la primera parte de este artículo, algunos conocidos me hicieron tres tipos de objeciones. La primera: “le tienes demasiada fe a las ideas”. Quizá. Pero las grandes transformaciones institucionales arrancan frecuentemente cuando cambia nuestra manera de entender un problema. Las ideas no sustituyen al poder, los recursos ni la ejecución, pero ayudan a determinar cómo los utilizamos.
La segunda objeción es que México no padece falta de asesoría. Sin embargo, el consejo no sería un cuerpo de asesoría gubernamental, sino un mecanismo para integrar un diagnóstico estratégico de largo plazo que identifique aquellas pocas transformaciones que serían capaces de modificar la trayectoria de México en el próximo medio siglo.
Finalmente, algunos consideran que el Consejo debería estar integrado mayoritariamente por mexicanos. Discrepo. México posee extraordinarios especialistas y varios estarían dentro del proyecto. Pero precisamente porque llevamos décadas discutiendo nuestros problemas necesitamos también una mirada externa que sea capaz de ver aquello que nosotros hemos dejado de ver. Además, como lo planteé en mi texto previo, Sandra Ley desempeñaría un papel central como coordinadora académica para asegurarnos de que las cinco mesas conecten con las realidades mexicanas.
México 2075 no parte de la ingenuidad de pensar que 25 intelectuales pueden resolver los problemas del país. Parte de una convicción más modesta: antes de intentar resolver nuestros grandes problemas nacionales durante los próximos 50 años, vale la pena asegurarnos de que estamos formulando las preguntas correctas.