Durante casi dos años, el peso mexicano se ganó un título que pocas divisas emergentes logran sostener: el de “súper peso”. Entre principios de 2025 y el verano de 2026, la moneda acumuló una apreciación cercana a 19% frente al dólar, sostenida por un diferencial de tasas atractivo para el carry trade, la narrativa de nearshoring y un flujo constante de exportaciones. Pero, lo que le tomó casi dos años construir, lo perdió en cuestión de semanas. En septiembre, el peso se depreció más de 6%, lo que implicó su peor mes en más de dos años, y llegó a ubicarse entre las divisas más castigadas del mundo frente al dólar.
El deterioro se aceleró al cierre de septiembre y el arranque de octubre. El tipo de cambio tocó un máximo intradía de 18.43 unidades por dólar el 1 de octubre, su nivel más débil desde noviembre de 2025. Los días siguientes trajeron una recuperación incipiente que pone en duda que la paridad logre operar por debajo de las 17 unidades, ante presiones de una elevada aversión global al riesgo y las tensiones en Medio Oriente. Ese vaivén observado recientemente, entre ganar algo de terreno y volver a perderlo, es, en sí mismo, la mejor evidencia de que el peso dejó de mostrar la fortaleza que lo caracterizó durante la mayor parte de 2025 y buena parte de 2026.
¿Qué explica el quiebre? La respuesta no está únicamente en México, sino en el entorno externo. El factor dominante ha sido la venta masiva de bonos soberanos a nivel global, que llevó al rendimiento del Tesoro estadounidense a 30 años a máximos de dos décadas y al de 10 años a su nivel más alto desde 2007. Cuando los activos libres de riesgo en Estados Unidos ofrecen rendimientos así de atractivos, el apetito por activos emergentes —incluido el carry trade que sostuvo al súper peso— se reduce de forma casi mecánica. A esto se suma un dólar fortalecido de forma generalizada frente a la mayoría de las divisas del mundo, no solo frente al peso, lo que confirma que buena parte del movimiento reciente responde a una dinámica global y no a un deterioro específico de los fundamentales mexicanos.
Dicho lo anterior, el diferencial de tasas entre Banxico y la Reserva Federal —que se ubica en 250 puntos base tras las decisiones de ambos bancos centrales en septiembre, el nivel más ajustado desde que México adoptó la tasa de interés como instrumento de política monetaria— añade una capa adicional de vulnerabilidad. Con menos colchón entre ambas tasas, el peso tiene menos margen para absorber episodios de aversión al riesgo sin sufrir movimientos bruscos, algo que quedó evidenciado en la velocidad con la que se dieron tanto la depreciación de septiembre como el vaivén de la primera semana de octubre.
A esta vulnerabilidad cambiaria se suma un contexto geopolítico que no da tregua. El conflicto en Medio Oriente, lejos de resolverse, ha mantenido presionados los precios del petróleo y, con ello, las expectativas globales de inflación, lo que a su vez retroalimenta la postura restrictiva de los bancos centrales y la demanda por activos considerados más seguros. Mientras ese frente externo permanezca activo, el peso seguirá expuesto a episodios de aversión al riesgo internacional.
La pregunta de fondo, entonces, no es si el peso puede seguir moviéndose con fuerza en el corto plazo, sino si la fase de apreciación estructural que caracterizó al súper peso llegó a su fin. Aquí la evidencia más reciente es menos optimista que hace apenas unas semanas, pues la encuesta más reciente de Citi mostró que el consenso de analistas revisó su expectativa de cierre de 2026 para el tipo de cambio a cerca de 18 pesos por dólar, frente al de 17.50 que manejaba antes del episodio de septiembre. Es decir, el mercado ya está incorporando que buena parte de la debilidad reciente podría no revertirse del todo.
Ese ajuste en las expectativas no implica, sin embargo, que los fundamentales que sostuvieron al súper peso hayan desaparecido. Lo que ha cambiado es la magnitud del viento externo en contra, que por ahora resulta más fuerte que esos factores estructurales, obligando al mercado a recalibrar sus expectativas sin necesariamente abandonar la tesis de fondo sobre México.
Lo que sí parece haber terminado, al menos por ahora, es la narrativa de apreciación lineal y relativamente predecible que definió al peso durante casi dos años. El mercado entra a una etapa donde la volatilidad se perfila como la característica dominante, y donde el peso probablemente necesitará nuevas señales, tanto del frente externo (la trayectoria de los rendimientos estadounidenses, las decisiones de la Fed y la evolución del conflicto en Medio Oriente) como del doméstico (la postura de Banxico y la evolución fiscal), para definir si el episodio reciente fue una corrección dentro de una historia más larga de fortaleza, o el cierre definitivo del capítulo del súper peso.
