Durante décadas aprendimos que ser patriota consistía en ponerse la camiseta de la Selección, hacer honores a la bandera o cantar el Himno Nacional. Todo eso es importante. Pero existe otra forma de ser patriota, mucho más discreta y con un impacto más contundente en la vida diaria de millones de personas: el patriotismo económico.
Cada vez que entramos a una tienda y tomamos una decisión de compra, parece que no afectamos a nadie, pero esa decisión termina teniendo consecuencias en la economía nacional. Cuando compramos un producto o un servicio, no solo satisfacemos una necesidad, también decidimos hacia dónde va nuestro dinero y qué economía estamos fortaleciendo.
Naturalmente, esto tiene un límite muy claro. No se trata de comprar un producto mexicano solo por haber sido hecho en México ni de cerrar la puerta a los productos extranjeros. La calidad siempre debe ser el primer factor de decisión y lo más importante a considerar en la elección de un producto. Pero cuando dos productos ofrecen una calidad y un precio similares, elegir el mexicano produce un efecto que trasciende a esa compra.
Pensemos en una botella de salsa picante hecha en México. Detrás de ella hay agricultores que cultivaron los jitomates y los chiles, una empresa que fabricó los envases de vidrio o plástico, otra que imprimió las etiquetas, transportistas, distribuidores, tiendas y cientos de trabajadores. Ese mismo dinero pasa de una mano a otra antes de salir del país. Ese es el verdadero efecto multiplicador.
Lo mismo ocurre cuando escogemos electrodomésticos fabricados por empresas como Mabe o cuando compramos cemento de CEMEX para construir una vivienda. Detrás de esas marcas existe una red de proveedores, personas físicas y pequeñas empresas, ingenieros, operadores, transportistas y miles de familias cuya estabilidad depende de que la economía siga creciendo.
La pandemia dejó mucho aprendizaje que sería un gran error olvidar. La escasez mundial de chips obligó a detener las líneas de producción de vehículos. Las empresas descubrieron que depender de proveedores ubicados a largas distancias podía paralizar fábricas enteras. Aquella crisis nos recordó que una economía fuerte no solo necesita importar de forma eficiente; también necesita tener capacidades propias para producir.
Eso no significa renunciar al comercio internacional. México ha generado buena parte de su crecimiento gracias a una economía abierta y con un gran componente de exportación. La verdadera fortaleza está en competir con otros países del mundo mientras desarrollamos proveedores mexicanos cada vez más sólidos y reducimos dependencias al exterior innecesarias en sectores estratégicos.
A Japón le quedó claro hace décadas que consumir productos nacionales fortalecía su industria. Corea del Sur hizo lo mismo mientras construía empresas que hoy compiten globalmente. Estados Unidos impulsa de manera recurrente políticas para privilegiar la producción nacional en sectores estratégicos. Ninguno de esos países dejó de comerciar con el mundo; simplemente comprendieron que la apertura económica y el fortalecimiento de su planta productiva pueden avanzar al mismo tiempo.
Durante muchos años, en México también se arraigó la idea de que los productos importados eran mejores. Sin embargo, la verdadera confianza de una nación comienza cuando cree en la capacidad de su propia gente para diseñar, fabricar, innovar y competir. Ninguna economía alcanza un desarrollo sostenido si sus propios consumidores desconfían sistemáticamente de lo que producen sus empresas.
Las grandes transformaciones económicas rara vez comienzan con una sola decisión de gobierno. Son cambios culturales; nacen cuando millones de personas, actuando de manera individual, terminan empujando al país en la misma dirección. Si cada vez más mexicanos privilegiáramos los productos mexicanos cuando ofrecen la misma calidad y un precio competitivo, fortaleceríamos el empleo, estimularíamos la inversión, haríamos más fuertes nuestras cadenas de abastecimiento y suministro y construiríamos una economía menos vulnerable ante las crisis internacionales.
Quizá el patriotismo económico mexicano del siglo XXI no deba medirse por cuánto rechazamos lo extranjero o promovemos boicots a empresas extranjeras, sino por la confianza que tenemos en el talento de los mexicanos para competir con cualquiera. Porque cada buen producto nacional que elegimos no solo fortalece a una empresa: contribuye, compra tras compra, a construir una economía más sólida y una soberanía que nace desde la capacidad de producir.
