Ninguna empresa celebraría perder un tercio de su inventario. Sin embargo, como sociedad hemos normalizado perder una proporción similar de los alimentos que producimos.
Esa paradoja resume uno de los problemas más urgentes y menos atendidos del sistema agroalimentario mexicano.
Más del 35% de los alimentos producidos en el mundo no llegan a su destino final. Este desperdicio genera el 9% de las emisiones globales de CO₂ y el 20% de las de metano, mientras 800 millones de personas viven en inseguridad alimentaria.
México refleja esa misma contradicción. Cada año se pierden alrededor de 30 millones de toneladas de alimentos, el equivalente a dos camiones de comida en condiciones óptimas de consumo cada minuto, mientras cerca de 40 millones de personas enfrentan algún grado de inseguridad alimentaria.
La competitividad de una economía no depende únicamente de cuánto produce, sino de qué tan eficientemente aprovecha lo que ya produjo.
Bajo esa lógica, el desperdicio alimentario deja de ser solamente un problema ambiental o social para convertirse en un indicador de eficiencia económica.
Detrás de esa cifra no solo hay comida que no llega a consumirse. También hay tierra, agua, energía, infraestructura logística, horas de trabajo y capital ya invertidos que no generaron el valor esperado.
Más aún, el estudio más robusto realizado en México sobre pérdida y desperdicio de alimentos estimó que esta ineficiencia representa un costo equivalente al 2.5% del Producto Interno Bruto.
Pocas fallas económicas tienen una magnitud semejante y, sin embargo, pocas reciben una atención proporcional.
La competitividad de un país también se refleja en su capacidad para aprovechar los recursos que ya produjo.
Por ello, el desperdicio alimentario no debe entenderse únicamente como un problema social o ambiental; es, ante todo, una falla de eficiencia económica.
En cualquier industria, una pérdida de esa dimensión detonaría revisiones profundas de procesos, logística y planeación.
En el caso de los alimentos, con frecuencia se ha asumido como un costo inevitable de operación. Pero no lo es.
Las causas son diversas: fluctuaciones en la demanda, limitaciones logísticas, estándares comerciales rígidos, errores de planeación o productos que no encuentran salida en el momento adecuado.
En muchos casos, los alimentos conservan plenamente su calidad e inocuidad, pero pierden valor dentro de los canales tradicionales de distribución.
La pregunta, entonces, no es únicamente cómo producir más alimentos, sino cómo evitar destruir el valor económico que ya fue generado a lo largo de toda la cadena.
Cada alimento recuperado representa recursos que ya fueron invertidos —tierra, agua, energía, infraestructura, trabajo y capital— y que aún pueden generar beneficios económicos, sociales y ambientales si se aprovechan de manera eficiente.
Este problema cobra especial relevancia en un contexto marcado por presiones inflacionarias, incertidumbre climática y crecientes desafíos para los sistemas alimentarios globales.
Las organizaciones más competitivas han comenzado a responder desde una lógica de eficiencia sistémica: economía circular, optimización logística y modelos de aprovechamiento de excedentes comparten una misma premisa: maximizar el valor de los recursos disponibles.
Durante décadas, los esfuerzos se enfocaron en producir más. Hoy, una de las mayores oportunidades consiste en aprovechar mejor lo que ya se produce.
Las empresas productoras y el sector retail enfrentan además una presión creciente por reducir excedentes, impulsada por marcos de sostenibilidad y reportes ESG, donde el impacto social y ambiental cobra mayor relevancia.
El objetivo de cero desperdicio se ha incorporado a las agendas estratégicas del sector privado, aunque la brecha entre la meta y la realidad sigue siendo considerable.
Recuperar apenas el 10% de los excedentes actuales de alimento bastaría, en términos teóricos, para atender la totalidad de la inseguridad alimentaria del país.
Reducir el desperdicio no depende de un solo actor: requiere coordinación entre productores, distribuidores, comercio, organizaciones sociales y autoridades, así como mejores datos, procesos y una visión de largo plazo.
En México, una red de 60 bancos de alimentos recupera más de 200 mil toneladas anuales en buen estado, la mayor cifra a nivel mundial fuera de Estados Unidos; aunque el volumen recuperado sigue siendo menor al potencial disponible, sí demuestra que existen mecanismos viables para reincorporar alimentos aptos para consumo humano a la cadena de valor.
Un análisis de McKinsey & Company señala que este modelo podría atender más del 93% de la inseguridad alimentaria en el país.
En una economía que busca crecer con mayor productividad y sostenibilidad, pocas oportunidades son tan evidentes como aprovechar mejor los alimentos que ya producimos.
Con frecuencia medimos la fortaleza de una economía por lo que es capaz de generar.
Quizá también deberíamos medirla por su capacidad para conservar el valor de lo que ya produjo.
Ahí es donde el desperdicio alimentario deja de ser un problema exclusivo del sector agroalimentario y se convierte en un indicador de la eficiencia con la que administramos nuestros recursos.
Porque desperdiciar alimentos no sólo significa perder comida. Significa perder valor.
