Dolores Padierna

Lecturas de la elección

En la pasada elección se delimitaron los campos de cada uno de los bloques y quedó claro que el régimen de la partidocracia es ya cosa del pasado.

Diputada Federal

No habían cerrado las urnas cuando comenzó la batalla de la percepción. La alianza encabezada por los patrones lanzó la especie de que había conseguido arrebatar a Morena la “mayoría calificada” en la Cámara de Diputados. A partir de esa mentira –pues no se le puede quitar a Morena lo que nunca tuvo–, los opositores fueron construyendo una narrativa destinada a convencer al país de un “triunfo” que no obtuvieron en las urnas.

La oposición político-empresarial no consiguió los objetivos que se propuso, pues no obtuvo la mayoría en la Cámara de Diputados, que seguirá contando con una fuerte bancada de Morena y que, con sus aliados, podrá aprobar (con 281 legisladores) el presupuesto y realizar otras reformas para sostener y profundizar la transformación en curso.

El PRI perdió ocho de ocho gubernaturas y el PAN dos de cuatro que tenía en su poder. Pese a esos resultados, la coalición partidista conservadora y sus adinerados han pretendido celebrar un triunfo inexistente, quizá porque en estos recientes comicios desplegaron todos sus recursos disponibles, legales e ilegales.

La coalición conservadora terminó sumando a tres de los partidos políticos tradicionales (lo que en muchos sentidos vino a confirmar que son lo mismo), a la mayor parte de los medios de comunicación, a grandes empresarios largamente favorecidos por el poder en otros tiempos, y a la llamada opinocracia. Como ni con esta batería le alcanzaba, recurrió al expediente del apoyo de medios y organismos internacionales, como la desacreditada Organización de Estados Americanos, que bajo la conducción de Luis Almagro ha tocado fondo.

Todos esos actores lanzaron una campaña de odio y mentiras a la que sumaron enormes cantidades de dinero que hicieron que muchos de sus candidatos rebasaran los topes legales de campaña.

Con todo y todos en contra, Morena logró la proeza de cambiar radicalmente el tablero político del país. En la pasada elección se delimitaron los campos de cada uno de los bloques y quedó claro que el régimen de la partidocracia es ya cosa del pasado.

Conquistamos 11 de las 15 gubernaturas que estaban en disputa y mantuvimos la mayoría simple en la Cámara de Diputados y un buen número de las grandes ciudades del país tendrá gobierno de la Cuarta Transformación. Un dato poco comentado en los balances poselectorales es el hecho de que Morena, aun en lugares donde no consiguió el triunfo, logró la hazaña de colocarse en segundo sitio en bastiones del PRI o el PAN.

Con ese nuevo escenario iremos a la Consulta Popular dentro de unas semanas, al referéndum revocatorio en 2022 y a elecciones estatales que, según diversas proyecciones, harían que rumbo al 2024 Morena estuviera al frente en 21 entidades del país. Ese conjunto de datos apunta hacia una nueva hegemonía que, por supuesto, no se construye sola.

Nuestro movimiento está obligado a realizar un análisis frío y autocrítico de los resultados electorales y su origen, sobre todo a la luz de los retrocesos que sufrimos en el Valle de México.

Esa tarea, que es indispensable para corregir y prepararnos rumbo a futuras contiendas, no puede dejar de lado un fenómeno que, al menos en la Ciudad de México, resultó inédito: la alianza de las mafias políticas –como la del priista Cuauhtémoc Gutiérrez de la Torre, el prófugo rey de la basura– con la mafia delincuencial que opera en nuestro territorio.

En varios lugares del país y de la Ciudad de México se constituyó una suerte de frente mafioso: políticos con pasado de corrupción y abusos hicieron acuerdos con mafias delincuenciales para operar la compra de votos, para coaccionar y amenazar a los ciudadanos, para crear un ambiente de terror que inhibió la participación.

La reciente elección tiene múltiples lecturas.

Me quedo con la siguiente: la historia de nuestro movimiento no está exenta de derrotas. Venimos de atrás y de abajo. Nos sostiene la tenaz resistencia de una militancia que nunca renunciará a la lucha por una transformación profunda del país y el apoyo de millones que no ceden frente a las campañas sucias y las mentiras.

En ese camino seguiremos porque, como dice Pepe Mujica, uno de nuestros sabios: “Triunfar en la vida no es ganar, es levantarse y volver a empezar cada vez que uno cae”.

COLUMNAS ANTERIORES

Estabilidad y recuperación, signos de la 4T
A la mitad del camino

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.