Colaborador Invitado

Lo extraordinario también se planea

Qué nos enseña el Mundial sobre la riqueza que no cabe en un modelo financiero.

Anuar Jacobs es CIO de Invested, firma de Multi Family Office especializada en arquitectura patrimonial.

El Mundial terminó y llegaron las cuentas. De acuerdo con datos de Deloitte, México captó una derrama de 2,543 millones de dólares, por debajo de lo que casi todos anticipaban: llegaron menos visitantes de los proyectados y se gastó menos de lo prometido. La lectura fácil ya está circulando: como negocio, el Mundial quedó a deber.

Quiero proponer otra manera de verlo, porque esa pregunta ¿fue rentable? quizá sea la pregunta equivocada.

Un Mundial, en términos financieros, es un evento de liquidez: una entrada de dinero enorme, de una sola vez, muy esperada y rodeada de expectativas optimistas. Exactamente lo mismo que vive una familia cuando vende su empresa, recibe una herencia o cobra el bono más grande de su vida. Hay un antes lleno de ilusión, un momento en que el dinero llega, y un después que casi nadie planea, donde de verdad se decide todo: ¿ese dinero se volvió patrimonio o es un flujo que paso por las manos y se fue?

México acaba de vivir ese ciclo completo, a la vista de todos. Por eso es una buena oportunidad para hablar de lo que nos pasa a cada persona como inversionista.

Primero, por qué el número quedó corto. No es mala suerte, ni mala fe: es lo de siempre, buena parte de lo que se gasta en un Mundial no es dinero nuevo, es dinero que solo cambió de lugar, o sea estaba en una bolsa y se fue a otra. Por ejemplo, del cine al estadio, del restaurante de la esquina al Fanfest. Otra parte se va fuera del país: a la FIFA, a las plataformas de hospedaje, a las reventas. Y las proyecciones, como toda proyección financiera, se construyen sobre supuestos. Ahí está el penal que casi siempre se falla: dar por fijo lo que en realidad se mueve, son cientos de variables, que no están en nuestro control.

Se asumieron cientos de miles de visitantes como si fueran un dato de piedra, cuando dependían del precio; y el propio precio los espantó. Lo mismo pasa con un patrimonio cuando alguien proyecta rendimientos como si fueran constantes, o da por hecho que el negocio familiar crecerá para siempre al ritmo de los últimos años.

Con ese lente, los tropiezos de un país son los mismos de una familia. Los veo repetirse más veces de las que me gustaría, y para mí son cuatro.

El primero es confundir lo que entra con lo que queda. Los 2,543 millones son ingreso bruto; la riqueza es lo que sobrevive después de costos, fugas e impuestos.

En una venta de empresa pasa igual: entre el precio del contrato y el dinero que de verdad puedes usar hay una distancia que casi siempre sorprende. Quien planea sobre el bruto, planea sobre un patrimonio que no existe.

El segundo es tratar como permanente algo que fue de una sola vez. El dinero extraordinario se siente distinto y, por eso, se gasta distinto. Es la razón por la que un país construye estadios que después no llena, y por la que una familia sube su calidad de vida el año del gran ingreso y ya no lo sabe bajar. El antídoto no es voluntad, es diseño y estructura: decidir, por escrito y con número, qué parte se protege y qué parte se disfruta, antes de que el dinero llegue.

El tercero es estructurar tarde. Casi todo lo que protege un ingreso extraordinario, es decir, cómo lo recibes, en qué vehículo, con qué orden fiscal tiene que decidirse antes. Hacerlo después suele costar el doble. La regla es sencilla de decir y difícil de cumplir: primero la estructura, luego la operación, luego en qué inviertes y, hasta el final, cómo cambias tu vida con eso, siempre de forma continua, dando seguimiento en cada etapa de vida y ajustando cuando las condiciones o nuestros objetivos cambian. Porque la planeación financiera no es una foto estática, es una película viva, que siempre va a evolucionar, y tendrá los sentimientos y las emociones muchas veces como un enemigo que hay que saber entender para tomar decisiones y cumplir nuestros objetivos.

Y el cuarto, el más humano y muchas veces, el más determinante: dejar la emoción fuera del modelo. En toda planeación patrimonial hay una variable que pesa más que cualquier rendimiento y cualquier impuesto: lo que sentimos. Es el motor que, en silencio, mueve todo lo demás. Un análisis que lo ignora no solamente está incompleto; está equivocado, porque describe a una persona que no existe. El riesgo es que el sentimiento le gane a la estructura sin que uno se dé cuenta. A escala país lo acabamos de ver: la emoción de ser sede movió presupuestos y expectativas que ningún modelo frío habría firmado. Lo mismo ocurre a nivel personal, y aquí les comparto mi experiencia personal en este caso.

Hace dos años, si me hubieran dicho cuánto me iba a costar ir al Mundial, habría dicho que no estaba en ningún plan. Y aun así fui a los partidos de la selección, sin que mi patrimonio lo resintiera. ¿Por qué pude? Porque lo planeé, porque cuando lo extraordinario se piensa con la misma seriedad que todo lo demás, deja de ser un lujo irresponsable y se vuelve una decisión. Para eso dejé de gastar, sin extrañarlo, en muchas cosas ordinarias que no me importaban. Para mí, ese Mundial fue de las mejores inversiones que he hecho, no aparece en ningún estado de cuenta como rendimiento, pero yo sé exactamente cuánto valió y nunca se me va a olvidar lo que tuve oportunidad de vivir.

Y esto me lleva a lo que de verdad importa. Es cierto que, en los modelos financieros, muchos Mundiales no recuperan lo que cuestan, pero hay un retorno que los números no van a medir: la identidad, la memoria compartida, la sensación de pertenecer a algo más grande, la unión de todo un país con una selección representándonos a todos, las historias que una familia contará durante años. Reducir la conversación a si el número cerró o no es perderse una parte esencial del punto.

Por eso cambiaría la pregunta. No se trata de si conviene o no gastar en lo extraordinario. El verdadero error es dejar pasar lo extraordinario por no haberlo planeado: renunciar a las experiencias que le dan sentido a la vida porque nunca construimos la estructura patrimonial que nos habría permitido vivirlas sin miedo. La buena planeación financiera no existe para impedirte vivir; existe para que puedas vivir lo extraordinario sin hipotecar el futuro. Al final, de eso se trata la riqueza: no de cuánto acumulas, sino de cuánto te permite vivir lo que de verdad vale la pena.

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