La pacificación del país bien vale una misa. Es el principal problema nacional. Resolverlo es, sin duda, la tarea prioritaria del actual gobierno. Urge afrontarlo con responsabilidad y compromiso. El tiempo pasa, como dice la canción, y se está perdiendo la oportunidad de lograr la estabilidad nacional y alcanzar el crecimiento económico.
A México se le ha complicado su transitar político. Los últimos sexenios no pudieron sentar bases firmes para la estabilidad nacional y el desarrollo. La transición democrática y la alternancia del poder dejaron mucho que desear. La gente esperaba un cambio verdadero con beneficios concretos. Más de lo mismo: Fox, Calderón y Peña no supieron qué hacer con el país.
El hartazgo hizo posible la asunción de López Obrador. Otro ejercicio, con pocos resultados y sin proyección universal y de futuro. Sin dejar de reconocer la importancia de los programas sociales y el incremento de los salarios mínimos, gran parte de la población está insatisfecha y sin respuesta gubernamental. Se percibe desencanto en el comportamiento ciudadano, una especie de esquizofrenia colectiva que repudia el pasado y se aferra al pragmatismo del presente. Pero un presente sombrío y sin esperanza que se instaló con la presencia del COVID, la inseguridad, el narcotráfico, la ausencia del Estado de derecho y ahora, para colmo, la presunta presencia de narcopolíticos en el gobierno.
Cuando las condiciones internas de un país se complican, se reduce su capacidad para enfrentar con éxito el malabar del escenario internacional. Actualmente, México tiene un gobierno frágil y vive una situación de gran vulnerabilidad política. Dos frentes en contra: la polarización y la amenaza real del gobierno norteamericano.
El discurso de la soberanía que maneja la presidenta Sheinbaum es insuficiente ante la vehemencia de las acusaciones del presidente Trump. Estamos entrampados. Hay que encabezar la insurgencia para sanear a la nación. Ante la afirmación de Trump de que México está dominado por los cárteles de la droga, la respuesta debería ser contundente y definitiva. Nada de medias tintas. Aceptarlo o rechazarlo y combatirlo. Y aquí sí vale la pena hacer un llamado de unidad nacional.
Estamos perdiendo oportunidades de futuro. Hay un mundo en movimiento y estamos postrados en la confrontación y en la defensa de un pasado carente de resultados. Urge cambiar la estrategia de gobierno y escoger otro campo de batalla. Momentos difíciles requieren de momentos de acción.
