Colaborador Invitado

Siempre en tu esquina

Seis de cada diez trabajadores formales no saben cuánto dinero tienen acumulado en su fondo de pensión. No es negligencia. Es que nadie se paró en su esquina a explicarles cómo funciona el sistema que administra su futuro.

Son las seis de la mañana en Tropa, un estudio de box ubicado al sur de la Ciudad de México. Juan inicia su clase con el entusiasmo que siempre contagia. Para mí han sido días duros, en medio de una de las etapas más agrestes de mi vida. Pero como cada mañana desde hace tiempo, su presencia alumbra el camino. Sabe, como el inmenso instructor que es, cuándo el cuerpo no responde igual y en ese instante encuentra las palabras precisas. En una rutina de fuerza que parece vencer mi propia fortaleza, aparece con una voz que llega hasta los músculos: “vamos juntos”. Y en ese momento puedo verlo poniendo el ejemplo, ayudándome a vencer cualquier barrera mental.

Ese es Juan Mendoza Perea, un hermano que la vida, siempre caprichosa en sus señales, quiso que conociera en Filadelfia cuando estudiaba el doctorado. Una de las personas más estructuradas que conozco y, quizás sin temor a equivocarme, quien empuja todos los días la frontera de lo que significa ser disciplinado.

El box está entre las cosas que más disfrutamos juntos y hay peleas que siempre se recuerdan. El 18 de mayo de 2002, en el casino Mohegan Sun de Connecticut, Arturo Gatti y Micky Ward protagonizaron lo que algunos comentaristas llamaron “la pelea del siglo”. Durante ocho rounds, Ward, el obrero de Lowell, Massachusetts, fue golpeado con una precisión y velocidad que parecían destinadas a dejarlo fuera del ring antes del décimo. Gatti era más rápido, más técnico, y tenía ventaja en las tarjetas. Entonces llegó el noveno round. Ward conectó un gancho al cuerpo que dobló a Gatti de rodillas; lo levantó a ciegas al conteo de nueve y lo persiguió con todo lo que quedaba. Cuando sonó la campana, el equipo de Gatti entró al ring para detener la pelea. Al Gavin, el hombre en la esquina de Ward, saltó a festejar. Su peleador había ganado por decisión mayoritaria. No porque fuera el más brillante esa noche, sino porque tenía al hombre correcto en su esquina.

Fuera del ring, millones de personas pelean cada quincena una batalla parecida, la mayoría sin un esquinero. La OCDE ubica a México entre los países con menor educación financiera de América Latina y según la Encuesta Nacional de Inclusión Financiera de la CNBV, menos del 15% de los mexicanos tiene algún tipo de inversión formal fuera de su cuenta bancaria. Además, de acuerdo con datos de CONSAR, seis de cada diez trabajadores formales no saben cuánto dinero tienen acumulado en su fondo de pensión. No es negligencia. Es que nadie se paró en su esquina a explicarles cómo funciona el sistema que administra su futuro.

La raíz del problema no es técnica sino lingüística. Durante décadas, el mundo financiero habló de duración modificada, convexidad y perfiles de riesgo moderado-agresivo. Ese lenguaje no fue diseñado para quien llega a casa después de una jornada de diez horas o más y necesita decidir qué hacer con lo que le sobra de la quincena. El resultado es un ecosistema donde la información existe pero permanece, en la práctica, fuera del alcance de quien más la necesita.

Juan pasó más de una década dentro de ese perímetro. Trabajó en fondos de pensiones, gestoras de activos, y en la arquitectura de los índices que usan los fondos más grandes del mundo para mover billones de dólares. Vio desde adentro cómo equipos enteros de matemáticos y economistas construían modelos de una sofisticación extraordinaria. Y descubrió algo que le tomó tiempo digerir: las reglas fundamentales detrás de toda esa complejidad son, en el fondo, sorprendentemente simples. La sofisticación adicional genera rendimientos marginalmente mejores a un costo que para una persona común no vale la pena incurrir. Hay décadas de evidencia académica detrás de esa conclusión, ya que la mayoría de los gestores activos no supera a los índices después de comisiones.

En medio de aquellas clases de las seis de la mañana, hace tiempo me platicó que deseaba escribir un libro sobre finanzas personales. Y como todo en Juan, mientras el método exige el esfuerzo, la disciplina entrega el resultado. “No era tan difícil”, su primer libro, leído bajo esa perspectiva, hace una rima entre la ironía y su guía para ejecutar lo que parece difícil; máxime cuando se trata de explorar los propios límites. Es una hoja de ruta para encaminar el esfuerzo personal hacia una estrategia patrimonial que permita sostener las condiciones de bienestar a lo largo de la vida. No es un manual para hacerse rico, sino algo más útil: un mapa para dejar de improvisar.

Su argumento central es que la diferencia entre quien construye patrimonio y quien posterga esa decisión no es el nivel de conocimiento técnico. Se trata de la aplicación consistente de reglas correctas durante el tiempo suficiente para que el interés compuesto haga su trabajo en silencio. Los primeros años de vida laboral son los más valiosos no porque se gane más, sino porque el tiempo disponible nunca se recupera.

Al Gavin no era el que peleaba. Era el que sabía lo que Ward necesitaba escuchar en el momento exacto en que más lo necesitaba. Estar siempre en la esquina de Juan no es solo un privilegio, es un acto que revoluciona constantemente la concepción personal de los límites; a veces físicos, en ocasiones financieros. Ese libro lo escribió para estar en la tuya.

Víctor Gómez Ayala

Víctor Gómez Ayala

Economista en jefe de Finamex Casa de Bolsa y Fundador de Daat Analytics

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