En México, pocas actividades tienen una presencia tan extensa y cotidiana como el pequeño comercio. Hay alrededor de 1.06 millones de tiendas de la esquina que atienden a 130 millones de mexicanos cada día, generan cerca de cuatro millones de empleos y representan alrededor de 7% del PIB, con un valor estimado de 525 mil millones de pesos al año. Su principal activo no está en el tamaño, sino en la cercanía y la confianza que construyen dentro de sus comunidades.
Pero el contexto en el que operan ya cambió. Cerca de 80% de las tiendas todavía no cuenta con herramientas digitales y alrededor de 100 mil cierran cada año. El dato obliga a mirar la digitalización del canal tradicional no como una tendencia tecnológica, sino como una muestra de su resiliencia.
El consumidor también cambió. Hace 20 años, una visita podía responder principalmente a una necesidad básica. Hoy, una persona puede acudir para comprar, pagar la luz, recargar el celular, enviar dinero, cobrar una remesa, pagar con tarjeta o recibir un paquete. La tienda dejó de ser solamente un punto de venta: puede convertirse en un centro de servicios.
Los números muestran la magnitud de esta transformación. En 2024 se realizaron 9,100 millones de transacciones financieras en México, 16% más que un año antes. Ese mismo año, el país alcanzó 6.1 millones de terminales para pagos con tarjeta, 580 mil más. También hay una oportunidad en inclusión financiera: México cuenta con 57,624 corresponsales, pero se estima que serían necesarios 150,000 para garantizar la cobertura. Una parte importante de esos nuevos puntos puede estar en comercios que ya forman parte de la vida diaria de las comunidades.
Digitalizar una tienda no significa convertirla en una sucursal bancaria ni sustituir la relación personal que le da valor. Significa incorporar herramientas para resolver más necesidades en el mismo lugar. Y eso tiene una consecuencia económica relevante: aumentar la frecuencia de visita.
Un cliente que entra únicamente por un refresco realiza una compra. Uno que llega a pagar un recibo puede aprovechar la espera para llevarse también unas papitas, huevos o hacer una recarga. El servicio digital no necesariamente compite con la venta tradicional; puede generar nuevas ocasiones de consumo. De acuerdo con los datos presentados en Expo Trastienda, las tiendas que adoptan tecnología pueden registrar incrementos de entre 20% y 25% en sus ventas.
La discusión, entonces, no debería centrarse únicamente en cuánta tecnología puede incorporar una tienda, sino en qué puede hacer con ella. La oportunidad está en convertir capacidades digitales en nuevas razones para visitar, comprar y volver, fortaleciendo el modelo económico de un negocio que ya tiene algo que las grandes cadenas difícilmente pueden comprar: una relación cotidiana con el consumidor.
La pregunta para los próximos años no debería ser si las tienditas sobrevivirán frente a la digitalización, sino si lograrán apropiarse de ella. México ya tiene la red física, la confianza y la frecuencia de visita. Lo que falta es conectar esas ventajas con las capacidades digitales que demanda una economía orientada cada vez más a la conveniencia.
La tienda de la esquina no necesita parecerse a una gran cadena para competir en el nuevo entorno. Necesita aprovechar lo que ya tiene y sumar aquello que le permita seguir siendo relevante. Su ventaja al principio fue estar cerca; su siguiente ventaja puede ser resolver más.
