Edna Jaime

Norteamérica sin romanticismo liberal

El T-MEC llega a revisión como el residuo institucional de una época que terminó. Sigue siendo indispensable. Sin él, México quedaría en una posición tremendamente vulnerable.

La revisión del T-MEC llega en un momento muy distinto a aquel en que nació el TLCAN. Me refiero a que no estamos ante la actualización rutinaria de un acuerdo comercial. Estamos ante la revisión de un arreglo que surgió en un contexto político y económico que ya no existe.

Vale la pena recordar ese origen. Para México, el momento político y económico era particularmente delicado. El país venía de la nacionalización bancaria, de la crisis de la deuda y del agotamiento de un modelo de desarrollo que ya no ofrecía crecimiento, estabilidad ni confianza.

Más que un simple acuerdo para abrir mercados, el tratado representó la posibilidad de insertar a México en otra lógica: una fundada en reglas más estables y una plataforma externa de certidumbre que ayudara a corregir la discrecionalidad/arbitrariedad del viejo régimen.

Eso ayuda a entender mejor lo que el TLCAN significó. No fue solo una apuesta por exportar más. Fue también una apuesta por ordenar de otra manera la relación entre economía y poder.

El tratado nacía en un momento en que la integración económica parecía acompañar algo más amplio: una cierta convergencia política hacia reglas, apertura y modernización institucional.

No se trataba de idealizar la región ni de ignorar sus asimetrías. Pero sí existía la expectativa de que la integración podía tener un horizonte compartido de transformación.

Treinta años después, esa premisa ya no puede darse por sentada.

Norteamérica sigue existiendo como región económica. De hecho, la integración hoy es muy profunda. El propio debate rumbo a la revisión del T-MEC confirma hasta qué punto la región opera ya como una plataforma de producción, comercio y seguridad económica.

Washington y México iniciaron en marzo conversaciones bilaterales para preparar la revisión conjunta y acordaron una secuencia regular de reuniones con entregables antes del 1 de julio.

La agenda anunciada por Estados Unidos incluye reducir la dependencia de importaciones de fuera de la región, fortalecer reglas de origen y reforzar la seguridad de las cadenas de suministro.

Pero justamente ahí está el cambio de época. El tratado ya no será revisado bajo la lógica de los noventa. No en un clima de apertura, sino en uno de rivalidad estratégica, política industrial y proteccionismo.

Ese es el contexto real de la revisión. No será una conversación técnica entre socios que comparten un proyecto político claro, sino una negociación más dura, más estratégica, donde las asimetrías se harán presentes en todo momento.

Eso obliga a mirar el tratado de otra manera. Durante mucho tiempo se habló del TLCAN y luego del T-MEC como si fueran expresiones naturales de una integración en marcha.

Hoy convendría verlos más bien como estructuras que sobreviven al debilitamiento del contexto político que los hizo posibles. La región económica persiste, pero el proyecto político liberal que alguna vez pareció acompañarla está muy erosionado.

Y eso tiene consecuencias. Lo esperable en esta revisión no es una profundización armónica de la integración, sino una renegociación atravesada por otras prioridades: sobre todo la emergencia de China y la presión que recibe Estados Unidos para reorganizar su entorno inmediato de acuerdo al nuevo contexto.

Para México, esto debería ser una llamada de atención. Durante años, el tratado funcionó no solo como mecanismo de acceso a mercado, sino como una fuente de certidumbre para un país que no terminaba de producirla desde dentro. Esa función no ha desaparecido.

Pero hoy ya no opera en el mismo ambiente político. La lógica que prevalece ya no es la de la convergencia, sino la de la contención. El acuerdo probablemente sobrevivirá, porque el costo de desmontar la integración sería enorme. Pero sobrevivirá en condiciones más ásperas y con menos romanticismo regional.

En cierto modo, el T-MEC llega a revisión como el residuo institucional de una época que terminó. Sigue siendo indispensable. Sin él, México quedaría en una posición tremendamente vulnerable.

Pero ya no descansa sobre la idea de una Norteamérica en convergencia política, sino sobre algo más sobrio: la conveniencia de preservar un arreglo que sería demasiado costoso romper, aun cuando sus bases políticas se hayan debilitado.

La región económica sobrevive; el momento liberal que la acompañó, no. Y eso obliga a México a entender que la revisión del T-MEC no pondrá a prueba únicamente la vigencia del tratado. Pondrá a prueba nuestra capacidad para leer correctamente el cambio de época.

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