Dolores Padierna

La soberanía y la batalla de genuflexiones

El pasado 31 de mayo, la presidenta Sheinbaum se dirigió a la nación desde la Plaza de la República y advirtió sobre las amenazas que enfrenta la nación.

“Y México, que se oiga claro y que se oiga fuerte, ¡no acepta injerencias! ¡Somos un país libre, independiente y soberano!”

Con esta claridad se ha expresado la doctora Claudia Sheinbaum, la primera mujer en la presidencia y la más votada de nuestra historia reciente.

La frase se corresponde con la firmeza con la que México ha afrontado las tensiones de la asimétrica y compleja relación con el vecino del norte.

El pasado 31 de mayo, la presidenta Sheinbaum se dirigió a la nación desde la Plaza de la República. Centenares de miles de ciudadanas y ciudadanos hicieron lo propio en plazas de cada una de las entidades del país, para seguir un mensaje en el cual la presidenta advirtió sobre las amenazas que enfrenta la nación:

¿Es realmente interés legítimo, genuino, por ayudar a México? ¿Es realmente un interés legítimo para combatir a la delincuencia organizada? ¿O quizá estamos viendo cómo sectores de la ultraderecha estadounidense utilizan a nuestro país para posicionarse rumbo a sus elecciones de 2026? ¿O acaso pretenden influir en la elección de 2027 en nuestro país? No son preguntas retóricas.

Mientras la presidenta defiende nuestra independencia y los intereses nacionales, sectores de la derecha mexicana piden la ayuda de Estados Unidos, pues tienen la ingenua creencia de que el poderoso del norte les ayudará a conseguir lo que el pueblo de México les ha negado en las urnas.

En Chihuahua, los dos expresidentes del PAN, Vicente Fox y Felipe Calderón, flanquearon a una gobernadora que será recordada por violar la Constitución y las leyes y no por ser heroína de nada.

Huérfanos de figuras que causen entusiasmo, los alicaídos panistas recurren al traidor a la democracia y al responsable de haber sumido a México en una espiral de violencia de la que aún no salimos. Que hizo lo que debía, expresó Calderón, dueño de su cinismo y carente de cualquier autoridad para referirse a temas de seguridad, toda vez que la puso en manos de Genaro García Luna, quien hoy purga condena por narcotráfico.

La derecha no aspira a gobernar México, porque no tiene más programa que el odio y no ofrece más que el retorno a un pasado en el que la violencia y las desigualdades eran el único horizonte posible para millones de excluidos.

Diversos sectores en el espectro conservador, siempre desconectados de la realidad nacional, se disputan los favores de sus pares trumpistas (que los miran como empleados, si bien les va), que hoy por hoy comandan, a escala global, una suerte de internacional de la ultraderecha, que busca colocar en el mayor número de países a lacayos de los intereses imperiales.

Algunos, los más extremos, incluso claman por una intervención militar directa de Estados Unidos en el territorio nacional. Son los más estridentes, aunque no los más peligrosos.

Otros sectores, animados por aportaciones de potentados que siempre han buscado minar las bases de la transformación del país, han entrado en una disputa por ser los “mejores vistos” en Washington, convencidos acaso de que sus posibilidades en las urnas son nulas.

Es una batalla de genuflexiones; ofrecen sus servicios de administradores de los recursos naturales que pretenden entregar, como hicieron siempre en el periodo neoliberal.

Los alienados con la doctrina Donroe ignoran convenientemente la extensa literatura con la que organismos internacionales han probado el fracaso histórico de la llamada “guerra contra las drogas”, desde hace tiempo convertida en mero pretexto para la intervención estadounidense fuera de su territorio.

Van a Washington, donde a la mayoría ni siquiera hacen caso, a suplicar la intervención porque creen, en su extraviada ingenuidad, que el poderoso del norte les ayudará en sus afanes de obtener por la vía del golpismo o la desestabilización lo que el pueblo les ha negado en las elecciones.

No tienen programa ni ideas. Y como carecen de proyecto, sólo falta que alguno de estos apátridas pida que seamos la estrella 51 en la bandera de las barras y las estrellas.

Se han topado con la presidenta Sheinbaum y con el amplio respaldo que le brinda el pueblo, que seguramente responderá al llamado que se extenderá a cada rincón del país, con asambleas populares en las que quedará claro que “¡la Patria se ama y se defiende!”.

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