Colaborador Invitado

¿Cómo puede México liderar la adopción responsable de la inteligencia artificial?

En un modelo, la organización recibe una imagen y promete protegerla y eliminarla. En el otro, el de mayor protección, la tecnología se construye para no recibirla.

¿Qué pasa cuando una tecnología pensada para proteger a los menores termina pidiendo más información de la necesaria? En nombre de la seguridad podemos acostumbrarnos a entregar documentos, fechas de nacimiento o imágenes, aun cuando existen formas menos invasivas de cumplir el mismo propósito.

La inteligencia artificial ya está cambiando la manera en que las empresas toman decisiones y se relacionan con sus clientes. En México, la discusión ya no es si debemos adoptarla, sino cómo hacerlo y con qué límites.

Durante años, la conversación comenzó después de recopilar los datos: quién podía consultarlos, dónde se guardarían y cuándo serían eliminados. Los avisos de privacidad siguen siendo necesarios, pero llegan tarde para responder una pregunta anterior: ¿es indispensable pedir esa información?

En identidad digital la reacción es comprensible: ante un nuevo riesgo, se suele pedir otra evidencia. Sin embargo, solicitar más información de la necesaria no siempre mejora la protección y puede crear nuevos puntos de exposición. Pedir de más también puede debilitar la seguridad.

El tema ya está en la mesa, en México, el debate sobre la verificación de edad refleja una creciente preocupación por encontrar mecanismos que equilibren la protección de las personas menores de edad con la privacidad y la minimización del tratamiento de datos. El verdadero reto no será únicamente legislar, sino construir reglas que protejan la privacidad desde el diseño y, al mismo tiempo, brinden certeza a empresas y personas usuarias.

Los Estándares de Protección de Datos para los Estados Iberoamericanos, incluidos en la Normateca del INEGI, apuntan en la misma dirección. Plantean que las medidas preventivas deben incorporarse desde el diseño y antes de recabar información.

En ese contexto, la privacidad desde la arquitectura comienza cuando se decide qué información necesita una tecnología, dónde será procesada y por cuánto tiempo. Si una función puede realizarse sin trasladar o almacenar datos personales, ¿por qué pedirlos? La mejor protección, en ocasiones, consiste en no recopilar información.

La verificación de edad ayuda a entenderlo. Una plataforma puede necesitar saber si alguien supera determinado umbral para ofrecerle una experiencia adecuada o restringir contenidos. Eso no significa que deba conocer su nombre, fecha de nacimiento o domicilio. Proteger a niñas, niños y adolescentes tampoco justifica abrir expedientes digitales de todos los usuarios.

Según la ENDUTIH 2025, publicada por el INEGI en junio de 2026, 85.4% de la población de 6 a 14 años utiliza Internet. Además, 97.3% de las personas usuarias se conecta mediante un teléfono inteligente. Si el teléfono es la principal puerta de entrada, también puede ser el lugar donde se estime la edad.

Hoy es posible ejecutar ese proceso en el teléfono, la tableta o la computadora. La plataforma recibe el resultado que necesita para saber si la persona cumple con el umbral solicitado, mientras el rostro permanece en el dispositivo.

La diferencia es sencilla, pero significativa. En un modelo, la organización recibe una imagen y promete protegerla y eliminarla. En el otro, el de mayor protección, la tecnología se construye para no recibirla.

La confianza deja de descansar únicamente en una promesa y empieza a depender de cómo fue diseñado el sistema. Es por ello, que una tecnología también debe valorarse por la información que permite dejar en manos de su titular.

Veo una gran oportunidad en que las organizaciones expliquen, sin rodeos, qué información solicitan, dónde la procesan y cuánto tiempo la conservan. Esto no elimina la tensión con la seguridad, también requiere evaluar su precisión, reconocer posibles sesgos y ofrecer otra vía cuando no produzca una respuesta confiable. Asimismo, deben informar sus márgenes de error y las alternativas disponibles cuando la tecnología falla, esta es una condición básica para generar confianza.

La adopción responsable de la inteligencia artificial no se demuestra publicando principios, sino convirtiéndolos en decisiones que protejan a las personas en su vida cotidiana. En la verificación de edad, significa demostrar lo necesario sin entregar la identidad completa. Si una imagen no necesita salir del dispositivo, debe permanecer ahí. Ese es el camino que hoy debemos impulsar.

Ricardo Amper

Ricardo Amper

Fundador y CEO de Incode Technologies

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