Colaborador Invitado

Mundial 2026: la inauguración que pagamos sin poder entrar

Los altos precios del Mundial 2026 reabren el debate sobre desigualdad, salud pública y el costo real de organizar la máxima fiesta del futbol.

Toda moneda tiene su tipo de cambio, y el Mundial de futbol trajo uno que no aparece en ninguna ventanilla del banco: no convierte pesos en dólares, sino el costo de un asiento del estadio en personas potencialmente atendidas en su salud.

Haga la cuenta. Para ver a México en la inauguración, en el Estadio Ciudad de México, la entrada más barata que liberó la FIFA arrancó en unos 6,800 pesos y la categoría más alta en 33,400; mientras que los paquetes de hospitalidad iniciaron en un piso de 35 mil pesos por persona en la modalidad Pavilion.

Conforme se acercaba la fecha inaugural, la FIFA aplicó la llamada tarifa dinámica y los precios se dispararon a 55,000 y 60,000 pesos por los boletos generales más económicos y los de hospitalidad rondaban los 245 mil.

Con las taquillas oficiales agotadas, el mercado secundario hizo lo suyo: un boleto del partido inaugural rebasó el medio millón y llegó a ofertarse hasta en 800 mil pesos en los sitios de reventa como Viagogo o StubHub. Ahora pongamos en perspectiva lo que el Estado mexicano gasta en un año en la salud para quien no tiene seguridad social. Según el Centro de Investigación Económica y Presupuestaria (CIEP) unos 4,200 pesos por persona.

El boleto más barato de la inauguración costó más que un año entero de atención pública para un mexicano sin seguridad social; el de categoría alta, lo de ocho personas; y un solo boleto de hospitalidad en reventa llegó a equivaler a un año de salud pública para cerca de 190 personas.

Los precios de las entradas no son un capricho del azar; así está diseñado por la FIFA, al igual que la atención médica que se debe brindar durante la justa deportiva. Su documento rector: “Estrategia Médica 2025”, ordena que cada sede tenga centros médicos con estándar FIFA, planes de emergencia por estadio y protocolos de conmoción de primer mundo. Todo, página tras página, gira alrededor del jugador, su cuerpo técnico y la delegación oficial.

¿Y el aficionado? aparece de forma tangencial en el documento: su atención corre a cargo del sistema de salud del país anfitrión. La FIFA, con su puño y letra, traza la raya. Después de la reja, el estándar de la FIFA; fuera, lo que el país tenga.

Mientras el circuito de adentro cuida a los suyos, la FIFA montó el Medical Care Navigator que coordina traslados, hospitales y cobertura 24/7 para las selecciones y su equipo técnico. La ruta natural son los hospitales privados de alta especialidad: Médica Sur, el ABC, San Javier, TecSalud, Christus Muguerza, varios con certificación de turismo de salud. Del otro lado de la reja empieza el otro sistema de salud: el público, coordinado por la Secretaría de Salud y con el brazo ejecutor de los hospitales del IMSS, ISSSTE, IMSS-Bienestar y los de Alta Especialidad de la propia Secretaría.

Siendo justos, parte de esa diferencia es clínica: un futbolista profesional de “élite” necesita instalaciones y especialistas a su altura, y eso es oficio, no privilegio. Por eso la frase honesta no es que el Mundial haya creado dos Méxicos sanitarios, sino que los exhibe.

El gasto de bolsillo en salud en México es de 49.4% en 2024 —el más alto de la OCDE, según la Secretaría de Hacienda—. Seis de cada diez personas que se atienden acaban en la medicina privada o en la farmacia de la esquina. 47 millones siguen sin seguridad social. El sistema reparte salud por estatus —empleo, ingreso, región geográfica— y no por necesidad. Este “tipo de cambio” no lo inauguró la FIFA, lo venimos aplicando por décadas. Su documento, solamente, lo confirmó.

Y por si faltara: De los tres anfitriones, solo México le concedió a la FIFA una exención fiscal nacional completa, mientras la organización toma el control de la taquilla con los precios más caros de la historia, y una proyección de ingresos por 13 mil millones de dólares: la renta queda blindada para no tributarle al Estado; el costo se reparte entre los mexicanos vía impuestos —incluida la red pública de salud que cuida la fiesta— sin que la mayoría de población pueda tener acceso a un boleto del estadio.

La FIFA prometió por escrito un “legado de salud” para las comunidades anfitrionas, “promoviendo iniciativas de salud con un impacto duradero, más allá del propio torneo (…) lo que podría asegurar la inversión en infraestructura de salud pública”. Que no quede solo en un folleto: transparentar el subsidio fiscal y etiquetar una parte de la derrama para robustecer esas unidades médicas públicas sería la única forma de mover la cifra del “tipo de cambio”.

El 19 de julio se apagarán los reflectores, pero el tipo de cambio de la salud no se apaga: solo deja de verse. Volverá a cotizar en silencio, en un hospital sin cámaras, con los pacientes cargando lo que apenas alcanzaron a pagar. Esa es la cuenta que ningún anfitrión quiere sumar en voz alta: el Mundial dura un mes; el precio de una persona sin atención médica digna, toda una vida. El torneo se inaugura y se clausura; la desigualdad que hoy exhibe, no.

Juan Manuel Lira

Juan Manuel Lira

Médico especialista y analista en salud

COLUMNAS ANTERIORES

La escuela del siglo XXI debe enseñar a leer pantallas
Más diversidad, más innovación: la verdadera ventaja de México

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.