¿Cuántos hijos tendrá, en promedio, una mujer que vive hoy en la Ciudad de México? Menos de uno. La Encuesta Intercensal 2025 del INEGI estima para la capital una tasa global de fecundidad de 0.8 hijos por mujer —conforme los patrones de 2024—, por debajo de la de Tokio (0.96), la ciudad que solemos imaginar como símbolo de un país que envejece.
El dato nacional tampoco invita a la calma. En 2019, una mujer mexicana tenía en promedio 1.9 hijos; en 2024, 1.2. Es una cifra inferior a cualquiera de las que el Consejo Nacional de Población proyectaba para 2070. La edad mediana del país pasó de 29 a 32 años en solo cinco años, y en la capital ya es de 37 años. La transición demográfica llegó décadas antes de lo previsto.
Japón recorrió este camino en medio siglo y con un sistema de salud robusto. México lo hace en una generación y con desventaja: según la Organización Mundial de la Salud, un japonés vive casi una década más en plena salud que un mexicano. La diabetes, la hipertensión y la obesidad hacen que muchas personas en México lleguen a la vejez con la salud ya comprometida.
Pero la comparación tiene otra cara. En la IBERO, junto con el Departamento de Enfermería de la Universidad Sophia, en Tokio, y la Dra. Yae Yoshino, realizamos un estudio que compara conocimientos, actitudes y prácticas asociadas con la plenitud en la vejez, mediante encuestas a personas mayores y a adultos jóvenes de ambos países. Incluimos a los jóvenes porque la vejez se construye antes de llegar a ella. Aunque falta documentarlo con rigor, en el trabajo de campo observamos algo llamativo: pese a tener peor salud física, las personas mayores en México parecen vivir con menos depresión, ansiedad y soledad que sus pares japoneses. No es casualidad que Japón haya creado en 2021 un ministerio para atender la soledad.
Esta paradoja cuestiona cómo medimos el buen envejecer. Las definiciones de organismos internacionales, incluida la de envejecimiento saludable de la OMS, se centran en la capacidad funcional: movilidad, fuerza, independencia. Son indispensables, pero dejan en segundo plano lo más difícil de medir: el propósito de vida, la espiritualidad y los vínculos. Envejecer bien también es tener por quién y para qué levantarse cada mañana.
Esa ventaja, sin embargo, no está garantizada. Las viviendas mexicanas albergan cada vez menos personas (3.3 en promedio) y, con menos hijos, habrá menos manos para cuidar y menos compañía en casa.
¿Qué podemos hacer? Primero, asumir que a envejecer se aprende, y desde joven; lo que comemos, cómo nos movemos y cómo cuidamos nuestra boca a los 30 años define la vejez que tendremos a los 70. Segundo, apostar por programas comunitarios con evidencia. Japón impulsa desde 1989 la campaña 8020 (conservar 20 dientes a los 80 años) y hoy promueve intervenciones educativas contra la fragilidad oral, un deterioro de la función bucal asociado a la desnutrición, la sarcopenia y la fragilidad. Son medidas sencillas, de bajo costo y replicables en centros comunitarios mexicanos. Tercero, convertir esa evidencia en políticas públicas, empezando por ciudades como la capital, donde el cambio va más avanzado.
México puede aprender de la prevención japonesa; Japón, quizá, de nuestras redes familiares y comunitarias. Ya no se trata de preguntarnos si seremos un país de personas mayores, sino si sabremos vivir esa etapa con salud, dignidad y plenitud.
El Dr. Edgar Mendivil Rangel es Director del Departamento de Salud, IBERO Ciudad de México.