Colaborador Invitado

Esquema Ponzi: cuando el fraude parece una empresa de éxito

Cuando se trata del patrimonio propio y familiar, no debemos permitir que nos apantallen con publicidad, oficinas elegantes o promesas de las perlas de la Virgen.

Llegas a una oficina elegante en una de las mejores zonas de la ciudad. Hay recepcionistas, escritorios impecables, asesores financieros, contratos perfectamente presentados y una marca que parece respaldada por una gran estructura. Te ofrecen un rendimiento extraordinario y, además, quien te recomienda la inversión es alguien en quien confías.

Todo parece serio. Todo parece legal. Todo parece exitoso. Y precisamente ahí puede comenzar el fraude.

Uno de los mayores peligros de los fraudes financieros es que muchas veces no parecen fraudes. Los llamados esquemas Ponzi necesitan generar confianza antes de captar dinero. Por eso construyen una imagen de éxito. Rentan oficinas en lugares donde saben que hay capacidad económica, reclutan asesores financieros y ofrecen rendimientos mucho más altos de los que normalmente encontraríamos en instituciones tradicionales.

Cuando vemos toda esa infraestructura aparente, bajamos la guardia. Pensamos que si existe una oficina supernice, empleados, contratos y una marca que parece extranjera o sofisticada, entonces debe tratarse de una inversión seria. Pero nada de eso garantiza que detrás exista realmente un negocio capaz de producir los rendimientos prometidos.

Ahí aparece una de las primeras preguntas que deberíamos hacernos: ¿de dónde sale el dinero? Si una empresa promete rendimientos de 20 o incluso 24 por ciento, además paga comisiones elevadas al asesor que llevó al cliente y todavía debe generar utilidades para sus propietarios, hay que hacer cuentas. Muchas veces, sencillamente, los números no salen.

En estos esquemas, el dinero puede no estar siendo invertido en absoluto. Los recursos de nuevos clientes sirven para pagar rendimientos a quienes llegaron antes. Y ese primer pago se convierte en el mejor argumento de venta.

La víctima recibe dinero y piensa que la inversión funciona. Entonces invierte más, se lo cuenta a un familiar, recomienda al asesor y ayuda, sin saberlo, a que llegue nuevo capital. Así se forma la bola de nieve.

Hasta que deja de entrar dinero.

Entonces comienzan los retrasos, las explicaciones, las reinversiones no solicitadas y las llamadas que dejan de contestarse. Después desaparecen las oficinas, se cancelan las cuentas y, cuando las víctimas finalmente denuncian, recuperar su patrimonio puede convertirse en un proceso largo y muy difícil.

Por eso no basta con que una empresa exista legalmente ni con que tenga un contrato padrísimo. Hay que saber cuándo se constituyó, quiénes están detrás, cuál es su RFC, qué escritura la creó, qué regulación tiene y, sobre todo, dónde está realmente invertido nuestro dinero.

Si una compañía nació hace pocos meses, promete rendimientos extraordinarios y no puede explicar con claridad cómo los genera, de entrada, desconfía.

Cuando se trata del patrimonio propio y familiar, no debemos permitir que nos apantallen con publicidad, oficinas elegantes o promesas de las perlas de la Virgen.

Porque una empresa puede parecer exitosa y, aun así, estar construida para algo completamente distinto: ganar nuestra confianza, captar nuestro dinero y desaparecer.

COLUMNAS ANTERIORES

El diagnóstico que el IMSS ya debía tener
1 año de la CRT: entre transformación regulatoria y resultados

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.