Profesor de la Universidad Panamericana
El 15 de mayo amanecimos con muchas noticias –entre otras– que el sistema Cutzamala alcanzó sus mejores niveles de almacenamiento en 7 años y que la presidenta sostuvo una llamada telefónica con el presidente norteamericano, centrada en temas de seguridad y comercio bilateral.
Pero, entre todas ellas, hay una que llamó mi atención: la publicación de Magnifica Humanitas, la primera Carta Encíclica del Papa León XIV (Robert Francis Prevost). No por otra cosa sino porque aborda un tema de actualidad: la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. Inmediatamente vino a mi cabeza: ¿qué puede un Papa decir sobre la inteligencia artificial?, los Papas, ¿no deberían estar rezando y pidiendo a Dios para que el mundo sea mejor?, las encíclicas que ellos escriben, ¿sirven para algo?
Son todas preguntas legítimas que, formuladas desde la ignorancia, más allá de que muchos las hayamos pensado, quizá no nos hemos atrevido a contestarlas. Acto seguido, lo que hice fue tomarle la palabra al Papa y preguntarle a la IA. Primer descubrimiento: la palabra viene del latín encyclia (y del griego enkyklia), que significa “circular” o “para andar en círculo”, es decir, una encíclica es una carta, un comunicado, un mensaje pastoral, que pretende circularse entre todos.
El segundo descubrimiento fue que la IA me señaló que, ante las épocas de cambio y los cambios de época, las encíclicas sirven para mostrar una postura sobre temas nuevos, para orientar y dar parámetros objetivos de pensamiento o guía ante esos nuevos sucesos y, en definitiva, para saber qué pensar y cómo actuar ante situaciones complejas. ¡Curioso! La IA termina diciendo: “Es una forma de mantener a toda la comunidad global en la misma página.”
Más datos interesantes: aunque los Papas llevan escribiendo cartas desde hace 2,000 años, el formato oficial de «encíclica» tal como lo conocemos hoy nació en 1740 con el Papa Benedicto XIV, quien escribió la primera llamada Ubi Primum (encíclica centrada en recordar a los obispos sus deberes pastorales, la idoneidad del clero y el correcto funcionamiento de los seminarios).
Tal y como diría el filósofo español, José Ortega y Gasset, yo soy yo y mis circunstancias, así ha pasado con los Papas. La IA señala que la cantidad de encíclicas varía muchísimo según cada Papa y el contexto histórico en el que les tocó vivir.
El campeón indiscutible fue León XIII (1878-1903). Escribió la impresionante cantidad de 86 encíclicas. Su ministerio lo ejerció durante 25 años en plena Revolución Industrial y tenía una postura para casi todo. Otros muy prolíficos fueron Pío XII que escribió 41 y Pío IX publicó 38. Los más recientes, como Juan Pablo II publicaron 14 encíclicas. Benedicto XVI sólo 3 encíclicas; y Francisco escribió 4.
Son datos interesantes, sin duda, pero… ¿sirven de algo las encíclicas? Lo que la IA me dijo –siguiendo a Papa León XIV– es que, por ejemplo, la Rerum Novarum (de las cosas nuevas) de León XIII, escrita en 1891, significó para el mundo un cambio de visión: fue el primer documento oficial de la Iglesia que exigió salarios justos, jornadas laborales humanas, el derecho a descansar los domingos y la prohibición del trabajo infantil. Esta encíclica cambió la forma de entender el trabajo, su función y finalidad. No hay duda.
Otra que debe destacarse es Pacem in Terris (paz en la tierra) de Juan XXIII, en el año de 1963. Se publicó en el punto más crítico de la guerra fría (meses después de la crisis de los misiles en Cuba). Imprimió un antes y un después en la diplomacia mundial y los derechos humanos.
Las encíclicas, por tanto, no son llamadas a misa, son documentos que nos trazan un norte, son brújula, nos ayudan a diferenciar lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto. Nos ayudan a profundizar en los grandes problemas del hoy. El Papa León XIV no es la excepción. Plantea un tema de la mayor profundidad: advierte que el progreso científico no entraña necesariamente el progreso moral.
Eso no tiene precio. Lo que nos dice y advierte es que, en nombre del progreso se puede hacer pagar a los más vulnerables el precio de una presunta optimización de la especie, aún y cuando, realmente las conquistas de la ciencia y de la técnica, desvinculadas del progreso moral y social, terminan por volverse contra la persona humana.
En fin, después de leer la encíclica Magnifica Humanitas de León XIV me di cuenta que las encíclicas sí sirven para algo. Dan luz, norte y esperanza de que este mundo en el que vivimos puede ser mejor, a pesar de nosotros mismos.