Colaborador Invitado

Soltar la rueda

La decisión que Banxico anuncia este jueves, un alto en 6.50%, según anticipa el consenso, luce, en ese marco, como un evento sin mayor sorpresa.

Hay una destreza del ciclismo que suele confundirse con pereza. El corredor que va a rueda, pegado al que lo precede, parece limitarse a copiar, ya que vira cuando el otro vira y frena cuando el otro frena. Pero quienes siguen el ciclismo saben que ir a rueda es una estrategia diseñada para anticipar. El de atrás no reacciona al movimiento ya hecho; lee la línea del líder una rueda adelante y se coloca donde la curva exigirá estar. Ahorra energía, sí, pero sobre todo ahorra tiempo al elegir con antelación. Toda la maniobra, sin embargo, descansa en una condición silenciosa, que el que va delante sea legible.

Esa es, despojada de la jerga, la vieja acusación contra el Banco de México: que va a rueda de la Reserva Federal. La crítica tiene sustento. La tasa de Banxico co-mueve con la de los fondos federales más allá de lo que explican los fundamentos domésticos, y el mecanismo no es simple imitación. Alba, Carrillo e Ibarra-Ramírez documentaron, con datos de alta frecuencia, que Banxico ajusta su postura futura ante los anuncios de la Fed aun cuando no mueve la tasa de inmediato. Ramos-Francia y García-Verdú ya habían nombrado ese canal de expectativas: el seguidor lee la señal prospectiva del norte y se adelanta. No copia el último pedalazo; anticipa la curva.

Esa señal no es otra que la guía prospectiva, el lenguaje con que la Fed dibujaba su línea antes de tomarla, el cable por el que el seguidor adivinaba hacia dónde iría. La decisión que Banxico anuncia este jueves, un alto en 6.50%, según anticipa el consenso, luce, en ese marco, como un evento sin mayor sorpresa. Lo interesante no ocurre en la mesa del Banco de México sino más al norte.

Porque la Reserva Federal, ahora liderada por Kevin Warsh, no bajó ni subió la tasa, pero recortó la guía. El comunicado se redujo a la mitad, desaparecieron las pistas sobre la trayectoria y el propio Warsh se negó a aportar su punto en el diagrama de proyecciones. La Fed sostuvo la tasa en 3.50%–3.75%, pero elevó su pronóstico de inflación a 3.6% para el cierre del año desde 2.7%, y la mediana de sus miembros dejó de ver recortes para inclinarse hacia un alza. La Fed no tocó la tasa, pero apagó el faro.

Lo hizo, además, en un momento complejo. El detonante de esa inflación ha sido el choque energético de la guerra con Irán, pero comienza a disiparse, puesto que el Brent cotiza por debajo de los 74 dólares, cerca de 40% debajo de su pico en esta guerra. El faro no solo se apagó; quizá apuntaba hacia donde el riesgo ya cedía. Y el seguidor mexicano enfrenta así una dificultad que la literatura no había contemplado, porque nunca había hecho falta: no se puede ir a rueda de un líder que se niega a marcar su línea.

Ahí aparece la paradoja que ordena el momento. Una Fed menos legible, lejos de atar más a Banxico, le abre una ventana. Si no hay punto que sombrear, la Junta queda autorizada a mirar sus propios fundamentos, esto es, una inflación subyacente que cede con lentitud y una economía con holgura que reportó una contracción de 0.8% en el primer trimestre. El seguimiento mecánico pierde su ancla no porque Banxico haya declarado independencia, sino porque el guía eligió dejar de serlo.

La libertad, claro, tiene sus propios límites. Aguilar, Cantú y Ramírez lo formalizaron al hallar que Banxico opera con un espacio efectivo más estrecho que su mandato formal, porque las condiciones de financiamiento externo (fijadas en buena medida en EU) ponen piso y techo a la tasa doméstica. Ser seguidor no es solo una preferencia; se trata de una restricción de equilibrio. Hay incluso una ironía, la palabra propia de Banxico pesa menos precisamente porque los participantes de mercado saben que seguirá a la Fed. Si esa referencia se vuelve ilegible, la guía prospectiva del propio Banxico podría recuperar valor.

Pero el verdadero límite no es la Fed, sino el peso. Calvo y Reinhart lo llamaron, hace un cuarto de siglo, “miedo a flotar”: los bancos centrales emergentes que dicen flotar en realidad fijan la tasa pendientes del tipo de cambio, porque el traspaso a precios convierte cualquier dislocación cambiaria en inflación. Y aquí las dos mitades del argumento resultan una sola. La misma ilegibilidad de Warsh que libera a Banxico del sombreo eleva la volatilidad, ya que los mercados navegan peor sin guía, y esa volatilidad presiona al peso, que siempre fue la atadura real. La ventana y la amenaza vienen de la misma fuente.

Por eso el momento no es de emancipación, sino de pericia. Cuando la rueda de adelante se vuelve errática, seguir pegado es precisamente como uno se cae; lo disciplinado es soltarla y trazar la línea propia hacia la curva que sí se ve, la de la desinflación doméstica. Banxico tiene, por primera vez en mucho tiempo, margen para correr su propia carrera. Lo que no tiene, como ningún ciclista tiene, es control sobre el camino. Y el bache del peso, si aparece, no avisará. Tirará al que va a rueda y al que corre solo por igual. El reto para el Banco de México ahora estará en trazar su propia línea sin saber cuánto aguantará el asfalto.

Víctor Gómez Ayala

Víctor Gómez Ayala

Economista en jefe de Finamex Casa de Bolsa y Fundador de Daat Analytics

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