Mientras su partido sigue en caída libre en términos electorales, el presidente nacional del PRI, Alejandro Moreno Cárdenas, multiplica sus viajes en busca del voto… de Washington.
Moreno, a quien sus propios correligionarios señalan de autoritario y de haberse apoderado del partido con malas artes, exhibe, con sus giras, la debilidad de la apuesta electoral opositora, además de un talante entreguista muy presente en estos tiempos en que la ultraderecha avanza en la región latinoamericana de la mano de la abierta injerencia de Estados Unidos.
El presidente del PRI no es la única figura opositora que pretende ganar en el Capitolio lo que las urnas le niegan en México.
Otros y otras, con mayor fortuna, acuden con cierta frecuencia a foros en los que denuncian “autoritarismo”, “retrocesos democráticos” o “narcogobiernos”.
Como el estudiante mal portado que acude a la dirección de la escuela a culpar a otros de su propio desastre, la oposición apela a la carta de la abierta intervención del poderoso vecino en asuntos que sólo competen a las y los mexicanos.
Aunque difunden sus giras con fotografías donde los edificios emblemáticos de Washington hacen de escenografía, por lo general estas patéticas figuras de la oposición nacional son recibidas por funcionarios de segundo nivel o por legisladores con claras agendas antimexicanas.
En el extravío propio de quien camina rumbo a la irrelevancia, los dirigentes de los otrora partidos mayoritarios, que ocuparon la presidencia durante décadas (más de 70 años el PRI sumados a la docena trágica de su gemelo el PAN), buscan en el extranjero a quien les haga el trabajo de alimentar el engaño del “narcogobierno”, pese a que el gobierno de Estados Unidos ha reconocido de manera consistente las acciones de México en aras de la seguridad regional.
Dueño de un abultado expediente judicial, el dirigente priista acude a la victimización cuando se procede contra personajes de su entorno y acusa “persecución política”, donde no hay sino aplicación de la ley.
Durante el gobierno actual, Moreno ha viajado en cinco ocasiones a Washington, siempre con denuncias que apenas encuentran eco o que de plano son ignoradas por los medios y los actores políticos de ese país.
Al mismo tiempo —en algo tenía que resultar ganador— es proclamado campeón de las faltas injustificadas a sus deberes en el Senado.
Se entiende la desesperación de los dirigentes del PRI, pues son rechazados por la mayoría de los mexicanos que los identifican con las peores épocas de corrupción y pobreza del país.
Según diversas encuestas, la tasa de rechazo del PRI rebasa los 80 puntos (85, en la de 2025 de El Financiero).
Moreno, un dirigente que viaja más a Washington que a algunos estados del país, logró la proeza de aumentar el rechazo a su partido y de perder 10 de las 12 gubernaturas que su partido encabezaba cuando asumió el cargo.
En su más reciente incursión, fue además a exhibir la hipocresía de una oposición que marchó en las calles al grito de “el INE no se toca”, pues fue justo a denunciar una resolución de consejeras y consejeros de ese instituto, e invocar la aplicación de una ley de Estados Unidos para que sean castigados.
Invocar la intervención no es estrategia política, es entreguismo y traición que suman a opositores como el priista a la ominosa lista de lacayos que, en toda América Latina, están dispuestos a agradar al imperio con la no tan secreta esperanza de ser puestos como “administradores” de intereses extranjeros.
No lo hacen por convicción, no, sino porque creen, ingenuamente, que los ataques a México favorecen su opción política.
Ignoran, en su ignorancia geopolítica, que si el poderoso consiguiera sus fines, los primeros desechables serán ellos. Y si no, que le pregunten a María Corina Machado.