Dolores Padierna

El largo adiós al T-MEC

La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca aceleró el surgimiento de un nuevo paradigma, simplificado por algunos como un retorno al proteccionismo.

El Tratado de Libre Comercio, y su derivado el T-MEC, surgieron de la imposición del modelo globalizador, bajo la premisa de que el libre comercio traería eficiencia, prosperidad y virtuosas cadenas de suministro sin importar fronteras.

La certidumbre a largo plazo, por el establecimiento de reglas con duración de más de una década, coronó su éxito, aunque los beneficios llegaron de manera desigual, pues hicieron prosperar a algunos sectores de la economía en tanto hundían a otros.

La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca aceleró el surgimiento de un nuevo paradigma, simplificado por algunos como un retorno al proteccionismo.

Las nuevas herramientas de Estados Unidos son la imposición de aranceles y de renovadas reglas de origen, así como la entrada en escena de la seguridad nacional en asuntos comerciales.

Con el paso de China de socio a rival estratégico, se configura un nuevo escenario mundial en el que domina la incertidumbre.

Los mismos poderosos que vendieron el libre comercio como la panacea han hecho volar por los aires los grandes mitos neoliberales, las reglas que daban certeza a los inversionistas y ciertas garantías en el marco de la asimétrica relación que tenemos con EU.

Las amenazas trumpianas de abandonar el acuerdo han generado, en distintos momentos, nerviosismo en los mercados y el rechazo de sectores que, en los tres países firmantes, dependen en gran medida de las reglas del tratado.

Trump subió el tono de sus amenazas en la medida en que su popularidad cae en picada, lo mismo que los números del Partido Republicano rumbo a los comicios de noviembre.

Trump grita mientras funcionarios de su gobierno mantienen las negociaciones. Ha llegado a decir, por ejemplo, que el T-MEC no ha traído ningún beneficio a Estados Unidos, luego que le ha provocado más daños y más tarde que es “irrelevante”. Como dice una cosa, dice la otra.

Lo cierto es que el tratado, pese a la estridencia, no es irrelevante para ninguno de los tres países. No lo ha sido, por ejemplo, desde que Trump ataca al mundo entero con el garrote de los aranceles, pues Canadá y México han mantenido un trato preferencial. Y no lo es porque continúa siendo clave para la competitividad regional, es decir, un activo frente al principal rival comercial estadounidense, China.

La decisión estadounidense, que combina la trumpista necesidad de satisfacer a sus electores con la arrogancia imperial que se apodera por la fuerza de recursos de otros países, tendrá un fuerte impacto en las capacidades de Norteamérica, como región, para competir con Asia.

Las amenazas hechas realidad afectan de manera importante a México, dada la fuerte dependencia que se construyó durante tres décadas.

Pero también será dañina para EU, pues golpeará a sectores específicos que dependen de los suministros mexicanos y al país vecino en su conjunto, en tanto que la integración ha sido una de sus principales fortalezas en la competencia global.

Como es sabido, el T-MEC contiene un plan de revisiones, pactado en 2020 con la finalidad de evitar que se debilite por falta de actualización.

La actual revisión, a los seis años, estaba prevista en dicho plan, con tres opciones: una revisión que extendiera el tratado otros 16 años. Esa fecha estableció tres panoramas: una revisión sin mayores incidentes que extendiera el tratado por 16 años hasta 2042; una revisión anual cuando los socios reclamaran insatisfacción; y la posibilidad de ponerle fin, lo que requiere la votación de los congresos en cada uno de los tres países.

A lo largo de más de tres décadas, la integración comercial que comenzó con el TLC estableció la idea general de que el T-MEC sólo puede renovarse, pese a las tensiones generadas por las recurrentes amenazas de Trump de ponerle fin.

En la mesa de negociación, la industria automotriz, el acero y el aluminio ocuparon un lugar central. Estados Unidos buscó modificar las reglas de origen para apropiarse de una mayor proporción del contenido regional, llegando incluso a plantear que la mitad fuera exclusivamente estadounidense.

Esa pretensión resulta incompatible con el propio texto del T-MEC y desconoce que una parte importante de las exportaciones mexicanas ya incorpora insumos, componentes y tecnología provenientes de Estados Unidos.

Si finalmente se impone un esquema de revisiones anuales, la incertidumbre dejará de ser una excepción para convertirse en la nueva regla. Cada revisión abrirá la puerta a nuevas presiones políticas y comerciales, con independencia de quién ocupe la Casa Blanca.

México enfrenta, por ello, un momento decisivo. Más que esperar pasivamente el desenlace de la revisión del T-MEC, debemos fortalecer nuestro mercado interno, impulsar una política industrial propia, ampliar nuestras cadenas regionales de valor y diversificar nuestras relaciones comerciales.

El mundo ha cambiado. El viejo paradigma del libre comercio irrestricto ha quedado atrás y nuestro país debe prepararse para competir con nuevas fortalezas, defendiendo siempre su soberanía y sus intereses nacionales.

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