Hay noticias que suenan más grandes de lo que son porque el título ya trae la alarma incorporada. “El banco central va a comprar deuda del gobierno” es una de esas frases: basta escucharla para que la memoria salte a los episodios de países que financiaron su déficit con la imprenta hasta que la moneda agotó su valor dramáticamente. El 15 de junio, el Diario Oficial de la Federación publicó la Circular 8/2026, que autoriza a Banxico a comprar valores gubernamentales en el mercado secundario por primera vez en su historia moderna. Entrará en vigor el 17 de agosto, y mientras el titular invita a la inquietud, una lectura detenida deber sugerir la calma.
La distinción que sostiene todo el argumento es decisiva, ya que mercado primario y mercado secundario no son la misma cosa. Comprar deuda directamente al gobierno, en el momento en que la emite, esto es, en el mercado primario, es financiarlo; esa puerta permanece cerrada con llave por mandato constitucional, y la Circular 8/2026 no la toca. Comprar ese mismo papel después, cuando ya circula entre bancos, casas de bolsa o afores, es decir, en el mercado secundario, es una operación de mercado abierto ordinaria, la misma que practican casi todos los bancos centrales del mundo desde hace décadas. La Ley del Banco de México nunca prohibió esto último, el Artículo 7 faculta a Banxico para operar con valores, el Artículo 8 exige que lo haga mediante subasta, y la única prohibición genuina, en el Artículo 9, es adquirir papel del gobierno en el mercado primario. El perímetro del mandato no se movió un centímetro, y lo que cambió es la disposición del Banco a usar un rincón de ese perímetro que había dejado vacío.
Vale la pena preguntarse por qué ese rincón permaneció vacío tanto tiempo. La respuesta está en la anatomía del balance de Banxico, que es distinta a la de casi cualquier banco central de economía avanzada: cerca del 88% de sus activos son reservas internacionales, y el crédito doméstico que resta está construido enteramente sobre reportos colateralizados, préstamos que exigen que la banca deje bonos en garantía. La implicación resulta en que la capacidad del Banco para inyectar liquidez en un día cualquiera no depende de su voluntad, sino de que haya suficiente papel elegible circulando y disponible. Cuando ese papel escasea (por vencimientos que no se reemplazan, por inventarios comprometidos en otras operaciones), la inyección se traba aunque el banco central no tenga ninguna intención de mover la tasa. No es una hipótesis: los diferenciales entre la tasa de fondeo y el objetivo de política crecieron más en cierres de trimestre, durante 2011-12 y en el episodio de marzo de 2020, siempre por la misma causa. El nuevo canal de compra apunta directamente a ese cuello de botella.
Lo que revela la letra fina de la circular es una vocación por lograr una determinación más eficiente de precios. El techo del instrumento es de 100 mil millones de pesos, una fracción menor al 20% de los 515 mil millones que Banxico ya mantiene en tenencias de regulación monetaria, y una cifra casi anecdótica frente a los 15.5 billones de pesos en valores gubernamentales que circulan en el mercado. El universo elegible se restringió a Cetes y Bondes F (papel de corto plazo o tasa revisable), dejando fuera a los Bonos M y Udibonos de largo plazo, precisamente los instrumentos que un banco central usaría si quisiera influir sobre la curva de rendimientos. La novedad más significativa no es cuantitativa, ya que la ampliación de contrapartes elegibles va más allá de la banca, hacia casas de bolsa, sociedades de inversión y Siefores, y ataca el problema del colateral donde realmente se origina.
Además, vista en perspectiva internacional, la sorpresa no es que Banxico pueda comprar ahora, sino que fuera de los últimos en poder hacerlo. Colombia incorporó este tipo de operaciones a su marco de mercado abierto en 1999; la Reserva Federal lo ha hecho de manera rutinaria desde la década de 1920; Perú y Brasil llegaron después, pero bastante antes que México. Ese rezago fue la consecuencia natural de una institución que construyó su credibilidad acumulando reservas y evitando, con disciplina institucional, cualquier gesto que pudiera confundirse con financiar al fisco.
Ahí yace, en realidad, el verdadero mérito de la autonomía de Banxico: comprometerse a usar esta herramienta tal como la anuncia, esto es, de forma observable. Un banco central que ha pasado treinta años acumulando reservas y credibilidad, y que hoy diseña su primer canal de compra con techos simétricos, plazos cortos y contrapartes ampliadas en vez de un programa abierto, no está pidiendo un acto de fe, sino mostrando consistencia con su historial. La instrumentación quedará lista para el 17 de agosto y Banxico sabe exactamente para qué construyó esta llave.
