Durante décadas, México construyó su competitividad sobre pilares relativamente estables: cercanía geográfica con Estados Unidos, costos laborales competitivos, una amplia red de tratados comerciales y una plataforma manufacturera integrada a las cadenas globales de valor. Estos factores permitieron consolidar al país como uno de los principales destinos para la inversión extranjera directa en América Latina.
Sin embargo, el entorno económico internacional ha cambiado profundamente. Hoy, la ventaja competitiva ya no depende únicamente de producir más barato o de estar más cerca del mercado estadounidense. En una economía global marcada por tensiones geopolíticas, cambios en las reglas del comercio internacional y una creciente rivalidad entre las principales potencias, la certidumbre se ha convertido en un activo económico de primer orden.
Las empresas toman decisiones de inversión con horizontes de diez, veinte o incluso más años. Una planta automotriz, un centro de distribución o una fábrica de semiconductores representan inversiones multimillonarias cuya rentabilidad depende, en buena medida, de la estabilidad de las reglas del juego. Cuando esa estabilidad comienza a erosionarse, las compañías no necesariamente cancelan sus proyectos, pero sí los posponen, los redimensionan o, simplemente, los trasladan hacia mercados donde el riesgo regulatorio es menor.
En este contexto, la decisión de Estados Unidos de sustituir el esquema tradicional de revisión sexenal del T-MEC por un mecanismo de evaluaciones anuales introduce un nuevo elemento de incertidumbre para la región. Aunque el tratado continúa vigente y sus beneficios permanecen intactos, la posibilidad de revisiones frecuentes puede modificar la percepción de riesgo de los inversionistas. No se trata únicamente del contenido de las reglas comerciales, sino de la expectativa de que estas puedan cambiar con mayor frecuencia.
Este cambio ocurre en un momento particularmente relevante. Durante los últimos años, el fenómeno del nearshoring colocó a México en una posición privilegiada para atraer empresas interesadas en acercar su producción al mercado estadounidense. La pandemia, las disrupciones logísticas y las tensiones comerciales entre Estados Unidos y China llevaron a muchas compañías a reconsiderar la ubicación de sus cadenas de suministro.
México parecía ser el gran ganador de esta reconfiguración. Sin embargo, el nearshoring nunca fue una oportunidad garantizada. Fue, y sigue siendo, una ventana de oportunidad que depende de múltiples factores: infraestructura suficiente, disponibilidad de energía, seguridad pública, capital humano, eficiencia logística y confianza institucional.
Las decisiones recientes de algunas empresas internacionales de reorientar parte de sus inversiones hacia Estados Unidos ilustran que la competencia por el capital es cada vez más intensa. En un entorno donde los gobiernos ofrecen incentivos fiscales, subsidios y programas de apoyo a la manufactura estratégica, las ventajas tradicionales de México ya no son suficientes para asegurar nuevas inversiones.
El país mantiene fortalezas importantes. Pocas economías pueden ofrecer la combinación de experiencia manufacturera, ubicación geográfica y acceso preferencial al mercado estadounidense que posee México. No obstante, estas fortalezas pueden diluirse si la incertidumbre regulatoria comienza a pesar más que las ventajas estructurales. Para un inversionista global, la rentabilidad no depende únicamente de los costos de producción; también incorpora una prima por riesgo.
La respuesta no pasa por competir mediante subsidios o incentivos cada vez más costosos. La principal ventaja que México puede ofrecer es un entorno de negocios predecible, instituciones sólidas y reglas claras que trasciendan los ciclos políticos. La certidumbre reduce costos, facilita la planeación empresarial y fortalece la confianza de quienes deben comprometer recursos durante décadas.
En los próximos años, la competencia entre países no se definirá únicamente por quién produce más barato, sino por quién ofrece mejores condiciones para invertir con confianza. La estabilidad institucional será tan importante como la infraestructura; el Estado de derecho tendrá un peso comparable al costo de la mano de obra; y la consistencia de la política económica será un factor tan determinante como los incentivos fiscales.
México todavía tiene la oportunidad de consolidarse como el principal centro manufacturero de América del Norte. Las condiciones estructurales siguen favoreciendo al país, pero el contexto internacional exige una nueva visión de competitividad.
