El verdadero problema de México no es crecer poco; es construir las condiciones para que millones de negocios familiares puedan hacerlo de mejor manera.
En México solemos medir el desempeño económico por una cifra: el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB).
Este año las proyecciones oscilan entre 0.8 por ciento y 2.3 por ciento, según distintas estimaciones. Son datos relevantes, pero insuficientes para explicar el verdadero reto que tiene el país.
La pregunta no debería ser únicamente cuánto crecerá la economía, sino cómo lograr que ese crecimiento llegue a quienes todos los días abren un negocio, generan empleo, pagan impuestos y sostienen el mercado interno.
Los indicadores muestran señales positivas. La inflación comienza a estabilizarse, la inversión fija bruta recupera dinamismo, las exportaciones mantienen un desempeño favorable, el consumo privado continúa siendo el principal motor de la economía y el empleo formal sigue creciendo
Pero existe un dato que merece ocupar el centro del debate económico: el comercio, los servicios y el turismo representan 60.7 por ciento del Producto Interno Bruto, concentran 82.6 por ciento de las unidades económicas, generan 64.3 por ciento del empleo nacional y aportan casi dos terceras partes de la recaudación del ISR y más de tres cuartas partes del IVA. En otras palabras, el sector terciario no es un componente adicional de la economía; es su principal soporte.
Michael Porter ha sostenido que la competitividad de una nación depende de la capacidad de construir un entorno donde las empresas puedan innovar, invertir y crecer. Esa afirmación resulta especialmente pertinente para México. La competitividad no comienza cuando una empresa exporta; comienza cuando abrir un negocio deja de ser una carrera de obstáculos, cuando contratar personal resulta viable, cuando cumplir con la regulación es sencillo y cuando las instituciones generan confianza.
Con esa visión, desde CONCANACO SERVYTUR hemos privilegiado el diálogo institucional con la presidenta Claudia Sheinbaum y con su equipo de trabajo. Más allá de las diferencias naturales que existen en toda democracia, coincidimos en que fortalecer a los negocios familiares significa fortalecer la economía nacional. Las reuniones sostenidas durante los últimos meses han permitido colocar sobre la mesa propuestas para simplificar trámites, acelerar la digitalización, reducir cargas regulatorias y facilitar la formalidad. El valor del diálogo no está en la fotografía; está en la capacidad de convertir las propuestas en políticas públicas.
Esa misma convicción dio origen al Pacto por la Prosperidad, la Justicia Económica y la Seguridad, una ruta que hoy recorre el país y que reúne a gobiernos estatales y municipales, fiscalías, universidades, cámaras empresariales y sociedad civil para construir soluciones desde cada región.
La competitividad también se construye en el territorio. Ninguna estrategia económica será suficiente si un comerciante enfrenta extorsión, si una empresaria pierde semanas en trámites innecesarios o si un emprendedor decide permanecer en la informalidad porque el costo de cumplir supera los beneficios.
La experiencia internacional demuestra que los países más competitivos no son únicamente los que atraen inversión; son aquellos que generan confianza para emprender, reglas claras para producir e instituciones capaces de acompañar el crecimiento de sus empresas.
México tiene hoy una oportunidad que difícilmente volverá a repetirse. El fortalecimiento del mercado interno, la relocalización de cadenas productivas, la integración con Norteamérica y el talento de millones de emprendedores colocan al país en una posición privilegiada. Aprovecharla dependerá menos de los discursos y más de nuestra capacidad para construir acuerdos, simplificar la regulación, fortalecer el Estado de derecho y generar condiciones para que quienes producen puedan hacerlo mejor.
La prosperidad no se decreta. Se construye desde cada municipio, desde cada comunidad y desde cada negocio familiar que todos los días decide invertir, generar empleo y apostar por México. Ahí comienza la verdadera competitividad del país.
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