Colaborador Invitado

La obsesión por la velocidad está dejando a las empresas sin dirección

La velocidad sin estrategia lleva a las empresas a reaccionar por miedo en lugar de avanzar con claridad y propósito.

La primera vez que estuve cara a cara con un gran tiburón blanco, mi instinto fue paralizarme. Pero mi buzo me había advertido la noche anterior: “Cuando el tiburón venga hacia ti, tú vas hacia él”. Contra toda lógica, eso fue lo que hice. Nadé en dirección al miedo; el tiburón giró y se alejó.

Ese día aprendí algo que ninguna sala de juntas me había enseñado: ante una amenaza, reaccionar más rápido no siempre es la mejor respuesta. A veces, la diferencia entre avanzar y fracasar está en actuar con claridad, en el momento adecuado y con una intención muy precisa, y creo que muchas empresas están olvidando esta lección.

Vivimos en una época obsesionada con la velocidad. Se premia la capacidad de responder de inmediato, de lanzar nuevas iniciativas, de llenar la agenda y de mantener a los equipos permanentemente ocupados. La rapidez se ha convertido en una señal de competitividad y, en muchos casos, en un sustituto de la estrategia. Sin embargo, muchas organizaciones no están avanzando más rápido; simplemente están reaccionando más deprisa. El problema no es la velocidad en sí, el problema es el miedo que la produce.

En mercados marcados por la incertidumbre tecnológica, la presión por resultados inmediatos y el cambio constante, detenerse parece peligroso. Existe el temor de perder oportunidades, quedarse atrás o dejar de ser relevantes. Y cuando el miedo dirige a una organización, la agenda se llena y la estrategia desaparece. Aparecen más reuniones, más proyectos, más reportes y más iniciativas, confundiendo así actividad con progreso y movimiento con avance.

Después de años conviviendo con algunos de los grandes depredadores del planeta, como tiburones, cocodrilos, osos y orcas, he aprendido algo que las organizaciones suelen olvidar: moverse más no siempre significa avanzar más.

Los grandes depredadores no reaccionan ante cada estímulo. Observan, evalúan el entorno y reservan su energía para actuar en el momento correcto. La naturaleza entiende algo que muchas empresas han dejado de lado: la energía es limitada y la atención también.

En las organizaciones ocurre algo similar. La urgencia permanente consume la capacidad de observar, de cuestionar prioridades y de distinguir lo importante de lo inmediato. Y cuando eso sucede, también desaparece la claridad. Entonces cualquier tendencia parece una prioridad, cualquier problema se convierte en crisis y cualquier cambio del mercado obliga a reaccionar.

He visto equipos enteros trabajar a una velocidad impresionante sin detenerse a responder una pregunta esencial: ¿para qué estamos haciendo todo esto? Porque cuando el propósito se pierde, la actividad aumenta. Y cuando la claridad desaparece, cualquier ruido distrae y cualquier corriente convence.

Existe una narrativa muy extendida que asocia el liderazgo con la capacidad de tener respuestas inmediatas. Pero las decisiones más importantes rara vez nacen de la velocidad. Transformar un negocio, entrar a un nuevo mercado, redefinir una estrategia o reinventar una organización requiere algo mucho más difícil: detenerse para entender qué está ocurriendo y decidir con intención.

En el océano, las mayores equivocaciones ocurren cuando la presión desplaza la capacidad de observar. Un buzo que entra en pánico consume su energía de forma desordenada y pierde la capacidad de leer el entorno. Las empresas también pueden caer en ese estado: se mueven cada vez más, pero entienden cada vez menos.

Las organizaciones que logran adaptarse no son necesariamente las más rápidas. Son las que saben distinguir entre reaccionar y avanzar; las que tienen la disciplina de detenerse para recuperar claridad y las que entienden que la dirección importa más que la velocidad.

Porque en los ecosistemas más hostiles, la supervivencia no depende de quién se mueve más, sino de quién entiende mejor cuándo actuar, por qué hacerlo y hacia dónde dirigirse.

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