No en pocas familias mexicanas, y a lo largo de muchos años, prevalecieron resortes racistas y clasistas anclados en los tres siglos de coloniaje y en el desprecio a los indígenas, muy presente hasta nuestros días.
Muchos tuvimos algún pariente que reclama su ascendencia española (“mi tío abuelo Jeremías era de ojos azules”), aunque su ancestro no hubiese formado parte del notable exilio español que siguió a la Guerra Civil, sino de una runfla de raterillos que salieron huyendo y vinieron a “hacer la América”.
Las elites mexicanas han estado pobladas de hispanófilos que ayer y hoy sienten como un agravio la reivindicación de los pueblos originarios (que no eran perfectos), porque choca con el invento del mestizaje que no fue más que un intento, desde el poder, de borrar a las comunidades indígenas.
Se veneraba a los indios en los museos y se les seguía despreciando en la vida real.
Los hijos de Franco a la mexicana están de plácemes con la visita de la señora Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid y representante de la más rancia ultraderecha de su país.
Como si el lugar del mundo que gobierna —con decisiones como cerrar la ayuda a los asilos para que los viejos mueran sin medicamentos— Díaz Ayuso realiza una gira de diez días en nuestro país.
Aquí le tienden alfombra roja a un evasor de impuestos, un productor teatral que explotaba a migrantes, una alcaldesa que vive en TikTok, algunos jerarcas católicos despistados y otros personajes de esa ralea.
La señora Díaz Ayuso, heroína de los apátridas, se niega a escribir correctamente el nombre de nuestro país, y escribe “Méjico”, no porque pretenda ser graciosa ni por su mala ortografía, sino porque la X nuestra viene del náhuatl y porque la grafía J reivindica, a sus ojos, los tiempos idos del franquismo o incluso la “grandeza” del imperio español.
Así, la señora de la Jota ha venido a México como representante de la añorada —por ella y otros— dictadura franquista, sí.
Con su visita pretende, además, torpedear el proceso de estabilización de las relaciones entre nuestro país y el gobierno encabezado por el socialista Pedro Sánchez (recuérdese la visita de la presidenta Claudia Sheinbaum a Barcelona).
Una tercera pata de su gira es que busca consolidarse como figura del movimiento de la ultraderecha internacional que encabeza el estadounidense Donald Trump.
Claro, en el ecosistema tumpriano, ella no pasará nunca de ser “empleada del mes” y recibirá un trato similar al que el magnate anaranjado ha brindado a la venezolana María Corina Machado.
Los hispanófilos se escudan en un afán de supuesta reconciliación, rechazan que las atrocidades cometidas por Hernán Cortés y sus sucesores hayan ocurrido y descansan sus conciencias (al ritmo de una jota en sus cabezas) en la falacia de que los españoles llegaron a “civilizar” y hacer cristianos a los habitantes de Mesoamérica.
Bien hizo Adelfo Regino, el mixe que es director del Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas, en exhibir a quienes fueron a homenajear unos huesitos en el Centro Histórico de la Ciudad de México como ignorantes y dueños de un discurso “rancio y conservador”.
En redes sociales, Regino recordó que sólo desde una visión etnocentrista y eurocéntrica se puede homenajear a Cortés, en tanto “figura más visible de la agresión cometida contra los pueblos indígenas de México”.
Extraviada, incapaz de ofrecer una sola propuesta coherente, la derecha mexicana se apaña de figuras como la señora de la Jota porque cree que algo puede ganar con un personaje hábil para el debate en un mundo de blanco y negro, capaz de decir las mayores torpezas sin ruborizarse, porque saben que alimentan los prejuicios y atavismos de sus seguidores.
Tardarán en darse cuenta de los costos de enaltecer figuras como la señora de la Jota. Pero entonces será tarde, xoder.